No se considera un político profesional, sino un “anarquista” dentro del sistema. En una charla sin filtros, el senador de Alianza País, Sebastián Da Silva defiende la “derecha popular” y carga contra la “mediocridad” de la clase política. Asegura que el Partido Nacional debe abandonar su perfil “paloma” para volverse “halcón”, e ir, con los votos de Mujica, hacia un gobierno menos “airefrescocéntrico”.
-¿Cómo se inició en la política?
-Por mi mamá, que recién divorciada, a la salida de la dictadura, encontró la militancia en Por la Patria. Antes, a mi abuelo, de origen blanco, cuando yo vivía en el interior, le llegaban los casetes de Wilson. Papá no, él era antipolítico, pero yo me enamoré de Aparicio Saravia. Y también del folklore, del poncho blanco. Iba al Seminario, que estaban los curas de sotana roja, y después los poquitos de origen blanco; y luego fui a la Facultad de Derecho. Fundé la juventud de la 903, que fue bastante épica y legendaria. Y siendo un pendejo esto me llevó a ser diputado del “Ramírez es 903” del 99, en el gobierno de Jorge Batlle. Después Dios me ayudó, porque la política me corrió. Iba a ser director del Banco de Seguros del Estado, pero no lo fui, y esto es algo que le agradezco a Jorge Larrañaga todos los días.
-¿Por qué a Larrañaga?
-Me llamó y me dijo: “Lo tuyo van a ser los seguros”, pero al final no fue así. Quedé endeudado y me rehíce en la actividad privada. Terminé comprándole la empresa a papá. Empecé a producir todo lo que ahora se conoce de mí. Por eso digo que lo más wilsonista en mi vida han sido mis vaivenes económicos, ha sido una doble V permanente. Hoy diría que estoy en picada libre, porque con esta seca de mierda vamos a volver a refinanciar deudas. Es así la vida del adulto.
-¿Cómo hace convivir los dos mundos, la política y su empresa?
-La política es muy corrosiva en lo mental. La vorágine es imposible de transmitir. A veces estás ocho horas acá y no sacás nada, mientras los terneros valen cuatro dólares, los drones van a plantar pradera, los cheques, el contador y la puta madre. Pero después de ese momento, que fue un momento jodido en mi vida, porque yo quedé en pampa y la vía, me prometí a mí mismo nunca más depender de la política para vivir. Y esa promesa hoy me puede estar llevando al borde del ACV, pero es una promesa que cumplo y cumpliré. Yo no dependo más de la política, de los avatares, del político de turno. A tal punto de que cuando armamos toda la lista al senado de Alianza País, que básicamente se hizo a partir de mis postergaciones, me puse cuarto con la esperanza de no salir. No porque no me genere excitación la militancia, sino porque yo no quiero envejecer acá (en el Palacio Legislativo).
-¿Por qué?
-Estoy medio podrido.
-¿Qué es lo que pudre?
-Los políticos. La mediocridad. El poco contacto con la realidad. Hacer cosas para tener perfil. Ser políticamente correcto. La autopercepción de que son importantes. Pudren. Los importantes están afuera. Pongamos uno de izquierda, (Rafael) Radi, ¿es más importante que un senador? No lo es. Pero acá está (Daniel) Caggiani, militante profesional.
-¿Pasa en todos los partidos?
-Todos. Empiezan con el lengue-lengue de “mi opción es el servicio público”. Mi opción es hacer cosas. Y como acá se puede hacer poca cosa, porque es básicamente parlamentario, ¿qué hago? Genero, construyo, ladrillo a ladrillo, la resistencia, la transformación de un partido “paloma” a ser un partido más “halcón”. Construyo o reconstruyo la idea de que la derecha popular es algo de lo que no tenemos que tener vergüenza. Construyo, aunque es un término berreta, la batalla cultural. Eso me ha dado alguna fama, más clics. Soy rubio, de ojos claros, flaco. Nadie me conocía, ahora me conoce todo el mundo. Atrás de eso está ese desespero que se inició en la gente de campo, y que en las zonas urbanas es el que maneja el camioncito Jac. Es el señor que está en la parada de bondi 45 minutos esperando y que no llega a ver a su hija bailando el pericón. La sociedad civil desorganizada. Eso represento.
