Hace años que las Administradoras de Fondos de Ahorro de Pensión están en el centro del debate. Si hay que limitar los instrumentos en los que pueden invertir, si hay que centralizar o no parte de su gestión (lo que propone en este momento el Diálogo Social) o directamente si hay que eliminarlas. Claramente algo no termina de convencer en este sistema a una parte de la sociedad. Y francamente, entiendo el punto. Pero a mi juicio, la solución va exactamente por el camino opuesto al que se está discutiendo. Una mejora real en nuestras jubilaciones no se logra con AFAP más acotadas, sino con todo lo contrario: necesitamos más AFAP, no menos.
Para entender por qué, vale la pena arrancar desde cero y recordar cómo funciona el sistema jubilatorio uruguayo. Consiste en múltiples pilares. El primero es el de reparto intergeneracional: los trabajadores de hoy financian las jubilaciones de hoy. El segundo es el de ahorro individual: cada trabajador acumula sus propios aportes, que se invierten para poder percibirlos como ingreso al momento del retiro.
El sistema nació únicamente con el primer pilar, que funciona bien cuando la pirámide generacional tiene la forma que corresponde: una amplia base de población activa sustentando a unos pocos inactivos. El problema es que en Uruguay la estructura poblacional no se asemeja a una pirámide desde hace varios años y las dinámicas demográficas indican que esta estructura se deformará cada vez más, incluso asemejando a un hongo (una base estrecha de población activa y una cantidad más amplia de población envejecida). En esta situación, es inviable un sistema únicamente de reparto, simplemente no hay suficientes trabajadores para sustentar tantas jubilaciones.
Si bien este problema se acentúa con el tiempo, no es nuevo. Por eso en la reforma de los noventa se crean las AFAP: para sumar el ahorro individual como segundo pilar y amortiguar esa presión demográfica. El sistema se volvió a reformar en 2023 y el resultado es el que tenemos vigente hoy.
¿Cómo funciona concretamente? Todo el aporte patronal (7,5%) va íntegramente al BPS. El aporte personal, en cambio, depende del nivel salarial: de un total de 15%, puede ir todo a BPS o, a mayores ingresos parte de ese aporte es hacia el pilar individual. O sea, para el grueso de la población, lo que llega a la AFAP es minoritario.
El aporte es solo la mitad de la ecuación. También importa, y mucho, qué se hace con él. Las AFAP uruguayas operan con un perfil de inversión bastante conservador: apuestan mayoritariamente a renta fija con altas calificaciones crediticias. Esto es más que razonable, tratándose del ingreso de las personas en sus años de retiro. Sin embargo, los instrumentos a los que pueden acceder las AFAP están más limitados que sus pares en otros países. Las AFAP locales no pueden invertir en renta variable, ni private equity, ni infraestructura directa y tienen limitado qué porcentaje de la cartera puede ser en activos del exterior. Países como Australia, Israel, Países Bajos o Noruega permiten una mayor diversificación (geográfica y por tipo de activo), permitiendo obtener rentabilidades considerablemente más altas amortiguando el riesgo.
Estos países tienen algo más en común: son sistemas multipilar, con una arquitectura similar a la uruguaya, donde conviven un pilar de reparto y uno de ahorro individual. La diferencia clave es que en todos ellos el pilar individual es el que constituye la mayor parte del ingreso en la jubilación.
Con aportes más altos y un universo de inversión más amplio, sus AFAP generan rendimientos que permiten a los trabajadores llegar al retiro con ingresos altos. Eso, a su vez, reduce la presión sobre el pilar de reparto, que pasa a funcionar como una red de seguridad colectiva, y no como el sostén principal del sistema; aliviando así la carga sobre las cuentas públicas. Sistemas que llegaron a la misma conclusión: el ahorro individual bien gestionado, con suficiente libertad de inversión, es una pieza insustituible para garantizar jubilaciones dignas en sociedades que envejecen.
Es decir, tenemos por un lado AFAP que reciben aportes bajos y generan retornos más magros de lo que podrían (al menos comparado contra sus pares). Y por el otro, un descontento con este sistema, junto con propuestas para limitarlo aún más.
Aldo Lema escribía en este mismo espacio una semana atrás una advertencia que vale la pena repetir: “(...) probablemente los subsiguientes pasos de los promotores del plebiscito y del fin de las AFAP actuales sean que el Estado pase a gestionar también las inversiones con destinos sectoriales y fiscales, o directamente la eliminación del subsistema de capitalización individual”. Conviene preguntarse hacia dónde conduciría ese camino.
Los cambios en el sistema jubilatorio en nada alteran las tendencias demográficas. La natalidad seguirá cayendo y la pirámide seguirá achatándose. Por ende, si se opta por un sistema exclusivamente de reparto (o con AFAP con casi nula participación), sin generaciones jóvenes que lo sostengan, las jubilaciones terminarán siendo montos mínimos, muy por debajo del salario percibido durante la vida activa. No es un escenario hipotético: es lo que vive hoy Argentina, que eliminó su pilar de ahorro individual hace casi veinte años.
El otro camino es el que han recorrido con éxito los países que enfrentaron transiciones demográficas similares a la nuestra: darle más espacio a las AFAP, no menos. Propongo darle una chance genuina al pilar de ahorro individual. Al mundo entero le resultó. No veo por qué la excepcionalidad uruguaya jugaría su carta en este tema.
-Deborah Eilender, investigadora del Centro de Estudios para el Desarrollo.