1989

La caída del Muro de Berlín, símbolo de la Guerra Fría

Durante 28 años separó más que dos países. Fue símbolo de la Guerra Fría, frontera entre regímenes comunistas y democracias occidentales. Del 9 al 10 de noviembre de 1989 el “mundo real” tiró al “socialismo real”. A la caída del Muro le siguió la reunificación de Alemania y la disolución de la URSS.

Caída del muro de Berlín. Foto: Lionel Cironneau / AP.
Caída del muro de Berlín. Foto: Lionel Cironneau / AP.

Con 45 km de largo y prolongado idealmente otros 1.378 km por las barreras electrificadas que separan el confín entre las dos Alemanias, el Muro de Berlín pasará a la historia como el mayor símbolo de la guerra fría: 200 personas perdieron la vida en 28 años tratando de cruzarlo.

La milicia armada obrera de la Alemania comunista lo erigió en buena parte en la noche del 17 al 18 de agosto de 1961. Los berlineses lo encontraron semiconstruido por sorpresa cuando se despertaron aquella mañana y en los próximos meses el régimen de Walter Ullbricht perfeccionó lo que el alcalde de Berlín Oeste, el socialdemócrata Willy Brandt, calificó como ‘muro de la vergüenza’. La altura promedio del muro es de tres metros y del lado Este hay una zona que mide un centenar de metros. Quien se aventuraba por ella se convertía en blanco instantáneo de los disparos de los ‘vopos’, los policías del Este”.

Así comenzaba la nota de la agencia italiana Ansa que El País publicó en su edición del 10 de noviembre de 1989, en la que se informaba de la decisión del gobierno de Alemania Oriental de permitir a sus ciudadanos viajar a Alemania Federal o a Berlín Oeste sin restricciones. El muro había caído, aunque siguiera entero unos días más.

La noticia sorprendió a Uruguay en el tramo final de la campaña por las elecciones del 26 de noviembre, que ganó el Partido Nacional. El País armó su cobertura a partir de las agencias Ansa, AFP, EFE y el servicio del diario The New York Times. “Produjo el efecto de una bomba la noticia y se difundió como un rayo en una Berlín donde los transeúntes que apretaban el paso por la lluvia intensa, mostraron incredulidad al ser interpelados por la prensa: ‘No es posible’, dijo un taxista que esperaba a un periodista que lo había contratado por todo el día. Cuando le convencieron de que por lo menos el anuncio era auténtico se puso a llorar, diciendo: ‘Si los malditos señores del Politburó nos han tomado el pelo una vez más, juro que los mato …’”, informaba El País en su nota central.

Y agregaba más adelante: “Las fuertes presiones populares y las manifestaciones diarias y masivas en las últimas cuatro semanas provocaron una oleada de reformas en Berlín Este, que prosiguió hoy con la apertura, de facto, de la frontera interalemana. Mientras tanto, continuó el éxodo masivo de ciudadanos alemanes orientales hacia la RFA”.

En otra nota, basada en la agencia AP, El País informaba del jolgorio en las calles de Berlín y el asombro de la gente cuando veía que podía cruzar el muro.

“Miles de personas, provistas de botellas de champaña se introdujeron esta noche en Berlín Oeste bailando y gritando de alegría, y algunos llegaron a subirse a lo alto del Muro de Berlín sólo para bailar y gritar, luego que el gobierno de Alemania Oriental anunció la apertura de sus fronteras con el Oeste. Muchos se abrazaban y besaban, al tiempo que automóviles abarrotados de alemanes orientales desfilaron por las calles de Berlín Oeste en una celebración que recordaba el carnaval. Esta avalancha de personas habría sido inconcebible hace sólo unos días, cuando cruzar el Muro era considerado como traición al país, pero hoy era un indicio claro de la velocidad que han tomado los acontecimientos en Alemania Oriental”.

“‘¡Es una locura!’, gritaba un joven sentado junto a sus padres en la parte trasera de un automóvil, después del breve viaje a través del hasta entonces impenetrable Muro de Berlín. El padre del joven, que no quiso dar su nombre, dijo que sólo quería ver Berlín Oeste. ‘Escuchamos la noticia en la televisión y decidimos ir a echar una ojeada’, dijo. ‘Queríamos enseñar a nuestro hijo un poco de la Kurfuerstendamm’”.

“La Kurfuerstendamm es una de las zonas de tiendas y espectáculos más elegantes de Europa y, por décadas, los alemanes orientales, encerrados tras la Cortina de Hierro, únicamente podían soñar con pasar por allí”.

El País también informaba del caso de Angelika Wachs, de 34 años y residente en Berlín Este.

