OPINIÓN

La pandemia y el teorema de Coase

Cuando el mercado no puede hacer que se alcance una solución de equilibrio.

Ronald Coase, Premio Nobel de Economía en 1991 Foto: Reuters
Ronald Coase, Premio Nobel de Economía en 1991 Foto: Reuters

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Cuando una persona, una empresa u otro sujeto económico toma una medida que provoca efectos negativos o positivos sobre otra persona, otra empresa u otro sujeto económico, generalmente observamos que el daño —costo— o el beneficio que quien toma la medida le provoca al tercero, es superado por negociaciones entre las partes.

Ese costo y ese beneficio se constituyen en externalidades negativas o positivas para quienes no fueron quienes tomaron las medidas que les provocan. Hay innumerables ejemplos, como el de una empresa que instala un cartel de propaganda en el techo de una casa ajena, lo que habitualmente es compensando con cierto monto de dinero entregado a su propietario por la externalidad negativa que le provoca. En general, en esos casos, las transacciones que se llevan adelante entre las partes involucradas son rápidas, no insumen mucho tiempo y no son costosas. Si los costos de transacción son nulos o muy bajos y los derechos de propiedad de las partes involucradas están bien definidos, se llega a una solución eficiente, porque el mercado funciona de ese modo para resolver la existencia de esas externalidades. Esta conclusión, que resume el Teorema de Coase, se debe a Ronald Coase de la Universidad de Chicago y Premio Nobel de Economía en 1991, por su defensa del funcionamiento del mercado bajo las condiciones anotadas.

No es lo mismo lo que sucede cuando una persona, una empresa u otro sujeto económico toma una medida que afecta significativamente a otras partes, personas o empresas. Existen, también, muchas situaciones de este tipo. Un ejemplo es el caso de la polución que provoca la actividad de una empresa al desechar sus residuos en un río, lo que afecta a pescadores y a personas que trabajan y viven a lo largo del curso de agua. En nuestro país hay casos de ese tipo, que reflejan cómo personas y empresas se ven afectadas por determinadas acciones de otra u otras. Es un ejemplo el de la línea férrea que, aunque oficial, se encuentra en construcción para maximizar el retorno de una inversión privada y también social y que genera externalidades negativas por el ruido y el deterioro de sus casas a un número importante de personas que viven próximas a la vía.

En definitiva, todo lo que vemos y escuchamos a diario sobre la protección del medio ambiente —lo que hace ya unos años ha llevado a crear un ministerio en nuestro país— es ejemplo de la necesidad de resolver los problemas de las externalidades negativas. La conclusión es, siguiendo el mismo razonamiento que en caso inicial, que cuando los derechos de propiedad no están bien definidos y son altos los costos de transacciones para evitar externalidades negativas provocados por ciertas acciones de unos sobre terceros, la solución de mercado no llega. En estos casos, el mercado falla para que se alcance una solución de equilibrio. Los costos de transar son altos porque es difícil poner de acuerdo a un grupo grande de afectados con quien es el que afecta y, además, porque en estos casos el derecho de propiedad no está bien definido. La falla del mercado debe, en estas situaciones, ser solucionada con la intervención central. Es el Estado el que debe dilucidar la mejor solución para la sociedad en su conjunto.

La pandemia

Desde hace ya varios meses vivimos una experiencia desconocida para varias generaciones. El coronavirus ha cambiado, en gran medida, la forma de vida de la mayoría de los uruguayos. La incertidumbre que aún se mantiene y que difícilmente desaparezca en el corto plazo, al punto de llevarnos a evitar proyecciones macroeconómicas con alto riesgo de no concretarse, ha impulsado una fuerte intervención estatal para evitar una crisis sanitaria más profunda. Se trata de una intervención que sustituye al mercado para alcanzar la mejor solución al problema. No estamos ante las premisas que exige el Teorema de Coase para que sea el mercado el que brinde la solución de equilibrio.

Existen en nuestro país grupos de numerosas personas que toman determinadas decisiones que potencialmente afectan negativamente a otros grupos, también numerosos o quizás de más personas, a empresas y a otros sujetos económicos. Se trata de decisiones de diverso tipo pero que, en todo caso, no respetan las más elementales normas de aislamiento y prevención de contagio del coronavirus a quienes sí las respetan no exponiéndose en la pandemia pero que, directa o indirectamente son afectados por una externalidad negativa. Los ejemplos que nos ha traído y nos trae la realidad, la evidencia empírica que tenemos es abundante: fiestas que convocan a muchas personas, reuniones religiosas y otros eventos por el estilo, además de la falta de respeto por formas de prevención como el distanciamiento y otras vastamente sugeridas.

El costo de transacciones para llegar a un acuerdo entre las partes es muy alto —se podría decir que es infinito—, y existe una absoluta indefinición de derechos de propiedad —si alguien increpara al organizador de una fiesta o los participantes, su respuesta no sería no hacerla o no concurrir—. Las premisas del Teorema de Coase no se cumplen y, por lo tanto, el mercado no daría la solución. Esa solución solo puede venir, en situaciones como las comentadas, por las definiciones que logre realizar la intervención estatal. Es entonces que se justifica que esa intervención de la autoridad pública, pues es la que debe fijar, como lo está haciendo y hasta el extremo que las circunstancias y sus posibilidades lo permitan, los límites, entre otras, a las actividades educativas, laborales, sociales, recreativas y deportivas.

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