La Fed de Warsh: ¿halcón o paloma?

Descifrar de qué forma actuará al frente de la Fed, tanto en el corto plazo como a la larga, es clave para las tendencias de la economía mundial, los mercados globales y los desarrollos en América Latina.

Kevin Wars
Kevin Wars
Reuters

Una de las instituciones y cargos internacionales más influyentes para nuestros países es la Reserva Federal de Estados Unidos y su presidencia. Kevin Warsh ha quedado casi listo para liderarla tras ser propuesto por Donald Trump y aprobado por el Comité Bancario del Senado. ¿Qué esperar de su mandato? ¿Será una "paloma monetaria" pro Trump? ¿O mantendrá su reputación de "halcón"?

Por "paloma monetaria" se entiende a quien, frente al clásico dilema de corto plazo entre inflación y actividad, tiende a ser más expansivo y a ponderar menos los desvíos inflacionarios. En la práctica, eso implica tasas de interés más bajas por más tiempo y cierta flexibilidad con el cumplimiento de la meta de inflación. Pero tampoco se trata de una definición rígida: el mismo banquero (banco) central puede ser "paloma" (dovish) en recesión y mutar a "halconismo" (hawkish) cuando la inflación amenaza desanclarse.

En contraste, un "halcón monetario" tiende a ponderar más la estabilidad de precios a cambio de un mayor sacrificio de actividad en el corto plazo.

Los halcones prefieren reglas claras a la excesiva discrecionalidad y son intransigentes con el anclaje de las expectativas inflacionarias y la defensa de la credibilidad del banco central.

Kevin Warsh es percibido como "halcón monetario", pese a que en el último tiempo reclamó recortes de la tasa de la Fed en coincidencia con Trump. Su reputación "restrictiva" viene de sus visiones sobre la instancia monetaria a la salida de la crisis financiera de 2008, cuando estuvo en la Fed como gobernador. Antes había trabajado en Morgan Stanley y en el National Economic Council, después de graduarse en Políticas Públicas en Stanford y en Derecho en Harvard.

En la salida de la crisis, Warsh defendió retirar los estímulos más rápidamente porque consideraba que la política ultraexpansiva distorsionaba precios de activos y ponía en riesgo el anclaje de las expectativas inflacionarias. Posteriormente llegó a plantear que el relajamiento cuantitativo, más allá de cierto umbral, alimentaba vulnerabilidades sistémicas difíciles de revertir sin costos. Por todo eso, quedó encasillado en esa categoría.

Últimamente, desde que se perfiló como candidato a presidir la Fed, apareció más alineado a las posiciones expansivas de Trump, generando dudas sobre si su "halconismo" era convicción profunda o posicionamiento coyuntural. Descifrar de qué forma actuará al frente de la Fed, tanto en el corto plazo como a la larga, es clave para las tendencias de la economía mundial, los mercados globales y los desarrollos en América Latina.

En su “audiencia de confirmación” ante el Comité Bancario del Senado hace unas semanas, Warsh fue categórico en varias dimensiones relativas a esos aspectos.

Primero, defendió tajantemente la independencia de la Reserva Federal al decir: " no seré, en absoluto, un sock puppet' (marioneta-calcetín) de Trump".

Segundo, se mostró partidario de volver a la meta puntual y sistemática de 2%, dejando atrás el enfoque de inflación promedio flexible.

Tercero, planteó definir un marco que penalice cualquier desvío respecto a esa meta.

Cuarto, planteó la necesidad de un nuevo enfoque monetario y comunicacional para lidiar con inflación persistente, pero sin dar detalles.

Quinto, se mostró contrario a las orientaciones sobre movimientos de tasa estilo "forward guidance".

Por último, insistió en reducir el tamaño del balance de la Fed, pero deshaciéndose de activos acumulados (bonos) de forma gradual y bien anunciada.

Probablemente, el mensaje no debe haberle gustado mucho a Trump. En términos generales fue más restrictivo ("halcón") que expansivo ("paloma"). Pero ni para él, ni para nadie, eso debería ser una sorpresa. Quienes han llegado a la presidencia desde fines de los ’70 han estado muy comprometidos con la inflación baja y estable, con comunicaciones y acciones iniciales más bien restrictivas. Salvo Yellen, los demás presidentes debutaron más como halcones que como palomas durante el último medio siglo, con la necesidad e idea de ganar reputación antiinflacionaria. Ejemplos así fueron Volcker en 1979, Greenspan en 1987, Bernanke en 2006 e incluso Powell en 2018, a quien Trump consideraba “paloma”, pero que continuó con el ciclo de alzas que Yellen venía conduciendo.

Porque, en definitiva, sobre la impronta personal de cada presidente, lo que ha predominado durante esas décadas ha sido la institucionalidad de la Reserva Federal, sus influyentes defensores desde la sociedad civil, la relevancia del staff técnico y la incidencia del resto de los gobernadores.

Por supuesto que, como en todo banco central, importa el liderazgo. Y si no, veamos la relevancia de Volcker, Bernanke y Greenspan en la propia Fed. O el decisivo papel de Mario Draghi en el Banco Central Europeo, Julio Velarde en Perú o Arminio Fraga en Brasil.

Pero, al final, más allá de la fama de Warsh, más allá de su liderazgo, todo indica que él y el resto de la Reserva Federal terminarán actuando según las condiciones vigentes y esperadas, siguiendo la clásica regla monetaria (“a la Taylor”), en función de las expectativas sobre desvíos de inflación y actividad.

Así, las circunstancias actuales tienden a reafirmar la pausa monetaria de la Fed y descartan bajas de las tasas cortas para los próximos meses.

Probablemente el tono de las próximas reuniones, ya con Warsh a la cabeza, será menos expansivo (más restrictivo), como ya reclamaron varios gobernadores en abril. Por doble razón. Porque las condiciones lo justifican, y porque a Warsh le sirve para afirmar su reputación antiinflacionaria.

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