-Está en una agrupación política donde hay, de Javier García para abajo, políticos profesionales.
-Pero yo soy totalmente anarquista. ¿Dónde está el planteo del político? En la supervivencia. Yo no tengo aspiración de sobrevivir. Nosotros generamos el milagro de ganarle a la lista de Luis (Lacalle Pou) y Álvaro (Delgado). Eso no estaba en los planes de nadie. No estaba en los planes de ustedes los periodistas. Queríamos ganar en Montevideo y ganamos en todo el país. Consecuencia de eso, estoy acá. Y si estoy, que no quería, seré auténtico.
-Podría haberle dejado el lugar a su suplente…
-Pero cuando se da un fenómeno de estos, que es difícil de ver en la historia partidaria, vos sos hijo de tus obligaciones. Además, a la izquierda esta no hay que dejarle la rienda en el piso. Ya se la dejamos 5 años. Actitudinalmente se la dejamos. Fernando Pereira le tiene que agradecer a las palomas blancas todo su surgimiento. Ahora lo castigamos. Ya no es lo mismo. Hay toda una serie de episodios, que ustedes analizan, y en esos un poquito tengo algo que ver. Ahora las multas van a salir la mitad, por ejemplo. Muchas veces me llevo las marcas para que me peguen. Lo dejo quieto al partido. Y sigo. Creo que la batalla de ideas, la nueva batalla, es propositiva. Yo evalué cuánto valía el Banco de Seguros: 2.000 millones de dólares, para plantar 100 mil hectáreas y que el PIB crezca un 4%. Son planteos serios y constatables.
-Pero proyectos así son sumamente disruptivos. ¿El gobierno de Lacalle Pou fue tan disruptivo?
-Fue hijo de sus circunstancias. Y ahí viene lo de la batalla cultural. Hay cierta inevitabilidad de un cambio de gobierno. Un gobierno que arranca como este, en este contexto económico, como vienen de actitud los ministros que se pelean hasta por un túnel, va hacia el cambio inevitable. Todos los días nos extrañan un poquito más. ¿Qué tengo que hacer yo, entonces? Tratar de a esos dogmas del Estado de Bienestar batllista tirarlos abajo.
-¿Esa es su misión: tirar abajo el Estado de Bienestar batllista?
-Dar la batalla cultural para poder hacer la fucking reforma del Uruguay de una vez y para siempre.
-¿Y qué es la reforma del Uruguay?
-Reformas liberales. De poder. Dejar de romantizar la justicia social, que es un concepto absolutamente hueco. Empezar a romantizar la prosperidad, la autonomía, la capacidad de seguir adelante. El INAU, por ejemplo, un organismo que gasta 430 millones de dólares: todos los días ese gasto de justicia social le da un cachetazo al sentido común. Hay que romper los paradigmas. No puede ser que yo tenga una denuncia hoy de un hogar del INAU donde se dicen cosas que hasta confirmarlas no las quiero decir. Tenés que caerle al INAU, tenés que tener agencias de medición, tenés que ir a los hogares de sorpresa, tenés que romper los curros del Estado.
-¿Se rompieron en el gobierno anterior?
-El gobierno anterior tuvo tres limitantes: la pandemia, la irrupción de Cabildo Abierto -una derecha a lo Fernández Huidobro, bravos, y con Irene Moreira con una pésima influencia- y la contradicción de (Ernesto) Talvi, egresado de la Escuela de Chicago reivindicando el batllismo, es como si alguien sea manya a muerte y se haya criado y nacido en La Blanqueada, no cierra. Eso hizo que existieran limitantes, por ejemplo en la liberación de los combustibles. Por eso hoy las batallas de las ideas hay que darlas antes de gobernar. Ni (Andrés) Ojeda ni (Pedro) Bordaberry están en contra de la liberación de combustibles, y Cabildo Abierto... desde que el general Manini se despertó y fue a firmarle el pésame al ayatolá de Irán, no sé qué puede pasar.
-¿Sin Manini, que pudo captar un montón de votos del mujiquismo, y Talvi, que quizá pudo captar un montón de votos del astorismo, Lacalle Pou hubiera ganado en 2019?
