OPINIÓN

Manejo monetario e inflación

En un mundo de muy baja inflación en las últimas dos décadas, la política monetaria pasada del Banco Central no logró alcanzar definitivamente su meta inflacionaria. 

Foto: Pixabay
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Y no logró alcanzar esa meta pese a que lo intentó, usando como complemento una política cambiaria inadecuada para ello que, además, ha sido sumamente costosa y que impuso en la economía un fuerte atraso cambiario que afectó considerablemente al comercio exterior y a sectores como el industrial y el de actividades vinculadas al agro.

El primero de ellos está estancado desde hace ya once años y reduciendo desde hace igual lapso tanto el empleo como las horas trabajadas. El segundo ha crecido en algunos años, solo por el estímulo de irrepetibles precios internacionales de algunos de sus productos y por la inversión extranjera que atrajo por la situación argentina y por estímulos fiscales particulares. Ni inflación, ni tipo de cambio reflejaron una normalidad que habría ayudado a un crecimiento económico con desarrollo social duradero.

En la actualidad

En los doce meses hasta mayo la inflación anual (11,05%), ha sido la mayor de los últimos cuatro años y provocada, en buena medida, por ajustes en tarifas públicas que se pospusieron por razones electorales y por una apreciación significativa del tipo de cambio nominal en el primer trimestre del año, reflejo de problemas internos y regionales.

Ahora, por el comportamiento del tipo de cambio tras la suba hasta marzo; por el acuerdo promovido por el gobierno con líderes de precios para mantener temporalmente el precio de numerosos productos; por la probable postergación de ajustes salariales por indexación y por la propia situación recesiva de la economía que hoy se vive por la pandemia, no se debería esperar que la inflación continúe en alza.

Tampoco debería ser así, considerando lo señalado por el conductor de la política monetaria, sobre su disposición a hacer todo lo que sea necesario para frenar el aumento generalizado de precios con acciones tradicionales y de otra naturaleza que no explicó.

Los instrumentos tradicionales que tiene el Banco Central para frenar a la inflación son aquellos con los que mueve la cantidad de dinero en la economía, tanto la del dinero primario que es el que crea el Banco Central al emitir billetes con las operaciones de mercado abierto, como la cantidad del dinero secundario —vía las tasas de encaje—, que es el que crea el sistema bancario a través de su intermediación entre depositantes y tomadores de crédito. En la medida en que la inflación es un fenómeno monetario, la alimenta un stock de dinero mayor al deseado por el público para sus transacciones y su inversión.

De acuerdo con el propósito del nuevo Banco Central de ir a fondo con el control inflacionario, ¿deberíamos esperar un apriete monetario que desemboque en subas de las tasas de interés? El riesgo es que ello iría en contra del ya hoy debilitado consumo y de la baja inversión, afectaría al nivel de actividad y al empleo en momentos en que justamente, por otro lado, se muestra como un lógico objetivo el aumento de la inversión y del empleo.

Pienso que, naturalmente la inflación, por los motivos que indique con anterioridad, se irá aplacando; por tanto, creo que una política monetaria contractiva puede resultar solo atractiva para el ingreso de capitales por carry trade, lo que afectaría nuevamente a la competitividad que, aunque ha mejorado, sigue siendo baja. Y ese ingreso de moneda extranjera por diferencial de tasas de interés puede llevar a la intervención de la nueva autoridad monetaria en el mercado de cambios —como ya ha ocurrido—, para evitar la apreciación de la moneda local.

Si eso pasara, estaríamos en la misma situación que se viviera durante muchos años con aquella “preocupación” bancocentralista de intervenir para “evitar fluctuaciones bruscas del tipo de cambio nominal”. La que llevara a otras acciones inmediatas: colocar letras de regulación monetaria para esterilizar la emisión que promoviera el ingreso de capitales. Un juego que, tras la colocación de esas letras, llevaba a un nuevo ingreso de capitales por carry trade seguido de una nueva colocación de letras para la esterilización de la moneda usada en la compra de moneda extranjera con la intervención. Y así, sucesivamente.

Una decisión

El Banco Central debería tomar una decisión sobre el sistema cambiario que va a acompañar a su política monetaria y tener bien definido el objetivo por el cual opta por ese sistema cambiario que, si bien hoy puede ser el antiinflacionario, en otras ocasiones también puede ser el de estimular a la actividad. Según sea el caso, si se eligiese el sistema de flotación —como se señaló desde la institución a algún medio de prensa—, el manejo monetario expresará su objetivo con el nivel de la tasa de interés que sostenga. Y si el flujo de capitales especulativos que ingresa o sale del país, afecta su objetivo circunstancial, deberá ser con el nivel de la tasa de interés de referencia que evite los problemas que esos flujos generan sobre el tipo de cambio y sobre las reservas.

La flotación pura es la que le permite a la autoridad monetaria tener el control absoluto de la política monetaria. Un control que pierde y deja de lado del público cuando decide intervenir en el mercado de cambios. Mezclar el empleo de sistemas cambiarios diversos como el de flotación y el de intervención provoca los problemas que impiden el logro de los objetivos tanto en materia inflacionaria como de nivel de actividad.

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