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El naranja vibrante de la estufa ilumina la sala de estar de la casa generando un clima hogareño. De las paredes cuelgan cuadros sobrios y en las repisas las fotografías familiares se alternan con estatuillas e imágenes de Jesús y la Virgen María. Los estilos difieren: algunas son tradicionales, pero también hay una virgencita caricaturesca que la familia compró en Perú.
Virginia y Fernando (sin apellidos para no revelar la identidad) se sientan cada uno en un sillón. Ella hace preguntas con una emoción que no logra disimular; él simplemente se remite a escuchar en silencio. Ambos acaban de llegar de trabajar, a las 18:30 horas, y comenzarán a contar la historia de Juan, el hermano de Fernando, que estuvo a punto de morir en 2013. Pero cuando su vida pendía de un hilo, el panorama cambió por completo. La pareja lo atribuye a un milagro de Jacinto Vera y la Iglesia Católica de Montevideo decidió estudiar el caso durante un año.
Juan estaba en su casa un domingo cuando comenzó a sentirse muy mal y su esposa Patricia decidió llevarlo directo a la emergencia del Hospital Británico. Cuando Juan estaba atravesando las puertas del hospital, se desmayó. Los médicos lo trasladaron de urgencia a realizarle una tomografía y descubrieron que tenía una hemorragia masiva en su hígado. Ese mismo día lo operaron porque, según dicen, se moría.
Lo único que pudo hacer el cirujano fue realizar un taponamiento de gasas, algo que se hace cuando hay heridas de arma blanca, para así evitar que se desangrara. Le dijo a los familiares que si hubiera tenido una alpargata también se la hubiera colocado porque el sangrado era descomunal.
Durante la operación descubrieron que tenía un tumor benigno del tamaño de una pelota de tenis que ocupaba la mayor parte del lóbulo derecho del hígado. La masa de células estaba al lado de una vena cava, lo que lo hacía casi inoperable y de alta mortalidad. El margen de maniobra era muy poco. La hemorragia ocurrió porque el tumor había explotado. Juan perdió cinco litros de sangre.
El cirujano quitó un pedacito del tumor para estudiarlo y el diagnóstico fue severo. Lo que Juan tenía era un angiomielolipoma hepático, un tumor muy poco frecuente y, según los médicos tratantes, él era el caso N° 13 del mundo en aquel entonces.
El cirujano salió del quirófano y lo primero que hizo fue entregarle una bolsa con todas las pertenencias del enfermo a la familia. Juan estaba en coma y el médico no podía hacer nada más hasta que los valores mejoraran. Permaneció en CTI y su esposa e hijos, devastados, decidieron aferrarse a su fe.
Virginia, su cuñada, no quiso aguardar en la sala del hospital. Como creyente que era, el lunes prefirió ir a misa a la Parroquia Stella Maris para rezar por la recuperación de Juan. Ingresó al sitio de techos altos, vitrales iluminados y bancos de madera, y recorrió el pasillo para dirigirse a la sacristía, donde se encontraba el sacerdote.
Su intención era pedirle que al inicio de la misa, cuando nombran a los enfermos, rezaran por su cuñado Juan que se estaba muriendo. El Padre Gonzalo Estévez la escuchó con atención y cuando ella terminó le dijo que espere y se dio media vuelta para dirigirse a la parte trasera de la iglesia. Retornó con un fajo de estampitas de Jacinto Vera, con su oración, y le entregó un par. “Le vamos a pedir que interceda por Juan y vos vas a ver que se va a salvar”, le dijo el hombre en vestimentas largas.
Luego, le pidió al monaguillo que le entregara el resto de los cartoncitos a cada persona que estaba sentada esperando el inicio de la celebración para que la rezaran al final de la misa. Virginia volvió a sentarse y, cuando la misa terminó, decidió quedarse a rezar el rosario unos minutos más. Se arrodilló, cerró los ojos y le pidió a Dios que no se llevara a Juan esa noche. Mientras lo hacía, alguien le tocó la espalda. Era de nuevo el sacerdote, que le pidió que lo acompañara porque le quería dar algo más.
