Acá no va a pasar

En nuestro país la atención está acaparada por acontecimientos domésticos resonantes. Estando esa atención pública tan alimentada por lo local no es de extrañar que no registre ni atienda sucesos de la escena internacional.

Recién se han acabado de apagar los incendios provocados, los destrozos intencionales y todas las formas de rabia popular desatada en la civilizada Francia. Lo hemos visto varias noches seguidas en los informativos. Se desató una furia que, por lo instantánea, seguramente ya estaba acumulada y comprimida en esa sociedad. El motivo o el desencadenante fue un joven africano muerto por disparo policial.

Las noches de destrozo se extendieron por toda Francia; pasaron también a Bélgica, donde la policía no había matado a nadie. Un par de años atrás los Chalecos Amarillos habían reventado todo en las calles y en las rutas de toda Francia. Un poco más atrás en el tiempo en Chile transcurrieron tres meses corridos de incendio de comercios, destrucción de decenas de estaciones de metro y vandalismo generalizado. Más atrás, en el último año del gobierno de Dilma Roussef en Brasil pasó algo similar. Hoy en Ecuador el pueblo está en las calles porque quieren echar al Presidente que eligieron y en el Perú ya lo echaron. En Colombia hubo motines contra el Presidente recién electo por una reforma legal.

Ya son varios los observadores que leen rasgos comunes en estas explosiones sociales, a pesar de que hayan acontecido en países distintos y separadas en años. No importa que los motivos invocados hayan sido diferentes: un muchacho muerto, una reforma jubilatoria, un Presidente que dio un autogolpe, la suba del boleto. Esos motivos invocados son nombres que se le pone a fuegos sociales que ya llevan ardiendo mucho tiempo cuando explotan.

Acá, en esta ribera del Plata nos decimos: estamos en otra, eso no va a pasar acá. Sin embargo se trata de convulsiones sociales que tienen lugar en un ámbito común: la cultura occidental. Nosotros somos parte de esa cultura, estamos dentro de ese mapa. En lo que sigue paso a transportar citas y textos de autores sobre el tema.

Hay una desconformidad (déguot) general con los gobiernos, una sensación popular de haber sido engañados recubierta por alguna reivindicación vaga, sin precisión, sin nada a lo que se pueda contraofertar o negociar, sin jefes o dirigentes visibles y representativos con quienes hablar. La gente se siente no contemplada por los gobiernos, cuyos discursos aluden a equilibrios fiscales, manejo de la moneda, balanza de pagos, presupuesto, etc. todo lo cual tiene una opacidad y la gente no se siente aludida ni tenida en cuenta. Tal “ilegibilidad” de las medidas de gobierno es vista como parte de una campaña de simulación al servicio de la explotación global de la gente común. Hay una desconfianza institucional, descrédito de la política y de los políticos. En la sociedad líquida nada es muy previsible; los ciudadanos viven en una colmena en la que existe un ruido infernal permanente. Todos intercambian mucha información que los marea y empuja cambios de posición permanentes: el caos informacional conduce a que los datos objetivos y confiables coexistan con opiniones o rumores y que unos y otros circulen con la misma aceptación.

Desde acá miramos de lejos toda esa insatisfacción y bronca y nos decimos: eso acá no va a pasar, acá tendremos problemas pero son otros. Yo creo que no va a pasar pero admitamos que somos parte indiscutible de un universo cultural que no está conforme consigo mismo, no obstante sus logros tecnológicos y demás.

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