Andrés Malamud a El País: "No tenemos líderes excepcionales porque vivimos tiempos mediocres"

El politólogo argentino lee el segundo puesto de Lula como parte de una ola opositora en Sudamérica y explica por qué, pese a todo, sigue siendo un optimista democrático.

Andrés Malamud, politólogo argentino.
Andrés Malamud, politólogo argentino.
Foto: Estefanía Leal

Andrés Malamud es investigador en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa y secretario general de la Asociación Portuguesa de Ciencia Política. Fue investigador visitante en el Instituto Max Planck de Heidelberg y en la Universidad de Maryland, y trabaja sobre instituciones democráticas, política exterior e integración regional. Estuvo en Montevideo invitado por el Centro de Estudios para el Desarrollo (CED) para dar una conferencia sobre liberalismo y democracia.

En diálogo con El País analizó la primera vuelta en Brasil, donde Luiz Inácio Lula da Silva quedó a dos puntos de Flávio Bolsonaro. Para él, el presidente no es una excepción sino “la víctima de una tendencia” en una región donde “pierden los gobiernos, ganan las oposiciones”. Pero también le apunta al partido: “El único tipo del PT que tiene votos es el fundador”.

Además, habló de la gerontocracia en la política, de cómo leen el resultado de Brasil Javier Milei y Cristina Kirchner, y de por qué se define como un optimista democrático: “Considero la historia de la democracia y no solamente el presente romantizado de la democracia”.

—Es inevitable hablar de Brasil. En primer lugar, con los resultados de la primera vuelta a la vista, ¿qué pasó con Lula y el PT? Por otro lado, has citado un estudio que dice que el 80% de una reelección depende del precio de las materias primas y de la tasa de interés internacional. ¿Qué margen queda, entonces, para la campaña política?

—Los seres humanos tendemos buscar responsabilidades de las consecuencias en nuestras acciones. Muchas veces lo que conseguimos no depende de nosotros, o depende ínfimamente de nosotros. En América del Sur estamos viendo que gana la oposición en todos los casos. Así que lo que pasó en Brasil no es una excepción. Si uno ve que está ganando la izquierda en todos lados y pierde Lula en Brasil, Lula debe haber hecho algo mal. Pero si está perdiendo en Chile y en Colombia y en Perú, a lo mejor Lula es parte de ellos. Es la víctima de una tendencia. Y esa tendencia se relaciona con causas estructurales: economía internacional y una onda de derecha que está de moda. El gran debate se da, entonces, entre si estamos ante una ola de derecha o una ola de oposición, si es inconformismo o cambio cultural. Y es las dos cosas, con la diferencia de que el inconformismo es más constante, porque en 2019 pasó lo mismo, pero al revés. En 2019 pensamos que venía el segundo giro a la izquierda, la segunda “ola rosa”. Así que el patrón en América del Sur -no en América Latina, no en México-, es que pierden los gobiernos, ganan las oposiciones.

—Y en ese contexto, ¿en qué falló Lula?

—Mi pregunta es ¿qué hizo bien? Porque al PT le fue horrible en todas las elecciones de Congreso y de gobernaciones. Lula sacó 45%, a dos puntos de Flávio, mientras que Fernando Haddad fue masacrado como candidato a gobernador de San Pablo. Marina Silva y Simone Tebet perdieron como senadoras también en San Pablo. Es decir que el PT no consiguió renovarse. El único tipo del PT que tiene votos es el fundador. ¿Qué hizo mal Lula? No consiguió renovar el partido. ¿Es culpa de Lula o de los que no supieron estar a su altura?

—¿Qué dice de Brasil el hecho de que, por un lado Lula, con 80 años, sea el que haya hecho algo bien en su campaña —según tu visión—, pero que le haya ganado el hijo de un expresidente preso? Quiero decir, ¿qué dice eso de los liderazgos?