-Al Frente se le gana siempre por derecha. El Partido Nacional ha ganado siempre por derecha. Lo otro es zurcido político. Lo que yo creo es que si nosotros llegamos a la inevitabilidad del gobierno, con un programa más liberal, más de derecha, yo debo haber hecho las cosas bien. El estado de la opinión pública es dinámico. No en vano, el líder más adorado por los uruguayos es (Nayib) Bukele. El que no quiera ver eso se queda en Chasquetti, Garcé, todos los politólogos que se azoran porque la política no es como ellos quieren. Mariana Pomiés, Nacho Zuasnabar… El narcotráfico pasó de los callejones del Marconi a la calle Santa Lucía en Nuevo París, y las balas vuelan entre las jubiladas. Y como a mí me importa tres carajos si me va bien o me va mal, yo hago las cosas y luego me quedo contento. Porque cuando ando caminando por ahí y me encuentro con alguien del Frente, a veces me dice “tenés razón en cómo tratan a los malandras”. Bueno, eso me hace pensar que voy bien.
-¿Cambió tanto la gestión de la seguridad en estos meses?
-No cambió porque nosotros hicimos, si quieren, una medida de derecha misma: la inocencia presunta de la Policía. ¿Dónde está la batería central del gobierno de Lacalle Pou? La LUC, una reforma de verdad, donde hay medidas a favor de la libertad de laburo, restringir actividades sindicales y reforzar la gestión de la Policía. Esto implica que hoy los policías estén en una estación de servicio, vean llegar a las motitos sin chapa y haciendo ruido, y saquen y los caguen a bala, y no van presos. Con (Eduardo) Bonomi era todo un lío.
-¿Ese discurso, tan duro -“los caguen a bala”-, cómo cree que llega a la gente? ¿Sirve para juntar votos?
-Sí. Se juntan votos de quienes votaron a (José) Mujica. Que no saben si son de izquierda, no les importa ni la izquierda, ni la derecha, ni la socialdemocracia, ni el Foro de San Pablo; lo que quieren es que su hija, que es adolescente, cuando vaya al baile, pueda estar tranquila. Yo imagino una derecha popular, no una conservadora del centro de retirados militares.
-¿Está de acuerdo con la pena de muerte?
-Con la pena de muerte no. Estoy de acuerdo con que la policía uruguaya no tenga que estar a merced de 15 ñerys. ¿Por qué ir a la Facultad de Ciencias es como estar dentro de un juego de Play Station? Esa romantización hace que el ñery tenga más derechos que quien va a romperse el traste. ¿Tirás piedras? Yo te voy a dar a vos… Es hora de parar. Se terminó.
-¿El Partido Nacional tiene que salir a decir “somos de derecha”?
-No, porque yo creo en los partidos anchos. Yo sí digo que lo soy. Yo soy de la derecha popular. No rancia, miliquera, por gusto con las botas. Y sé que esa derecha puede juntar los votos que dejó Mujica. El MPP es un rejunte de acomodados. Nunca juntaron votos por su propio método. De hecho, todos y cada uno, empezando por el Pacha Sánchez y terminando por Aníbal Pereyra, cuando se presentan solos pierden. Era Mujica. Yo, ismos sin Mujica, sin Pacheco, sin Batlle, sin Seregni, sin Astori, no conozco. Los de hoy, están becados.
-¿Le gustaría ser precandidato?
-Yo soy hombre de campo, si veo la tormenta cierro el galpón. Y los hombres de campo tenemos… Yo a esta altura de mi vida, con 60 años, quedar endeudado con dos palos verdes por un cartelito de presidente… Prefiero toda la vida incidir en la política. Sé que la incidencia que vamos a tener en un nuevo gobierno tiene que ser otra. Antes fue muy “airefrescocéntrico” el gobierno, y eso yo no lo quiero más. A mí me embolan los mimosos, los que andan en la vuelta siempre. A mí me gusta tener la libertad de pararme con Luis y decirle que no. Y eso no lo tuve. No tuve la incidencia para decir: “¿Y si cambiamos al canciller?”. En un gobierno nuevo quiero un entorno más compartido. Y para eso tengo que trabajar.
-¿No va a ser candidato a presidente, entonces?
-Apagá el grabador (ríe).