Invertir en los primeros años: la mejor apuesta

El Estado refuerza transferencias en connivencia con lo que sugiere la evidencia empírica

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La Rendición de Cuentas, que ya obtuvo media sanción en la Cámara de Diputados y se discute ahora en el Senado, incorpora entre sus prioridades un cambio que va más allá de lo presupuestal. Se propone crear la Asignación Única para la Infancia y la Adolescencia, una prestación que unifica cuatro instrumentos hoy dispersos (las Asignaciones Familiares del Plan de Equidad, las contributivas, la Tarjeta Uruguay Social y el Bono Crianza) y, sobre todo, eleva los montos que reciben los hogares con niños.

El Ministerio de Economía lo definió como el mayor rediseño del sistema de transferencias en dos décadas, y los números acompañan la afirmación: como puede verse en el gráfico 1, para los niños de 0 a 3 años de los cinco primeros deciles de ingreso, la transferencia promedio crecerá alrededor de 84%. Los nuevos montos toman como referencia el costo de una Canasta Básica Alimentaria. El hogar más vulnerable con un niño en esa franja pasará a percibir hasta 10.000 pesos mensuales.

El rediseño, sin embargo, no es solo en términos de los montos de las transferencias. El esquema vigente sufre de fragmentación debido a la existencia de programas paralelos, con reglas, organismos y medios de pago distintos; y de errores de cobertura: hogares que reúnen las condiciones y no acceden conviven con otros que las perciben sin cumplirlas. La nueva prestación unifica criterios, ata los montos a la evolución de los precios y simplifica el acceso.

La implementación será gradual: comenzará en 2027 con las generaciones nacidas a partir de 2025, priorizando los primeros mil días de vida. Se estima que más de 50.000 niños ingresarán al nuevo esquema durante el primer año, con un costo incremental cercano a $ 1.257 millones, y que la pobreza entre los menores de 3 años podría reducirse en un 25% una vez incorporada la totalidad de la población objetivo. Es una apuesta ambiciosa y, en un contexto de restricción fiscal, exigente. ¿Vale la pena el esfuerzo? Para responder, conviene mirar la evidencia.

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Fuente: MEF, Rendición de Cuentas y Balance de Ejecución Presupuestal 2025 – Exposición de Motivos

Pocos economistas estudiaron el asunto con la profundidad de James Heckman, premio Nobel de Economía en 2000 y referente mundial en la economía del desarrollo humano. Su trabajo, sintetizado en la célebre "curva de Heckman", parte de una premisa sencilla: las capacidades se construyen de forma acumulativa y las habilidades engendran nuevas habilidades. Invertir temprano es más justo y, además, más barato a la larga. En "Schools, Skills, and Synapses" (Economic Inquiry, 2008), Heckman sostiene que el retorno de la inversión en capital humano decrece con la edad: como ilustra la curva que lleva su nombre (gráfico 2), cada peso aplicado en la primera infancia rinde más que el mismo peso destinado a la escuela, a la formación profesional o a los programas de empleo para adultos.

El seguimiento durante décadas del programa preescolar Perry, en Estados Unidos, arrojó tasas de retorno social de entre 7% y 10% anual, por encima del rendimiento histórico de la bolsa. Años más tarde, el propio Heckman y sus coautores estudiaron intervenciones que empiezan desde el nacimiento (los programas Abecedarian y CARE) y elevaron esa cifra hasta 13% anual por niño, precisamente porque combinan educación temprana con salud, nutrición y cuidado. La evidencia trasciende a Estados Unidos: un experimento en Jamaica, seguido a lo largo de tres décadas, mostró que los niños expuestos a estimulación temprana llegaron a ganar de adultos alrededor de 25% más que el grupo de control. Ningún otro tramo de la vida ofrece un retorno social semejante al del gasto en primera infancia (1).

