Riesgos consumados para Uruguay: la economía en un peor escenario

A un año de iniciada su gestión, “la inflación de expectativas” chocó con la realidad y todas las encuestas muestran un balance neto negativo en la gestión presidencial.

.

Hacia el cierre de 2025, el consenso sobre las perspectivas económicas globales y locales para 2026 apuntaba a “más de lo mismo”: un año similar al anterior para el mundo y Uruguay. Sin embargo, el consenso parecía optimista y los riesgos inclinados para mal, según advertía en columnas previas. Al cierre del primer trimestre se perfilan peores escenarios.

A nivel internacional, una de las amenazas para la economía mundial era un conflicto bélico por sus consecuencias negativas en la actividad, la inflación y las condiciones financieras. Actualmente hay muchas dudas sobre la duración y la escalada de la guerra en Medio Oriente, pero certezas sobre ciertos impactos desfavorables en nuestros países. Tanto mayores cuanto más se alargue.

Si bien los incentivos están alineados para un fin rápido del conflicto, eso supone que prima la racionalidad en los principales actores involucrados. Sin embargo, no puede descartarse un alto grado de fanatismo e irracionalidad en las iniciativas de Trump, Netanyahu e Irán, que empeore las cosas antes de mejorarlas.

Con todo, los eventuales impactos negativos para economías como la uruguaya se reflejarían al menos en el segundo trimestre.

Primero, el sesgo para la expansión económica global es a la baja, como anticipa el recorte de la meta de crecimiento del PIB de China a 4,5%, las peores perspectivas para la Eurozona y las señales de ciclo maduro en EE.UU.

Segundo, el salto del petróleo hacia 100 dólares por barril genera al menos transitoriamente mayores expectativas de inflación y un significativo deterioro de los términos de intercambio para países como Uruguay que son importadores netos del crudo.

Tercero, aún con “relajo” de la Fed, las condiciones financieras globales se están volviendo más restrictivas por menor apetito por riesgo, alzas de las tasas largas y mayores spreads de crédito.

Por último, todo lo anterior limita las posibilidades de rebote de las economías de Argentina y Brasil, junto con acentuar algunos de sus desequilibrios.

Paralelamente, a nivel de Uruguay, terminó por internalizarse la magnitud de la desaceleración experimentada por la actividad desde mayo de 2025. Previsiblemente, la economía uruguaya fue de más a menos el año pasado y entró en una recesión técnica en el segundo semestre al experimentar dos trimestres consecutivos de caída del PIB desestacionalizado.

El aterrizaje se inició antes de la escasez de lluvias, antes de la caída del tipo de cambio real, antes de la temporada turística 2026 y antes de la guerra en Medio Oriente. Probablemente estuvo relacionado con el menor impulso externo, sobre todo regional, los anuncios de ajustes impositivos, el deterioro del clima de negocios, los problemas de competitividad y la instancia monetaria restrictiva. Como resultado, el crecimiento promedio del PIB estuvo en torno a 1,8% durante 2025, casi un punto porcentual por debajo del pronóstico incluido en agosto en la Ley de Presupuesto (2,6%) y con un arrastre negativo para 2026 de -0,5%.

Salvo el giro expansivo del Banco Central, la mayoría de esos factores adversos sigue vigente, con el agravante de la certeza del deterioro externo inmediato y la mayor incertidumbre sobre sus impactos de largo plazo.

Esto tiene varias implicancias para el desempeño económico de Uruguay en 2026.

Primero, debería acentuarse la baja en las estimaciones de crecimiento del PIB para este año considerando la inercia negativa de 2025, la debilidad adicional del primer trimestre y las peores perspectivas. Crece la probabilidad de que la actividad prácticamente no crezca en 2026, en contraste significativo con la estimación de crecimiento del gobierno (2,2%), ratificada a fines de febrero.

Segundo, detrás del estancamiento de la actividad, vendrían deterioros adicionales en el mercado laboral y en las finanzas públicas, con el riesgo de círculo vicioso extendido.

Tercero, previsiblemente, la inflación interanual está cerca de su piso en el ciclo actual y rebotará durante los próximos meses, en el contexto de mayores precios de los combustibles, alza del tipo de cambio y reajustes salariales por el cierre de las negociaciones tripartitas.

Por último, y lo más importante, el deterioro general de la economía seguirá impactando en la evaluación ciudadana del gobierno, el capital político del presidente Yamandù Orsi y la agenda de política económica y reformas.

A un año de iniciada su gestión, “la inflación de expectativas” chocó con la realidad y todas las encuestas muestran un balance neto negativo en la gestión presidencial. Ahora, más allá de la problemática, lo clave es el tipo de “solucionática” en la reacción del gobierno.

Por un lado, estará la tentación de reaccionar con políticas de demanda ante el estancamiento de la actividad económica. Habrá crecientes presiones para tolerar mayor déficit fiscal por aumentos de gasto y prolongar la expansividad monetaria aun cuando las expectativas inflacionarias de largo plazo hayan rebotado sobre la meta de 4,5%. Ese tipo de “solucionática” empeorará probablemente la situación.

Por otro lado, si para 2026 se anticipaba “un gobierno en disputa” por la dialéctica entre la agenda moderada del MPP y la radical de otros sectores del Frente Amplio, no parece que eso se aminore por el peor escenario económico. Al contrario.

Con todo eso, también se confirma que será el primer año de verdadera puesta a prueba del liderazgo presidencial. Ya no hay luna de miel. Ya no rigen las herencias, ni las desfavorables, ni las favorables. Es un año de decisiones difíciles e impopulares. De aterrizaje a la nueva realidad.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar