En Colombia, a menos de 48 horas del cierre de las urnas, el resultado oficial del balotaje le da la victoria al candidato de ultraderecha Abelardo de la Espriella, del movimiento “Defensores de la Patria”, con el 49,66% de los votos frente al 48,70% del oficialista Iván Cepeda, del partido “Pacto Histórico”. Apenas 250.000 votos separan a dos países que llevan años mirándose con desconfianza, cuando no con abierta hostilidad.
De la Espriella, abogado penalista sin experiencia en cargos de elección popular, se afianzó en las redes: discursos simples, fuerte proyección mediática y una apología al poder que comulga con los modelos de Bukele, Milei y Trump. Cepeda representó una izquierda programática y precisa, pero tediosa en un mundo hiperestimulado, debilitada además por el voto castigo al gobierno de Gustavo Petro y el miedo ante la propuesta de Asamblea Constituyente, que no fue desmentida con contundencia.
Al igual que otros países de América Latina, Colombia votó desde la necesidad de certezas en un mundo de incertidumbres. Un voto visceral en una región tiene una tentación histórica de confundir autoridad con solución, firmeza con eficacia y castigo con gobernabilidad. En un mundo donde la complejidad no es fácil de tramitar, quienes ofrecen respuestas absolutas tienen ventaja sobre quienes reconocen la multidimensionalidad de los problemas reales.
En las últimas horas, organizaciones de derechos humanos han pedido al presidente electo desescalar el lenguaje, respetar la Constitución y proteger el equilibrio de poderes. Además de abstenerse de sus promesas de campaña -como desmontar las instituciones creadas en Acuerdo de Paz de 2016 o la salida de Colombia de la ONU y del Sistema Interamericano de DD.HH.- que chocan abiertamente con el marco constitucional.
En el plano interno, se recuerda que los defensores de derechos humanos enfrentan una estigmatización constante que pone en peligro sus vidas y en donde el lenguaje del poder puede convertirse rápidamente en amenaza real o en un elemento protector de su labor.
En lo individual, abundan los mensajes de personas que piden respeto a sus opiniones, que denuncian insultos y amenazas, que cuentan cómo perdieron amigos y vínculos. Personas que viven los mismos hostigamientos, aunque votaron por candidatos diferentes.
Este escenario no sólo habla de polarización: habla de las formas violentas en que estamos tratando y deshumanizando al otro. Tras las elecciones, El Espectador, uno de los principales diarios nacionales, tituló su editorial: “Este país dividido necesita prudencia y reflexión”.
Lo que está en juego. De la Espriella llega sin mayorías al Congreso, donde el Pacto Histórico tiene capacidad para construir una oposición seria y exigente. Los movimientos sociales tienen ahora la oportunidad -y la responsabilidad- de organizarse como contrapeso permanente.
Los llamados de hoy son los mismos de hace diez años, cuando el plebiscito para refrendar el Acuerdo de Paz se perdió también por un margen estrecho: la necesidad de poner en el centro los derechos humanos, el respeto a la institucionalidad, los derechos de los pueblos indígenas, campesinos y comunidades afrodescendientes. Transversalizar los enfoques de género, étnico y etario en políticas para garantizar la vida y seguridad de toda la población.
Todo ello desde una mirada de la seguridad humana, que Naciones Unidas define como la protección integral de las personas: libertad frente al miedo, libertad frente a la miseria y libertad para vivir con dignidad. Eso es lo que Colombia necesita que su próximo gobierno garantice. No sólo orden ni punitivismo, sino protección de la vida.
Colombia no es dos países irreconciliables. Es una sola: diversa y compleja, pero atravesada por aspiraciones compartidas que no pueden seguir siendo instrumentalizadas. Lo que está en juego es la capacidad de hacer contrapeso, exigir rendición de cuentas y no normalizar discursos que deshumanizan y cierran el horizonte de lo posible.
*Coordinadora de posgrados e investigadora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Montevideo.