Cuando fueron nuevamente a la sacristía, el hombre colocó una cajita negra con la parte superior de vidrio en las manos de Virginia. Adentro había un rollito de tela. “Esto es una reliquia”, es un pedazo de sábana de Jacinto Vera. Quiero que mañana vayas al hospital y se la pases a Juan por su vientre mientras todos rezan la oración de la estampita”, le explicó Estévez. Virginia no quería aceptarlo por la responsabilidad que significaba, pero él le insistió, aunque le pidió que mañana se la devolviera.
“Padre, le tengo que hacer una pregunta, ¿quién es Jacinto Vera? Yo solo sé que hay una calle que lleva ese nombre”, dijo la mujer y el cura se rio. Le explicó que se trataba del primer obispo del país y que la Iglesia estaba pidiendo un milagro para que el Vaticano lo beatificara.
Un día clave
El martes era un día determinante porque si el cuadro de Juan no mejoraba y no podían operarlo, entonces se moría. Virginia durmió con la reliquia adentro de su casa y al despertar fueron al hospital.
Fernando y Patricia se presentaron frente a la puerta del CTI, tocaron el timbre y le pidieron a la enfermera para ingresar a ver a Juan. Estuvieron cinco minutos y Fernando le pasó la reliquia por su vientre mientras su esposa le sujetaba la mano y rezaban juntos la oración de intercesión de Jacinto Vera.
Todos regresaron a sus casa y a los 30 minutos sonó el celular de Patricia. Los valores a partir del estudio de sangre habían arrojado mejores resultados y estaban llevando a Juan al block quirúrgico. Esto no significaba que se hubiera salvado, simplemente lo intervendrían para ver cómo había evolucionado y decidir cómo iban a proceder.
El cirujano principal ingresó al quirófano con un equipo mucho más completo, incluyendo un anátomo patólogo, que se encarga del diagnóstico intraoperatorio en el quirófano. El cirujano sacó todas las gasas y la herida ya no sangraba, quitaron el tumor y vieron un hígado totalmente sano. Lo último que hicieron antes de la sutura final fue colocarle un drenaje por si se generaba otra hemorragia. La operación había sido un éxito.
Al domingo siguiente, a una semana de que lo internaran y tras haber perdido muchísimo peso, Juan salió caminando del hospital. No tuvo ninguna secuela y hasta el día de hoy, con 60 años, lleva una vida sana.
La investigación
El cardenal Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo, se enteró del caso del otorrino y decidió ser el actor (el interesado) en que se iniciara una investigación por un hecho de apariencia sobrenatural. Si se reunía la información que evidenciaba que no había una explicación científica de la sanación de Juan, esta se enviaría al Vaticano para estudiar el caso nuevamente y esperar que el papa, que tiene la última palabra, determinara que efectivamente se trató de un milagro.
Sin embargo, la primera persona que comenzó a estudiar el hecho en 2015 fue el llamado postulador, que forma parte de la Congregación de la Causa de los Santos y estudia el caso con catedráticos en medicina, teólogos y demás profesionales. El postulador fue Fray Carlo Calloni, un italiano radicado en Roma que viajó en distintas oportunidades a Uruguay para entrevistar a los implicados en la causa: médicos, familiares (sobre todo Virginia y Fernando) y el propio Juan.
Frente a la sumatoria de hechos que recolectó Calloni en relación a la curación de Juan, Sturla decidió abrir la investigación a nivel local y nombró un perito médico que formaría parte del Tribunal Ecleciástico, presidido por el Padre Juan Silveira, y que es necesario para formular todas las preguntas médicas.
El elegido fue el oncólogo Álvaro Vázquez, hijo del difunto presidente Tabaré Vázquez, que participó de una celebración en la catedral para manifestar su compromiso público con la investigación y firmó un documento de secreto profesional.
Cuatro médicos, que habían tratado a Juan en 2013, fueron los que declararon frente al Tribunal, que actúa con los mismos mecanismos que el Poder Judicial. Se trató de dos ateos, un agnóstico y un judío.
Uno de ellos, el cirujano principal, fue quien logró dar explicaciones científicas de por qué Juan se había salvado, pero el resto de los doctores no lo hizo. Para ellos no existía intervención que pudiera explicar la mejora en el paciente.
Luego de un año de investigación, el argumento del cirujano provocó que Sturla determinara que se cerrara el caso y entonces la investigación no pasó a Roma ya que para que se pueda considerar un milagro no debe darse ningún reparo de quienes estudian el caso.