—Desde Uruguay es muy difícil criticar una gerontocracia. Así que vamos a pararnos en Estados Unidos. (Donald) Trump tiene 80 años y (Joe) Biden también. En muchos países estamos viendo, empezando por el más poderoso de la tierra, que hay líderes longevos que no consiguen ser renovados. (Vladimir) Putin también es un señor mayor. Uno ve renovación en Italia, por ejemplo, Giorgia Meloni llega desde la juventud. Y hay candidatos jóvenes, como en Ecuador. Así que no hay un patrón. Lo que observamos es que este es un caso que se manifiesta en unos cuantos países. Esos países son importantes, grandes. Estados Unidos y Brasil. Y son pequeños, pero también importantes, como Uruguay. Pero esto no habla de un patrón general. Así que en este caso tenemos que asignarle alguna responsabilidad al PT. Porque no es necesario que los viejos no se puedan renovar: es algo que pasa en la mitad de los países. En otra mitad consiguieron evitar el problema de la geriatrización de la política. Por otro lado, hablabas del efecto de un presidiario colocando un presidente… Eso se mira mucho desde Argentina porque tiene una situación parecida.

Andrés Malamud, politólogo argentino.
Andrés Malamud, politólogo argentino.
Foto: Estefanía Leal.

—Justamente, ¿cómo lo puede leer Cristina Kirchner? ¿Se pueden extrapolar los escenarios?

—Hay muchos estudios contemporáneos sobre corrupción y esos estudios a veces se hacen experimentalmente. Se le hacen preguntas a dos grupos, uno de control al que se pregunta: “¿Este acto corrupto está bien o está mal? Lo cometió X”. O: ¿Este acto corrupto está bien o está mal? Lo cometió Y”. “X” es tu partido, “Y” es el otro partido. Es sistemático que uno ve más corrupción en el partido de enfrente. Uno justifica la corrupción en el propio y la exagera en el de enfrente. La derecha está convencida de que el corrupto es Lula y que lo soltaron mal, mientras que la izquierda está convencida de que el autoritario es Bolsonaro y que bien preso está. Entonces la corrupción no nos sirve para explicar los resultados, pero que cada lado lo interprete a su favor. En el caso específico de que Jair Bolsonaro, desde la prisión domiciliaria, consiguió nombrar el candidato presidencial que podría ganar la segunda vuelta, para Cristina es todo favorable. Y aquí viene la perplejidad. (Javier) Milei está contento con la victoria de Flávio Bolsonaro, pero no con el antecedente de que un presidiario ponga el candidato. Y Cristina está triste por la derrota de Lula, pero contenta por la perspectiva de nombrar un candidato vencedor. En Argentina hay un espejo en la interpretación de los resultados. Cada uno celebra la parte que le conviene.

—Te definís como optimista democrático. Es difícil encontrar un optimista democrático hoy en día. ¿Cuáles son las razones?

—Soy poco exigente. Exijo la democracia menos que otros, no romanticé la democracia. Coincido con la apreciación de Winston Churchill, que decía que la democracia es el peor sistema de gobierno que hemos inventado los humanos después de todos los demás. Yo creo que los seres humanos podemos ser maravillosos y desagradables. La democracia es un sistema desagradable, pero mucho menos que todos los otros. Y me baso desde el origen, en la cuna griega ateniense, donde el procedimiento democrático incluía el ostracismo y la cicuta para los disidentes. Con el tiempo aprendimos a respetar a las minorías, pero esto no es una característica de la democracia, sino del liberalismo. ¿Qué es más importante? Si me preguntás a mí, la democracia, pero no la quiero sin liberalismo; lo que hago es ponerla por encima. La mayor parte de los que están críticos ponen el liberalismo por encima de la democracia, el respeto de la minoría por encima de la voluntad de la mayoría, y esto, ante las mayorías, se torna impopular, elitista. Así que yo soy más democrático que liberal para evitar que la mayoría se torne antiliberal. Esa es mi posición política personal, entonces soy menos exigente y considero la historia de la democracia y no solamente el presente romantizado de la democracia.

—Citaste a Churchill. Hoy no vemos líderes así.

—100%, pero a Churchill tampoco lo veían hasta la Segunda Guerra Mundual. Cuando se inicia la Segunda Guerra, Churchill es un payaso disidente que se había cambiado dos veces de partido político, había ido y vuelto, y eso no se hace en Gran Bretaña. Y de repente, en un momento excepcional, se vio un hombre excepcional. Los liderazgos excepcionales surgen en circunstancias excepcionales. En tiempos normales no hay líderes excepcionales. Por ejemplo, Volodimir Zelenski, presidente de Ucrania, lo que se piensa de él es que era un actor cómico, un comediante. Y se tornó un héroe de guerra porque lo invadieron. Si no, hubiera pasado la historia de otra manera. Así que no tenemos líderes excepcionales porque vivimos tiempos mediocres. En el momento en que haya necesidad, estos líderes van a surgir.

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