La actualización de julio del World Economic Outlook del FMI deja una señal relevante para leer la coyuntura global: el crecimiento mundial ya no depende únicamente de los shocks tradicionales como energía, inflación, o conflictos geopolíticos, sino también del impulso asociado a la inteligencia artificial y al ciclo tecnológico. El organismo proyecta una expansión global de 3,0% en 2026 y 3,4% en 2027, con una economía mundial que se mantiene relativamente firme, aunque cada vez más desigual entre países.
La novedad no está solo en la cifra, sino en la explicación: el FMI advierte que la demanda asociada a la IA y a su adopción está compensando parcialmente los efectos negativos de la guerra, con impactos heterogéneos según la exposición de cada economía al conflicto y su posición dentro de la cadena de valor tecnológica.
En enero, el FMI ya señalaba que la inversión tecnológica y la inteligencia artificial contribuían a sostener la actividad global frente a tensiones comerciales y financieras. En abril, el foco había girado hacia el deterioro generado por la guerra en Medio Oriente y el riesgo de una corrección de expectativas vinculadas a la IA. En julio, ambos elementos aparecen combinados, mientras se establece a la guerra como freno para el crecimiento; la tecnología funciona como motor, aunque no para todos por igual, y actúa como un nuevo factor de diferenciación macroeconómica.
El foco no está en si la IA será importante, sino en quién capturará el valor económico de esta transformación. En la economía digital, no todos los eslabones pesan lo mismo: diseñar semiconductores, entrenar modelos, controlar plataformas, o generar propiedad intelectual no es equivalente a ser usuario final de esas tecnologías. En este sentido, la inserción internacional importa tanto como la adopción. La diferencia es que ahora la frontera productiva se organiza alrededor de activos menos tangibles: datos, algoritmos, infraestructura computacional y redes.
Y los inversores lo saben. Según datos de Our World in Data basados en el informe de Quid “AI Index Report”, la inversión privada en IA ha presentado un desarrollo exponencial, habiéndose más que duplicado en el último año, dando cuenta de la visión positiva que mantienen los inversores sobre el desarrollo de este sector.
Ahora bien, centrándonos en la región, el diagnóstico es mixto. América Latina cuenta con demanda digital, talento emprendedor, algunos polos tecnológicos y oportunidades en servicios basados en conocimiento. Pero enfrenta baja inversión en intangibles, brechas de capital humano, menor profundidad financiera y una inserción aún limitada en los eslabones centrales de la IA. La Cepal advierte que América Latina representa apenas 1,56% del gasto global en inteligencia artificial y que la adopción enfrenta barreras estructurales, especialmente talento e inversión[1].
A fin de medir el desarrollo de la IA en América Latina, Cepal creó el Índice Latinoamericano de IA (ILIA). Éste ofrece una estimación del avance en el desarrollo de la IA en 19 países de América Latina. Se compone de tres dimensiones, (i) Factores Habilitantes, (ii) Investigación, Desarrollo y Adopción, y (iii) Gobernanza.
Como fue mencionado previamente, la región presenta un panorama heterogéneo respecto al desarrollo de la IA, con solo tres países identificados como “pioneros” en IA que son Chile, Brasil y Uruguay[2].
Dentro de los principales hallazgos obtenidos en 2025, la Cepal marca el importante desarrollo que han tenido los adoptantes tardíos como Ecuador o Costa Rica reduciendo su distancia con los países líderes. Por otra parte, la falta de alfabetización y especialización en la formación avanzada continúa siendo el principal cuello de botella para el desarrollo de soluciones propias de IA en la región.
Ahora bien, ¿Dónde se ubica Uruguay en este nuevo contexto? Nuestro país ofrece un caso interesante porque combina fortalezas poco frecuentes para su escala. Tiene un sector de software y servicios globales con trayectoria exportadora, estabilidad institucional, buena conectividad, una matriz eléctrica de baja emisión y un ecosistema tecnológico reconocido regionalmente. De acuerdo con el informe del ILIA, Uruguay cuenta con el mayor nivel de GPU per cápita de la región y cuenta con una gobernanza clara en materia de IA.
En esta línea, Uruguay XXI destaca el crecimiento de los servicios globales de exportación, con participación creciente de servicios TIC e informáticos dentro de las ventas externas de servicios[3].
A eso se suma una ventaja relevante para la nueva infraestructura digital que es la energía. En 2024, Uruguay alcanzó una matriz de generación eléctrica 99% renovable, con participación destacada de la producción hidroeléctrica, eólica y biomasa. Para industrias intensivas en electricidad, como los centros de datos, esta característica es un activo económico y reputacional. También cuenta con infraestructura de conectividad internacional, incluida la participación de Antel junto a Google en el cable submarino Tannat y el anuncio de la llegada del cable Firmina, que conecta la costa este de Estados Unidos con Uruguay y otros puntos de la región.
En ese contexto debe leerse la inversión de Google en Canelones. La empresa anunció más de US$ 850 millones para construir su segundo centro de datos en América Latina, con el objetivo de mejorar conectividad, responder a la demanda de servicios digitales e IA y fortalecer su infraestructura regional.
Pero ahí aparece la distinción central. Un centro de datos funciona como una condición habilitante para la economía digital lo cual es positivo, pero no necesariamente implica capturar los eslabones de mayor valor agregado. Puede mejorar conectividad, atraer proveedores y generar empleo en construcción y operación. Sin embargo, el valor estratégico más elevado suele ubicarse en el diseño de modelos, la propiedad intelectual, el desarrollo de software avanzado y la capacidad de escalar soluciones globales. Para Uruguay, la oportunidad no debería medirse solo por la presencia física de infraestructura, sino por su vínculo con capacidades locales.
En conclusión, no es que la IA vaya a reemplazar la vieja división entre economías avanzadas y emergentes, sino que puede superponer una nueva capa de divergencia. Los países no se dividirán simplemente entre quienes usan IA y quienes no la usan. La brecha más relevante puede estar entre quienes capturan rentas, conocimiento y productividad en la cadena tecnológica, y quienes consumen herramientas diseñadas, financiadas y gobernadas desde otros centros. Para una economía pequeña y abierta como Uruguay, el desafío analítico consiste en distinguir entre inserción digital, adopción tecnológica y captura efectiva de valor.
-Juan Carlos Oehler y Sofía Pereira. Consultoría Económica de Grant Thornton Uruguay y Paraguay.
[1] Jung, J. y Katz, R. (2025). Impacto económico de la inteligencia artificial en América Latina: transformación tecnológica y rezago en materia de inversión y capacidades laborales. Documentos de Proyectos (LC/TS.2025/37/Rev.2). Comisión Económica para América Latina y el Caribe.
[2] Para ser considerados pioneros deben contar con un índice mayor a 60 puntos.
[3] Informe Exportaciones de Servicios 2025. Uruguay XXI.