El afecto que es bueno para crecer

| Hay niños que maduran con procesos de origen desconocido. Es común que la inmadurez se supere con el desarrollo.

Ana MaríaAbel

Lic. Ciencias Familiares

Ni bien nació Juan Francisco se le hicieron, como es habitual, las pruebas de Apgar, el test propuesto en 1952 por Virgina Apgar, anestesista especializa del Columbia University`s Babies Hospital fruto de su larga experiencia en obstetricia. Su aplicación se generalizó rápidamente por ser de gran ayuda para conocer el proceso de transición del neonato desde el medio intrauterino al extrauterino y detectar cómo está transcurriendo su adaptación a la vida independiente en cuanto a respiración, frecuencia cardiaca, grado de irritabilidad, tono muscular y color.

Los parámetros del test de Apgar en Juan Francisco fueron los adecuados así como los exámenes físicos posteriores. El regreso a casa se desarrolló sin nada llamativo. Durante los primeros meses sus padres lo llevaron a los controles de rutina. Fue creciendo entre llantos y risas normales.

A los dos años empezó a asistir unas horas diarias al jardín de infantes. Fue entonces cuando la maestra advirtió pequeñas diferencias en su desarrollo comparado con otros niños de su edad. La directora se lo describió a sus padres como un niño dócil, obediente, cariñoso: "Se deja acariciar como un gorrión pero, no trina: emite sonidos, sí, pero algo me lleva a sugerirles la consulta con un logopeda además de con el pediatra".

Para los padres fue un duro golpe. Lucharon juntos ante diagnósticos poco esclarecedores: ninguna prueba aplicada a Juan Francisco proporcionaba un nombre que adjudicar a su inmadurez: "a su hijo no le pasa nada".

Esa frase fue un aldabonazo de dolor en la puerta de la familia. ¿Cómo no va a pasarle nada a un niño que no habla como los demás de su edad, a un gorrión que no trina? ¿A quién recurrir? Mil dudas atormentaron a esos padres hasta que uno de los médicos les explicó que pueden darse procesos de escasa maduración de origen desconocido y en muchos casos se superan con el desarrollo. Su consejo fue: "sin sobreprotegerlo, denle mucho afecto".

Hasta entrados los seis años, el niño vivió en su mundo de silencio. Toda la familia lo sometió, discretamente, a un bombardeo de cariño. Una fonoaudióloga trabajó duro con él, afable y constantemente. De a poco fue manifestando la preciosa capacidad de la palabra.

Hoy Juan Francisco está en sexto año, destaca entre los primeros de la clase y sus padres al mirar para atrás no niegan que sufrieron, pero afirman: la clave fue buscar soluciones sin cansarnos, confiar en los profesionales y en los procesos de maduración de nuestro niño. La mejor lección que sacamos ha sido que a un hijo se le quiere siempre, si sano, sano, y si enfermo, más.

flia@iuf.edu.uy

Respetar los tiempos de cada hijo.

La mejor fruta es la que madura a su tiempo con terreno, temperatura y lluvias adecuadas, si no, el resultado suele ser malo. Si los padres fuerzan la maduración de los hijos con estimulación poco comprobada, pueden truncar procesos cuyo logro natural facilita un crecimiento armónico.

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