Redacción El País
En los últimos días se registraron varios accidentes en el país protagonizados por niños que cayeron a piscinas, con una víctima fatal. Sin embargo, la dimensión de este tipo de tragedias trasciende ampliamente los desenlaces mortales, debido a las graves secuelas que los ahogamientos no fatales pueden provocar a largo plazo.
El ahogamiento infantil por inmersión constituye la principal causa de muerte accidental entre los niños de cero a cuatro años. Según un informe del Ministerio de Salud Pública (MSP), divulgado en enero de 2025, en Uruguay fallecieron 189 personas por ahogamiento en el último quinquenio.
“Para los menores de cinco años, es la primera causa de muerte por lesiones no intencionales, y para los menores de 10, la segunda. Los jóvenes de entre 14 y 24 años concentran más del 30% de los ahogamientos en el país. Por cada persona fallecida, se estima que otras cuatro requirieron atención en un centro de salud, algunas de las cuales quedan con secuelas severas de por vida”, señala el documento.
En lo que va de la actual temporada de verano —época del año en la que se registra la mayor cantidad de casos debido al incremento de la actividad acuática— se acumulan cuatro ahogamientos de niños en piscinas. Una niña perdió la vida y otra de dos años está internada en CTI tras caer a una piscina en Barra del Chuy y permanecer varios minutos sumergida.
En diálogo con El País, la directora de la Asociación Civil Nademos por los Niños, Guadalupe Herraiz, dijo que por cada niño ahogado entre cuatro y cinco quedan con secuelas neuronales, con daño irreversible.
“Sin perjuicio de los fallecimientos, que son la consecuencia extrema, deben tenerse en cuenta las secuelas que estas situaciones producen, y que suelen ser graves, permanentes e invalidantes. La aparición de severas secuelas neurológicas es inevitable pasados algunos minutos”, se remarca en la exposición de motivos de un proyecto de ley presentado por el diputado Pablo Abdala.
El legislador, que ya había presentado una iniciativa similar junto a la actual ministra de Salud Pública, Cristina Lustemberg, plantea en materia de esta problemática la necesidad de avanzar en un programa nacional de prevención del ahogamiento infantil, en particular para los niños de entre uno y seis años.
“Las piscinas públicas y privadas de uso colectivo, enterradas o elevadas, en lugares abiertos o cerrados, en lo posible, deberán contar con barreras o cercas de seguridad y alarmas de inmersión, en su caso, en los términos que establezca la reglamentación. Los propietarios o tenedores de piscinas domésticas de uso privado procurarán iguales medidas a las previstas en el inciso anterior, en especial, de habitar menores de edad en el hogar o cuando no existan barreras perimetrales de contención que impidan el acceso a terceros a la propiedad”, propone el proyecto presentado en junio de 2025.
Unos segundos
Herraiz, por su parte, indicó a El País que la mayoría de los accidentes protagonizados por niños de uno a cuatro años se dan dentro de las casas y en piscinas (que en los últimos años se han multiplicado por el abaratamiento de los costos).
“En el ahogamiento infantil, a partir de los 21 segundos de apnea por inmersión puede comenzar a producirse daño cerebral. Es un cerebro muy joven que cuando percibe que falta el oxígeno para el resto del sistema genera un desmayo. Por eso es tan rápido. Todavía no se generaron los registros suficientes para generar la sinapsis de reaccionar en busca de aire. Nosotros como adultos sí comprendemos que tenemos que hacer determinadas cosas para poder respirar y sobrevivir. Pero ellos no tienen el instinto de sobrevivir. Los niños que estuvieron vinculados al agua con el juego, la diversión y toda la parte lúdica no han activado indicios de reacción”, explicó Herraiz, en referencia a las diferentes respuestas entre un adulto o adolescente y un niño de menos de cuatro años .
En esa línea, también señaló que “menos agua es menos riesgo” y que no es necesario que un niño esté expuesto a grandes volúmenes para poder divertirse. “Lo puede hacer con el agua, no tiene por qué ser en el agua”, agregó.
Asimismo, señaló que el uso de flotadores puede generar una percepción errónea en niños pequeños, cuyo cerebro aún no logra identificar la función que cumple ese insumo para que pueda para mantenerse a flote y en ocasiones puede ocurrir que prescinda del dispositivo . En paralelo, los adultos tienden a relajarse en la vigilancia y eso construye una falsa sensación de seguridad para ambos.
Distracción, el principal factor de riesgo
En el documento elaborado por el MSP, se consigna, así como lo han hecho expertos, que “el principal factor de riesgo” para el ahogamiento de niños menores de seis años es “el fallo en la supervisión de los padres o de cuidadores causados por distracciones cotidianas”. Se destaca el uso de celulares, aunque también puede tratarse de cualquier otra conducta que distraiga o aparte la atención.
De igual manera, la jefa de la Emergencia Pediátrica del Pereira Rossell, Patricia Dall’Orso, destacó la importancia que tiene para evitar el ahogamiento—según todos los trabajos internacionales— la vigilancia permanente de la familia o el responsable adulto.
“Habitualmente los niños que sufren ahogamiento son sanos. No tienen ningún motivo por el cuál quedar lesionado y mucho menos un desenlace fatal. Un factor fundamental de la vigilancia también es cuando no está previsto que el niño vaya a ir al agua. Ese es un elemento que se repite en todas las historias de los niños ahogados, cuando se acercó a la piscina en un momento en que nadie pensó lo iba a hacer”, alertó la especialista en diálogo con Canal 5. Además, recomendó no dejar juguetes en el agua.
“A veces unos pocos segundos como ir a contestar un teléfono o abrir una puerta alcanza para que un niño sufra un ahogamiento”, alertó.
Aunque Abdala reconoce que un proyecto o una ley, por sí solos, no tendrán el impacto esperado para evitar que estas tragedias sigan ocurriendo, considera que pueden significar un avance cultural orientado a promover conductas más alertas por parte de los adultos.
“Es evidente que la prevención, con relación a la materia que se aborda, contiene un componente de carácter cultural incuestionable. En el caso de los niños, la supervisión y el cuidado por parte de los adultos, obviamente, resulta absolutamente indispensable. Las distracciones frecuentes, el exceso de confianza en los dispositivos de flotación, la errónea convicción de que los menores podrán valerse por sí mismos y, en general, la baja percepción del riesgo, con dramática frecuencia terminan siendo desmentidos por los hechos”, afirma el diputado del Partido Nacional.
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