“La mujer se rió con frenetismo. Parecía histérica. Después que los guardias revisaron una y otra vez su pasaporte, que tenía una visa que le permitía visitar la próxima semana Alemania Occidental, Angelika pudo pasar. Y al ver a la multitud de alegres berlineses occidentales que se había reunido para dar la bienvenida a los que llegaran del Este, la mujer gritó: ‘¡Es increíble! ¡No lo puedo creer!’”.

El País testigo de un episodio histórico

Portada por el aniversario de la caída del Muro de Berlín.
Portada por el aniversario de la caída del Muro de Berlín.

El 9 de noviembre de 1989 el periodista Daniel Herrera Lussich, corresponsal de El País en Europa, se encontraba en Bonn en la casa del embajador uruguayo en Alemania Federal, Agustín Espinosa. “La euforia, desde la noche del jueves 9, dominaba a miles y miles de alemanes, en su mayoría menores de 30 años, que pasaban del grito de victoria con los dos dedos en señal de V o el puño levantado, al llanto de emoción. En tanto el resto de los alemanes, especialmente las personas mayores, compartían la alegría con mesura y sentían también la piel erizada al divisar que la gente pasaba de un lado a otro sin trabas, sin peligro de muerte, pero era menor la exteriorización y sus caras sonrientes dejaban traslucir cierta preocupación y mucho de desconcierto”, escribió Herrera Lussich en un informe que publicó El País el fin de semana siguiente a la caída del muro.

El informe de Herrera Lussich daba cuenta de lo que opinaban los alemanes del lado occidental sobre un exilio masivo desde el Este y la reunificación del país. La gente mayor estaba expectante y “en cierto modo desconcertados por la rapidez con que se les precipitaba una nueva realidad que los obligaba a tomar posición”.

“La juventud en cambio -decía Herrera Lussich-, en su enorme mayoría, exterioriza incondicional apoyo a la entrada de los alemanes del Este. ‘Nosotros sabemos del pasado, pero no nos podemos dejar agobiar. Fue terrible, pero vivimos la época de la libertad y la democracia. Somos todos hermanos, hablamos el mismo lenguaje …”.

Juan Pablo II, el papa que ayudó a cambiar el mundo

Juan Pablo II durante la misa en Tres Cruces el 1° de abril de 1987. Foto: archivo El País.
Juan Pablo II durante la misa en Tres Cruces el 1° de abril de 1987. Foto: archivo El País.

El Papa Juan Pablo II fue clave para el fin de los regímenes comunistas en Europa del Este, primero alentando la apertura de libertades políticas y sindicales en su Polonia natal y luego empujando la caída del Muro de Berlín. “La verdad es que el 50% de la caída del muro pertenece a Juan Pablo II”, dijo hace unos años Lech Walesa, líder del sindicato Solidaridad en Polonia.

Antes de la caída del Muro de Berlín, Juan Pablo II estuvo dos veces en Uruguay. La primera, entre el 31 de marzo y el 1° de abril de 1987. Apenas hacía dos años de la asunción del primer gobierno democrático tras el fin de la dictadura militar.

El Dr. Washington Beltrán, director de El País, ofició de Embajador Plenipotenciario ante el Vaticano y acompañó al pontífice en su visita. El diario publicó una edición especial con la llegada del Papa. “Bajo lluvia el pueblo se volcó a las calles”, decía en el título principal a toda página, y destacaba una frase de Juan Pablo: “Política e ideología no deben mezclarse con religión”.

Juan Pablo II fue recibido en el aeropuerto por el presidente Julio María Sanguinetti y su esposa Marta Canessa, y el gabinete en pleno.

El discurso del Papa se refirió a la tolerancia política y a la unidad nacional: “En vuestro país conviven en la concordia diversas opciones sociales y políticas, y grupos que profesan diferentes creencias religiosas; todo ello en un clima favorable de respeto y tolerancia”.

Del aeropuerto Juan Pablo II se fue en el Papamóvil a la Catedral Metropolitana, adonde rezó ante la tumba de monseñor Jacinto Vera. Luego se trasladó al Palacio Taranco para suscribir el acuerdo de paz y amistad entre Argentina y Chile que cerraba el conflicto por el Canal de Beagle.

El momento cumbre de esa primera visita a Uruguay fue la misa que ofició en Tres Cruces ante casi 300.000 personas el 1° de abril. Ese día fue declarado feriado por el Poder Ejecutivo.

Poco más de un año después, del 7 al 9 de mayo de 1988, Juan Pablo II realiza su segunda y última visita a Uruguay. Estuvo en Montevideo, Melo, Florida y Salto.

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