Son días agitados en la enseñanza, con manifestaciones y ocupaciones realizadas por quienes serán los futuros docentes en este país.
La estrategia policial desplegada para desalojar los lugares ocupados muestra moderación y calma. Hubo, pese a ello, algún desborde estudiantil como el ataque, vergonzoso y cobarde, a la casa de Robert Silva, presidente de la ANEP.
Los estudiantes movilizados están empeñados en oponerse a una necesaria y muy postergada reforma educativa. Tanta protesta solo logró templar el ánimo de las autoridades para avanzar con tales reformas y no dejarse intimidar. Cuentan ademas con el apoyo de buena parte de la población por la simple razón de que la situación de la enseñanza es, desde hace varios años, crítica.
Sin embargo, el apoyo de mucha gente a la reforma está condicionada por lo difícil que es entenderla. No porque sea difícil la reforma, sino porque no se la explica con claridad y eso enfría a los adherentes.
Los documentos y planes emanados de la ANEP están escritos en una jerga a la cual sus autores estarán muy habituados (y por lo tanto podríamos suponer que para ellos quiere decir algo), pero que para el común de los mortales, no aclara nada.
Entender la reforma significa “verla”, poder imaginar qué cursos se darán y de qué manera. Qué será lo que en concreto, logrará que los estudiantes salgan mejor preparados. Entenderla permitirá que más gente la defienda ante los argumentos, dogmáticos, esquemáticos y a veces surrealistas de quienes están decididos a frenarla.
¿Acaso no es para tener mejores oportunidades que todos desean educarse? ¿Por qué se protesta entonces?
Los cambios en marcha se refieren a la “gobernanza”, por la cual los consejos de las diferentes ramas de la enseñanza fueron sustituidos por direcciones unipersonales con el objetivo de lograr mayor eficacia. Solo el Consejo Directivo Central (Codicen) mantuvo su estructura colegiada.
Además hay un empuje grande (aunque con cierto retraso a causa de los dos años de pandemia) a los centros Espínola que se están instalando en las zonas socialmente más vulnerables del país. Se trata, por ahora, del proyecto más interesante y ambicioso lanzado con esta reforma.
Fue presentado el Marco Curricular que apunta a una “educación por competencias”.
Asimismo, está en marcha la propuesta de incorporar a la formación del futuro docente elementos para que su título tenga la validez de un grado universitario, es decir, una licenciatura.
No queda claro aún qué cambios se harán en los cursos habituales de Secundaria y Primaria que es donde están los problemas crónicos y que son evaluados por las pruebas PISA.
¿Qué es el “marco curricular”, qué quiere decir “educación por competencias”, cómo se instrumentará la propuesta de darle grado universitario a los que se forman como docentes? Estos son solo algunos de los aspectos que hay que bajar a tierra y hacer gráficos para convencer a la gente de que realmente hay una reforma en marcha.
Por cierto, propuestas hay porque sino no serían tan virulentas las protestas. Se trata de una oposición a mejoras que plantean cosas que nada tienen que ver con su visión burdamente ideológica. Básicamente se oponen a ellas porque, dicen, forman a la juventud para integrarse al mercado laboral de esta pérfida sociedad capitalista.
¿Es que hay, a esta altura de la vida, otra sociedad que no sea capitalista? ¿Y no es para tener mejores oportunidades que todos desean educarse?: contar con instrumentos para lograr empleos de calidad, bien remunerados e incluso para tomar iniciativas inteligentes en los emprendimientos. ¿Qué tipo de educación pretenden estos estudiantes? ¿Una visión diletante de la vida? Tal vez una inmersión en su acotado mundo de dogmas ideológicos.
Esto lleva a una conclusión obvia: los que sí tienen un problema serio son las maestras y los profesores. Por cierto, no todos están en la misma situación ni piensan igual a los militantes estudiantiles y sindicales. Pero para la población, eso es lo que se ve.
Saltan los nombres de Marcel Slamovitz y José Olivera. Y no solo por haber abusado de sus horas sindicales. Cada vez que hablan con la prensa generan rechazo. Es obvio que más allá de sus burdas posturas sindicales, en realidad lo que no quieren es dar clases. No les gusta, no están preparados para ello, y entonces arrastran al resto del gremio. Pasa lo mismo con los estudiantes que ante la cobertura que hace el periodismo de sus actos, gritan que no creen en la libertad de expresión y luego salen a agredir la vivienda de Silva.
Con toda lógica, quienes son padres de adolescentes se preguntan si esos son lo que luego darán clases a sus hijos. Si así es su conducta pública, ¿que valores le trasmiten a sus hijos? Si están dedicados a una militancia de tiempo completo, ¿cuándo se forman como docentes y cuándo preparan sus clases?
Es muy probable que no todos los profesores y maestras estén en esa postura. Pero esa es la que se ve, y ciertamente desprestigia a todos por igual.
Acá no hay muchas alternativas: con la reforma hay que seguir adelante a como dé lugar. Pero también hay que convencer sobre cuáles son sus bondades.