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Nota: curva ilustrativa basada en el concepto de Heckman. Los valores son indicativos y no reflejan el resultado de ningún estudio específico.

Queda una pregunta incómoda: ¿alcanza con transferir dinero? La evidencia dice que ayuda, pero que la transferencia sola rinde menos de lo que podría.

El hallazgo más relevante proviene de una revisión sistemática de la Universidad de Oxford, que sintetizó diecisiete estudios en diez países de ingresos bajos y medios. Al comparar programas de "solo transferencias" con esquemas "cash-plus" (que suman componentes como estimulación psicosocial, atención primaria de salud o apoyo nutricional), el resultado sorprende: sumar servicios no garantizó, por sí mismo, mejores resultados que la transferencia sola. De las cinco combinaciones analizadas, la mayoría no superó al dinero por sí solo; el valor agregado apareció, sobre todo, cuando el dinero se combinó con transferencias de alimentos y atención primaria de salud, en especial durante los primeros mil días de vida (Little y otros, PLoS Medicine, 2021). La lección no es que complementar sea inútil, sino que importa con qué se complementa.

La academia uruguaya también aporta evidencia directa. Una evaluación experimental del programa Uruguay Crece Contigo (que combina acompañamiento familiar en el hogar con el acceso a prestaciones sociales) encontró mejoras significativas en el estado nutricional de los niños menores de dos años y en algunas dimensiones de su desarrollo, además de un fuerte aumento en el acceso a la Tarjeta Uruguay Social (Marroig, Perazzo, Salas y Vigorito, 2017). El resultado es claro: cuando el dinero viaja acompañado de servicios y seguimiento, los efectos aparecen donde las transferencias por sí solas no llegan.

Uruguay arrastra un problema conocido: invierte poco y, sobre todo, invierte tarde. Como se aprecia en la Ilustración 3, el gasto público social destinado a la infancia representa apenas el 23% del total, frente al 44% que reciben los mayores de 60 años (UNICEF, 2025). Traducido a pesos, el Estado gasta en promedio 17.200 pesos mensuales por cada niño o adolescente y 37.100 por cada adulto mayor de 60. El sesgo se refleja en la incidencia de la pobreza: casi diez veces mayor entre los niños que entre los adultos mayores.

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Fuente: UNICEF Uruguay y MIDES (2025), 'El gasto público social en Uruguay: distribución por edades con atención especial a la infancia'

A ello se suma que buena parte del esfuerzo recae sobre las propias familias. Un estudio de la ANII y la Universidad Católica estimó que el 69% de la inversión en primera infancia proviene de los hogares y solo el 31% del Estado, lo que explica que un niño del quintil más rico reciba, en promedio, cuatro veces más que uno del quintil más pobre (Terra y Rossel, 2023). Al aumentar y focalizar las transferencias, la reforma busca corregir parte de esa brecha.
La creación de la Asignación Única es, sin dudas, un avance. Ordena un sistema fragmentado, mejora la suficiencia de las prestaciones y coloca los primeros mil días en el centro de la política social. Si el objetivo es evitar que la pobreza pase de padres a hijos, las transferencias deberán articularse con servicios de calidad como: cuidados, salud, estimulación temprana y educación, y así multiplicar su impacto. Invertir en la primera infancia no es un gasto social cualquiera. La evidencia acumulada en las últimas décadas sugiere que es, seguramente, el gasto social con mejor retorno. Ello supeditado a que su implementación sea eficiente, eliminando los solapamientos y fallos de cobertura actualmente existentes.

-El autor, Ec. Mateo Alonso, es analista del área de asesoramiento económico y financiero de KPMG en Uruguay.

(1) Estimaciones basadas en Heckman et al., Journal of Public Economics (2010) sobre el programa Perry; García, Heckman, Leaf y Prados, Journal of Political Economy (2020) sobre Abecedarian y CARE; y Gertler, Heckman et al., Science (2014) sobre el experimento en Jamaica.

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