Un equilibrio global incierto, pero resiliente

Más allá de los indicadores económicos más o menos coyunturales, el cambio más profundo es el repunte del riesgo geopolítico estructural.

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En el último año, la economía global ha vuelto a demostrar que la estabilidad es siempre provisional. Las medidas de política económica de la Administración estadounidense, junto con la persistencia de tensiones geopolíticas, han elevado sustancialmente la incertidumbre económica. Desde el histórico “Liberation Day” del 2 de abril de 2025 a la intensificación de las tensiones en Oriente Medio en los últimos días, los mercados han ido alternando volatilidad y calma, reflejando un equilibrio frágil pero resiliente: el sistema aguanta, aunque bajo mayor presión.

En este ajetreado contexto, anualmente en BBVA Research analizamos globalmente qué ha ocurrido en los últimos doce meses en nuestro informe Riesgo País: cómo han reaccionado a las fuentes de riesgo los mercados financieros y las agencias de calificación, y si las vulnerabilidades y desequilibrios macroeconómicos se han deteriorado o si hay alertas de crisis bancarias o fiscales en el horizonte.

El ciclo de calificación de las agencias de rating ha sido mayoritariamente positivo en economías emergentes, mientras que en las avanzadas ha mostrado una dinámica mixta, con rebajas en EE.UU. y Francia y mejoras en la periferia europea. En paralelo, los diferenciales de tasas de interés de deuda soberana se han reducido en general, especialmente en Europa del Este y Latinoamérica. La dinámica es clara: dominio del apetito por el riesgo pese al intervencionismo comercial de EEUU; sólo interrumpido tras el anuncio de aranceles recíprocos de Trump, cuando la aversión al riesgo empujó a los inversores hacia activos refugio.

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En agregado, 2025 mostró cierta mejora de vulnerabilidades, con crecimiento más sólido y menor inflación, e incluso alguna corrección fiscal en ciertas economías europeas. Sin embargo, la fotografía global oculta la existencia de desequilibrios focalizados. EE.UU., China y Francia, entre otros, comparten niveles elevados y crecientes de deuda pública y déficits fiscales significativos. Con tasas de interés más altas que en la década pasada, la sostenibilidad de la deuda vuelve al debate y más cuando las principales economías operan con altos niveles de apalancamiento estructural, por lo que el margen de maniobra ante nuevos choques se reduce.

En el ámbito financiero, el endeudamiento privado se ha estabilizado, pero nuestros indicadores de desequilibrio apuntan a que la deuda privada sigue estando por encima de lo que sugerirían sus fundamentales de nivel de ingreso, inversión o tasas de interés en economías como EE.UU. y, especialmente, Francia y China, donde persiste un desequilibrio significativo.

Otro foco de riesgo es el mercado de la vivienda. No se observa una burbuja generalizada global, pero los precios reales han vuelto a crecer con fuerza en varias economías avanzadas, situando los desequilibrios en niveles de alerta en el norte, sur y este de Europa y parte de Latinoamérica.

La probabilidad de crisis bancarias se mantiene muy contenida en la mayoría de regiones, aunque China y EE.UU. presentan señales de alerta relativamente más elevadas. En el ámbito fiscal, hay que prestar atención a Europa Emergente, América Latina o China. Aunque en el escenario central no se considera una crisis inminente, hay una vulnerabilidad latente por los altos niveles de deuda global.

Aparte de los indicadores económicos más o menos coyunturales, el cambio más profundo es el repunte del riesgo geopolítico estructural. No se trata únicamente de la intensificación transitoria del riesgo reflejado en los medios ante eventos disruptivos como declaraciones, disturbios o acciones armadas más o menos limitadas, sino de transformaciones más profundas en el equilibrio político, institucional y militar global. Tras descender durante décadas desde el final de la Guerra Fría, los indicadores de referencia están creciendo desde comienzos de siglo.

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En 2025, Ucrania, Rusia, Israel, Irán y Europa del Este concentraron los mayores niveles de riesgo geopolítico estructural. Los riesgos externos son especialmente intensos en la frontera con Rusia y en Oriente Medio. La guerra que ha estallado estos días en Irán ilustra hasta qué punto los conflictos de Oriente Medio pueden convertirse en focos de origen de riesgo sistémico. Cuando el riesgo estructural y el evento puntual coexisten, el impacto potencial sobre mercados financieros, comercio, energía o flujos migratorios se amplifica.

En definitiva, la economía global continúa mostrando resiliencia en un entorno muy incierto. Elevados niveles de deuda globales, desequilibrios financieros persistentes y un repunte estructural del riesgo geopolítico dibujan un escenario donde cualquier disrupción geoeconómica supone un riesgo relevante para la economía global.

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Para economías pequeñas y abiertas como Uruguay, este entorno global incierto plantea retos adicionales. La relevancia del comercio internacional y de los flujos financieros externos hace que los cambios en el apetito por riesgo global o en las condiciones financieras internacionales se transmitan con rapidez.

Sin embargo, Uruguay parte de una posición relativamente sólida dentro de la región. El país mantiene el grado inversor desde 2012 y ha logrado construir una trayectoria de credibilidad macroeconómica y acceso estable a los mercados internacionales de capitales gracias a una gestión prudente de la deuda pública, tal como lo muestra la diferencia del indicador de riesgo local, en niveles mínimos, con el agregado global y regional. A esto se suma un sistema político maduro y estable con alternancia de poder y niveles relativamente altos de institucionalidad, destacándose también por sus estándares de transparencia y por presentar niveles relativamente bajos de corrupción respecto de otros países de la región.

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Esta estabilidad institucional, junto con el respeto por los contratos, reglas claras para la inversión y un entorno relativamente favorable para los negocios, ha contribuido a atraer inversión extranjera, a mitigar vulnerabilidades (basta con pensar la situación del petróleo) y a sostener el crecimiento económico en las últimas décadas. Todos estos factores, en conjunto, son los factores que explican la resiliencia de la economía uruguaya.

En un contexto global caracterizado por mayor fragmentación geopolítica, tensiones comerciales y episodios recurrentes de volatilidad financiera, preservar estos activos institucionales y macroeconómicos será fundamental. Mantener estas fortalezas permitirá sostener la confianza de los inversores, favorecer un crecimiento más estable y continuar diferenciando a Uruguay de manera positiva dentro de la región.

Los autores son David Sarasa, Alfonso Ugarte, Adriana Haring y Juan Manías, de BBVA Research

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