En los doce meses a marzo, la inflación en nuestro país alcanzó a 2,9%, mientras que en Argentina se ubicó en 32,6%. Sólo en marzo, nuestros vecinos tuvieron una inflación superior a la nuestra en un año entero (3,4%). Además, hace diez meses que la inflación mensual sube, desde el 1,5% de mayo del año pasado, al referido 3,4% en marzo.
En nuestro país la meta de inflación es de 4,5% y hay un desvío hacia abajo que preocupa al equipo económico, que ha llevado al BCU a flexibilizar urgentemente la política monetaria desde fin de enero, tras haberse “dormido” demasiado tiempo con una política demasiado contractiva.
Además, contra lo escrito en piedra, se anunció la posibilidad de intervenir en el mercado de cambios para apuntalar el precio del dólar, de ser necesario.
En Argentina, el gobierno proyectó en el presupuesto de este año una inflación de 10,1% que ya fue casi toda realizada en el primer trimestre (9,4%). La arruga en la alfombra de la inflación mensual que empiece con cero se sigue deslizando.
Allí, el presidente economista proclama a los cuatro vientos que “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”, citando a Friedman. Dice que desde el día uno se terminó con el déficit fiscal y por lo tanto no hay razón para emitir dinero y entonces la inflación se terminará en el horizonte de 24 meses a que refiere la teoría.
Algo no estaría marchando de acuerdo al plan. Veamos.
Primero, el error político de casarse con un solo objetivo, basado en premisas conceptuales equivocadas. Además de ser un fenómeno monetario, en la inflación inciden otros aspectos, como la indexación (más en una economía que venía volando en tres dígitos) y el ajuste pendiente de precios relativos: tanto el dólar como los precios de varios servicios públicos estaban muy atrasados en el día uno y comenzaron a ser ajustados desde ese mismo día, con considerable impacto en el IPC, que es el termómetro que usamos para medir la fiebre llamada inflación.
Segundo, no se terminó con el déficit fiscal ni mucho menos. En realidad, no se cuentan los intereses de lo que serían nuestras Letras de Regulación Monetaria y que, en Argentina con este gobierno, pasaron del BCRA al Tesoro. Se trata de más de 4% del PIB. También es cierto que si se suma el “impuesto inflacionario” (a tasas exorbitantes hasta ahora) el balance patrimonial del sector público mejora, como claramente lo muestra Ricardo Arriazu en sus estimaciones. Pero esa inflación está y, por lo visto, se la necesita. En los últimos meses el (falso) “déficit cero” se ha mantenido postergando egresos, acumulando deuda flotante.
Tercero, Milei y su equipo económico olvidaron que es mucho más sencillo bajar la inflación de tres a dos dígitos que hacerlo de dos a uno. En Uruguay, el plan de estabilización iniciado en 1991 tardó unos pocos meses en bajar la inflación a menos de 100% anual, pero demoró casi ocho años en llevarla a menos de 10%. Atarse a un compromiso referido a terminar pronto con la inflación y generar las expectativas del caso, resulta muy osado.
Lo peor del caso es que en los últimos meses la inflación se viene acelerando a pesar de que el dólar está sujetado. Partiendo de septiembre, en abril se habrá acumulado una inflación de 21% con el dólar bajando 2%. Pero desde el equipo económico parecen tener respuesta para todo y afirman que si el BCRA no estuviera comprando reservas, el dólar estaría todavía más abajo. Lo que no dicen es dónde estarían las reservas, que siguen en terreno negativo.
Por último, las expectativas del mercado apuntan a una inflación de 29% para este año y de 19% para el próximo, por lo que Milei iría por su reelección, el año que viene, sin cumplir con el objetivo central de su mandato.
Ah… y, dicho sea de paso, la economía argentina no crece desde diciembre de 2024.
Mientras tanto, en nuestro país, ya vimos que la inflación está por debajo de lo previsto y que eso le preocupa al equipo económico. En columnas anteriores expliqué por qué ese incumplimiento “por debajo” de la meta es negativo y vimos que hay dos tipos de razones. Una, fiscal, porque la recaudación nominal crece menos, mientras que el grueso de los gastos subió al inicio del año según la inflación pasada, más alta que la actual. Dos, en el mercado laboral, porque al subir más el salario real, se compromete el aumento del empleo, máxime con el PIB creciendo por debajo de lo previsto.
Sin embargo, ese desvío no impidió que las expectativas continuaran bien ancladas en la meta del 4,5%. Es claro que se piensa que es algo transitorio y, en los hechos, entre el aumento reciente del tipo de cambio y los aumentos en los precios de los combustibles, se volverá más temprano que tarde a dicha meta.
Digo aumentos en los precios de los combustibles en plural porque nadie puede pensar que con un petróleo (Brent) que estaba en US$ 72,50 en vísperas del inicio de la guerra en Oriente Medio y que al enviar esta columna al diario el lunes 27 estaba por encima de los US$ 100, el lío se va a arreglar con un par de aumentos de 7%.
De todos modos, es posible que la inflación subyacente, que excluye a rubros con precios volátiles como la energía, tarde más en converger al 4,5%.
No quiero terminar esta columna sin insistir en la razón por la cual la inflación se desplomó desde que cerró 2024 en 5,5%. Sobre todo, porque se han ensayado diferentes explicaciones, desde que se debió a que el dólar se cayó en el mundo y acá también, hasta la novedosa teoría de que la inflación vendría a ser algo como un fenómeno comunicacional.
Fue efectivamente el dólar, pero no porque se cayera en el mundo, sino porque acá cayó más todavía, como lo muestra el hecho de que nuestro tipo de cambio real se desplomó tanto en el frente extra regional (10,5% en 13 meses a enero) como con Argentina (15% con el dólar libre, antes blue, en igual lapso). Mientras tanto, con Brasil, que ha llevado adelante una política monetaria todavía más contractiva que la nuestra, el tipo de cambio real no cambió en el período referido.
En definitiva, todo apunta a que en unos meses tendremos a la inflación en la cercanía de la meta, mientras que en Argentina tendrán que caer en la realidad de que ir a un dígito no era un trámite.