En un ida y vuelta de mensajes que duró menos de 48 horas, un hombre preso en el módulo 10 del exComcar determinó que había que terminar con la vida de una mujer de 36 años en el barrio Manga. A pocas semanas de que se cumplieran dos años de este crimen, la jueza Marcela Vargas condenó a ese preso y a otros dos hombres que colaboraron para que el homicidio se concretara. El principal acusado era líder de una banda narco en Manga y estaba convencido de que la víctima se había quedado con algunos gramos de droga que le pertenecían.
El caso fue investigado por la Fiscalía de Homicidios de 2do Turno cuya teoría del caso fue aceptada totalmente por la Justicia. La jueza Vargas le dedicó un "párrafo aparte" en la sentencia al contexto social en el que estaba sometida la víctima. "Jenni", expresó, era "mujer, afrodescendiente, madre sola de una niña de seis años, desocupada, (vivía) en una vivienda precaria y (era) adicta problemática", describió Vargas, que entendió que la mujer había quedado determinada a "la servidumbre de una venta de drogas, gerenciada por el imputado, (...) cambiando adicción por venta para el líder".
Consideró que la mujer, "por su extrema vulnerabilidad" resultó "el último eslabón de la cadena" del "millonario, lujoso y corrupto sistema de mercado de compra venta" de drogas. Estas consideraciones, escribió, "no resultan indiferentes" a la hora de interpretar los hechos.
Entre las pruebas que presentó la Fiscalía están los mensajes que el narcotraficante enviaba desde la cárcel y los que la propia víctima llegó a mandarle a una oficial de policía previo a su muerte, dado que hacía dos meses se había transformado en "informante".
En algunas de estas comunicaciones, el principal acusado le decía: "Vos vas a conocer lo que es meterte con droga mía. Mirá, rezá que no estoy en la calle, si no te vuelo (...) Sos tremenda mal agradecida, que te mando a partir, palabra, por mis hijos". La sentencia de Vargas replica más de una decena de mensajes amenazantes.
Otros decían: "No entiendo cómo no te cazaron todavía". "Devolveme las pilas. En ningún momento te mande a levantar ninguna mochila. Boluda. Te crees astuta, disfrutá mientras puedas las pilas, acordate que te cuesta la vida las pilas. Yo te mato, vas a ver, que te mando a partir", escribió en otro. Uno de tenor similar, aseguraba: "Devolveme los 90 gramos y te la dejo pasar, si no me devolves esas pilas te mando matar de una, yo te lo digo".
Había un mensaje en el que incluso, le exigía que le pidiera perdón: "Ponelas arriba de la mesa y decime 'disculpame'. Me das los 80 gramos, quedate con 10, no me importa".
Sin embargo, lo que más miedo le generaba a la víctima eran los mensajes en los que amenazaba a su única hija. "Yo ya tengo a tu hija apretada (...) Dame mis pilas y no hay banda que pagar. Entregame a tu hija o te la saco por las malas, yo ya di la verde para que te maten, no entiendo porqué estos no te picaron aún".
Cuando la mujer le reenvió todos estos mensajes a la policía con la que tenía el nexo, la funcionaria le preguntó si de verdad se había quedado con la droga del acusado. "Es mentira, te lo juro", se limitó a responder.
Frente a las amenazas, la mujer decidió dejar a su hija al cuidado de un vecino. El 12 de febrero de 2024 en la madrugada, el narcotraficante ya había iniciado su plan. "Tengo un laburo para vos", le escribió a uno de los que resultó condenado junto a él. "Tenés que hablar con mi hermano, él te va a explicar", le dijo y le ofreció "dos pilas" a cambio de ese "laburo".
El hermano del recluso y el joven que recibió los mensajes fueron hasta la casa de la víctima e intentaron prenderla fuego, pero el incendio no se propagó lo suficientemente rápido y ella sobrevivió. Ese mismo 12 de febrero, pero casi sobre la medianoche, el preso le escribió: "Todo mal hiciste, un sillón nomás", refiriéndose a que no había logrado el cometido. El joven le respondió: "Andá, si le rocié la puerta y la ventana".
En sus alegatos, la fiscal hizo énfasis que este caso no solo demuestra "la violencia inusitada que se da en varios barrios de Montevideo, sino que además denota el desprecio por la vida, porque (vale) 'dos pilas' la vida de una persona".
Al otro día, el narcotraficante volvió a escribir un mensaje, pero esa vez a su novia. A ella le dijo: "La picaron, ahora le van a dar a los giles esos. Mirá que las cosas no están como antes, ahora la nueva orden es matar. Primer gil que me mencione o hable, la orden es matar".
La Fiscalía explicó que, luego, el preso le ofreció las mismas "dos pilas" a un adolescente para que llevara adelante el homicidio, el que se concretó ese 13 de febrero. El menor, acompañado del hermano del narcotraficante, mató a la mujer a disparos. En uno de los mensajes, el preso que ordenó el crimen le reconoció a su pareja que este adolescente había cometido el homicidio, pero le dijo que no pasaba nada porque "iba a salir en dos años". Fue condenado en 2024 por haber sido el autor material del asesinato a seis años de internaciónen el Inisa.
La jueza condenó al principal acusado a 24 años de cárcel, a su hermano a 23 años y al tercer partícipe —que pretendió matar a la víctima pero no lo logró— a seis años y cuatro meses. A juicio de Vargas el crimen se dio en un "contexto de claros y exteriorizados códigos de crueldad que banalizan el mal procurando la prosperidad de un negocio con mero fin de lucro". Ello "cosificando, deshumanizando a jóvenes adictos y usando su vulnerabilidad como instrumento letal con capacidad de expansión incalculable".
En sus alegatos de cierre, la fiscal resaltó que "sinceramente" da "bronca que la juventud termine en una situación así, matando a una mujer además de haberla hecho sufrir bastante".
"La orden final la di yo en un momento de ira"
El principal acusado declaró ante la jueza durante el juicio y reconoció los hechos. "Quería decirles que sí, la orden final la di yo en un momento de ira. Me quedaba un mes para irme. No es lógico, ni yo entiendo porqué lo hice. No me afectaba lo que me hicieron (el robo) y estoy totalmente arrepentido", dijo y aseguró que desilusionó a su familia, compuesta por dos hijos de menos de cinco años, pero también a su padre, que dejó de hablarle por el homicidio, y a su madre.
Sobre la víctima, afirmó: "Sería consumidora la muchacha... Era conocida mía. En la calle hasta me ayudó esa mujer".
A fines de diciembre, cuando la jueza Vargas dictó su sentencia, le dijo cara a cara al acusado lo que pensaba de su declaración. Expresó: "Hizo referencia solo a los problemas que le trajo todo esto a su persona y a su familia, como extensión de su persona, pero en ningún momento mencionó a la mujer, a la víctima, que usted le quitó su vida. Tampoco mencionó la hija de esa señora, que tiene 6 años, una niña a la cual usted le cambió la vida para el resto de sus días (...) Entiendo de que ahí no hubo ningún tipo de arrepentimiento, sino solo una autorreferencia narcisista a usted mismo".