El cirujano Omar Rompani, médico retirado y exdirector técnico del Banco de Prótesis -el único de los cuatro médicos declarantes que aceptó ser identificado en esta nota- contó a El País que el Tribunal le hizo un “montón de preguntas” mientras una monja, que oficiaba como notaria, transcribía todo en una computadora. Las preguntas consistían en saber cuál había sido el contacto de Rompani con el caso, dado que no estuvo presente en el quirófano.
“Lo que declaré fue que se trató de una evolución muy favorable, que es poco frecuente”, dijo el médico sobre la sanación de Juan, y continuó: “Se dieron un montón de circunstancias que son extrañas porque él a la semana estaba regando las plantas en su casa”. El cirujano operó un solo caso de la magnitud del de Juan durante 30 años de carrera.
El cardenal Sturla dijo a El País que si bien el médico tratante dio una explicación científica sobre la curación, ha recibido muchos testimonios de médicos “que dicen que de eso no se salva nadie”. De todos modos, el jefe de la Iglesia Católica en Uruguay celebra la rápida evolución que registró Juan.
“Fue una gracia tan especial que habilitaba el estudio”, explicó y dijo que, de todas formas, sirvió para “apuntalar” el milagro de la niña Artagaveytia (ver apoyo) y determinar la “fama de santidad del siervo de Dios” Jacinto Vera, un requisito para la beatificación.
Al final de la entrevista, luego de contar toda la experiencia vivida, Virginia y Fernando responden la última pregunta: ¿Por qué creen que fue un milagro por más de que la Iglesia no lo haya considerado así? Y ella responde sin dudarlo: “Simplemente por cómo fueron los hechos”. La familia de Juan no buscó algo para generar un milagro, la reliquia se la entregaron de casualidad o, como ellos lo llaman, por distintas “diosidencias”.
“A partir de que se le puso la reliquia, a él le dieron los valores y me pueden decir que quizá si no le hubieran puesto la reliquia también le daban bien los valores para operarlo, pero nunca lo vamos a saber”, agregó con tranquilidad y continuó: “Tenemos mucha gente que nos lo retruca porque al final todo esto queda en la fe”.
Fernando, en cambio, decide ser más escéptico: “Yo también me pregunté mucho si fue o no un milagro, pero llegué a la conclusión de que sí lo fue”. Para él la experiencia fue muy personal y tuvo una gran cuota de dolor, por lo que no le interesa probárselo a quienes le reclaman evidencias y así lo dice: “Ni me gasto en tratar de convencer a nadie”.
Iglesia pide al menos dos milagros para ser santo
El 6 de mayo se celebró la beatificación de Jacinto Vera en el Estadio Centenario con la participación de más de 15.000 personas de todo el país y así el primer obispo uruguayo, que nació en 1813, se convirtió en el primer beato en la historia de Uruguay. Este es el paso previo a la santificación y para la Iglesia Católica este título significa que la persona es declarada bienaventurada, es decir que una vez que fallece, goza de la gloria de Dios en el cielo.
Para ser beatificado, el papa debe reconocer un milagro y en el caso de Jacinto Vera se trató de la curación completa de una niña de 14 años en 1936. La historia dice que María del Carmen Artagaveytia Usher fue operada de apendicitis y que, poco después, tuvo una infección que la dejó en una situación desesperante y crítica.
La atendieron los mejores médicos de la época, incluso su padre, cirujano. Una noche, uno de los tíos de la niña llevó una imagen de Jacinto Vera y le pidió que se la pusiera en la herida. También, que la familia rezara para que el obispo, muerto en 1881, intercediera y la ayudara.
Esa misma noche desaparecieron todos los síntomas. María del Carmen se recuperó completamente, vivió hasta los 89 años, y ningún médico pudo explicar científicamente qué fue lo que sucedió. En diciembre de 2022 el papa Francisco reconoció el milagro de Jacinto Vera y habilitó su beatificación.
Si la Iglesia hubiera constatado el milagro de Juan, esto no hubiera implicado la santificación del difunto obispo porque primero siempre debe ser beato. Que haya habido dos, tres o cuatro milagros no hubiera cambiado el resultado. A partir del 6 de mayo la Iglesia Católica debe constatar por lo menos un milagro más para que el Papa Francisco proclame santo a Jacinto Vera.