Menos de la mitad (45,6 %) de los alumnos de la escuela pública uruguaya asistieron el año pasado al 90% o más de las clases, según el último Monitor Educativo de Primaria. Pero si este magro porcentaje de asistencia alta se desagrega por nivel socioeconómico, se observa una profunda brecha entre los quintiles más altos y los más bajos.
Mientras que solo el 59,6 % de los alumnos más favorecidos (quintil 5) registró el nivel de asistencia más alto, ese porcentaje se hunde a la mitad (30,8%) entre los más pobres (quintil 1). Es decir, el 69,2% restante de estos últimos es considerado en las mediciones como “ausentista crónico”.
Desde otra perspectiva, de los 182 días lectivos que tuvo Primaria en 2025, los escolares asistieron en promedio 157,1 días. No obstante, los alumnos del quintil 5 concurrieron 162,1 días, frente a los 149,3 días de los del quintil 1.
Un 76% de los niños del quintil 1 asiste a una escuela Aprender (siglas de Atención Prioritaria en Entornos con Dificultades Estructurales Relativas), donde la carencia de los alumnos se entremezcla muchas veces con que tengan que enfrentarse a situaciones de violencia. Se trata de 271 centros (232 escuelas y 39 jardines).
Cabe puntualizar que el porcentaje de asistencia alta —90% o más— en 2025 para el quintil 1 (30,8 %) supuso un incremento respecto a lo registrado en 2024 (22,8%), aunque es claro que el valor se mantiene bajo.
“Que haya mejorado la asistencia en las instituciones públicas, y especialmente en los quintiles 1 y 2, que tienen que ver con las escuelas Aprender, es una buena noticia”, dijo a El País la coordinadora nacional del programa, la inspectora Claudia Constantino.
“No nos sorprende”, agregó la jerarca sobre el trabajo “muy pensado” que se lleva a cabo con este objetivo. “Algo que destaco cuando recorro las escuelas Aprender es el trabajo variado y comprometido de los equipos docentes para mejorarla”, acotó.
Las escuelas Aprender brindan servicio de copa de leche o almuerzo, según la opción de la familia; cuentan con maestros comunitarios para el acompañamiento de los niños y su entorno, y reciben partidas específicas para proyectos de mejora del aprendizaje.
“A pulmón”
No obstante, tanto Constantino como Marisa Santos, directora de la Escuela 179 Tomás Berreta —un centro Aprender de doble turno y quintil 1, ubicado en Camino Maldonado (Punta de Rieles)—, reconocieron a El País que el porcentaje de asistencia en el quintil más desfavorecido sigue siendo bajo, a pesar del incremento registrado en 2025.
Santos recibió a El País en la escuela que dirige desde hace una década. Manifestó su alegría ante la próxima construcción de un nuevo muro sobre Camino Guerra y la inminente instalación de ocho aires acondicionados en la mitad de los salones. Estos equipos, resguardados con rejas, fueron adquiridos tras dos años de recaudación mediante rifas y festivales, y contarán con la “mano de obra benévola” del Ejército para su colocación.
Durante una hora y media, el diálogo con Santos y cuatro maestras comunitarias en la sala de coordinación —un contenedor acondicionado— dejó en evidencia una labor vocacional y de equipo: un trabajo, coinciden, que se hace “a pulmón”.
Santos detalla que el centro se encuentra en un contexto “muy desfavorable”, caracterizado por la carencia de necesidades básicas y la presencia de varios asentamientos.
La irregularidad en la concurrencia se concentra en quienes viven en el “Punta de Rieles oculto”, como denomina la directora a la zona situada detrás de la escuela, donde la situación es compleja. “Este año se ha acentuado la violencia y los robos, algo que antes no veíamos tanto”, acotó.
“Hay niños que la noche anterior vivieron un tiroteo en su casa; es lógico que ningún familiar se levante al día siguiente para traerlo”, graficó Santos.
“La violencia en el entorno se ha intensificado este año”, lo cual complejiza el trabajo. Ante un barrio que “está difícil”, algunos padres optan por pedirles que se queden en casa a cuidar a sus hermanos menores, o bien, aducen problemas de salud.
“Tenemos un caso, por ejemplo, de un chiquilín que la familia quiere escolarizar, pero no puede traerlo dos días a la semana. Esos días van pesando en las inasistencias. La familia tiene toda la voluntad, pero se ven imposibilitados porque tienen dos niños pequeños a cargo y una sola madre”, explicó Joana Bordagorry, maestra comunitaria.
Asimismo, estiman que existe un porcentaje de familias que “no le dan tanta importancia ni prioridad a la educación, sino a otras cosas”. Hay padres que “no se levantan” o que, ante días de lluvia y la formación de barro en calles sin pavimentar, deciden no enviar a los niños a clase.
Sin embargo, varios asisten igual debido a que en la escuela reciben el plato de comida principal. Aunque la zona se vuelve “bastante inaccesible” con las precipitaciones, algunos niños llegan con “una muda pronta de ropa en la mochila porque tienen que cambiarse al llegar”, señaló Maitena Rodríguez, maestra comunitaria.
“Los días de lluvia o si hace mucho calor, las prioridades de la familia se desplazan hacia otro lado”, agregó Rodríguez. “Creo que esto es una falta de trabajo en el territorio, que no depende solo de la escuela, sino también del Mides”, sostuvo.
La labor de monitorear la situación de los niños y su entorno, llamarlos cuando faltan e incluso visitar sus hogares para intentar revincularlos, recae sobre los maestros comunitarios. Esto incluye desde asegurar que tengan los controles de salud al día hasta facilitar la alimentación, entre otras tareas.
“No todo el mundo puede trabajar en una escuela Aprender”, insistió Santos. “Se necesitan maestros que puedan mirar más allá; es un don vocacional. Es sentir, hacer, vivir y acompañar. Y, a veces, no todos pueden lidiar con estas historias”, acotó.
“Yo amo mi escuela...”, dijo Rodríguez al borde del llanto. “Me emociona hablar de ella; me genera una sensación de felicidad venir a trabajar aquí”, afirmó la docente, quien no se imagina ejerciendo en otro centro.
“A veces nos enfrentamos a situaciones que nos chocan. Nos apoyamos mucho entre nosotras para ver cómo podemos resolver, ayudar y acompañar”, destacó Florencia Olivera, exalumna y maestra comunitaria.
Sus relatos reflejan una mirada empática. “No vamos a los hogares para juzgar ni para cuestionar, sino para acompañar”, subrayó la directora sobre las visitas domiciliarias, que hoy en día resultan más complejas.
Si bien las docentes “no han dejado de ir” al barrio —porque la túnica blanca “identifica” y abre puertas—, lo hacen “con cuidado y atentas”, agregó Santos. El trabajo es “desafiante, pero no importa; estamos acá para eso y la educación es el camino para construir”, concluyó.
Alfabetizar
Verónica Gómez es maestra comunitaria de la Escuela 179 de Camino Maldonado, y trabaja en un programa de alfabetización en los hogares. Su labor consiste en brindar herramientas a los referentes familiares para que puedan acompañar el proceso educativo de los niños de manera efectiva.
Esta escuela registró en 2025 una tasa de repetición del 6,8%, más del doble que el promedio en las escuelas de quintil 1 y tres veces por encima del nivel nacional. Por otro lado, la asistencia insuficiente —definida como la concurrencia de entre 70 y 140 días— fue del 32,4 %, cifra superior a la de las escuelas del mismo quintil (25 %) y más del doble que la media nacional.
Con 578 alumnos, el centro es definido por su directora como una institución “inclusiva”. Si bien el 20% de los estudiantes cuenta con un diagnóstico de TEA, la dirección estima que la cifra real es el doble. Actualmente, disponen de un solo maestro de apoyo, pero Santos advierte que necesitarían cuatro y reconoce que, en el sistema público, muchos docentes no han recibido la formación necesaria para atender a esta población.
“Tenemos niños de sexto que egresan sin saber leer ni escribir”, lamentó la directora sobre aquellos casos (uno o dos alumnos por año) que, debido a dificultades severas, deberían haber asistido a centros de educación especial. A pesar de los esfuerzos del equipo, estos niños no lograron adquirir las habilidades básicas.
Santos destacó la oferta de educación física, pero reclamó la presencia de docentes de arte y música, además de más salidas didácticas. “Es común que muchos niños no salgan del barrio”, explicó. “Es impactante ver sus reacciones la primera vez que visitan la playa y tocan la arena”, graficó sobre las carencias en la experiencia de vida de estos estudiantes.
Este año, además, han notado que se han “acentuado” las “conductas disruptivas” de los alumnos, las cuales “reproducen la violencia del barrio”, señaló Rodríguez. “El vocabulario que utilizan, la forma en que pretenden resolver los conflictos y hasta su postura física dan cuenta de ello”, acotó. Según las docentes, este fenómeno, que antes se limitaba a quinto y sexto año, ahora se observa en niveles más tempranos.
Las maestras, cuya escuela linda con una policlínica de la Intendencia de Montevideo, expresaron su preocupación por el acceso a la salud, debido a las esperas “muy largas” para obtener consultas. Rodríguez puntualizó que la salud mental, en particular, “no está atendida”.
La gestión para visitar una escuela Aprender resultó compleja. Tras una coordinación inicial desde Primaria para visitar otro centro, la autorización fue revocada a último momento. Por esas fechas, el Departamento de Comunicación Social de Primaria difundió un comunicado —que se viralizó— exigiendo que toda gestión vinculada a la prensa debía canalizarse exclusivamente a través de su oficina.
Desde dicha área se solicitó la apertura de un expediente interno para habilitar la visita, un requisito inusual que retrasó el proceso casi un mes. Durante la entrevista con el equipo de la Escuela 179, una funcionaria de Comunicación de Primaria permaneció presente en todo momento.