Europa enfrenta una crisis existencial con tres problemas fundamentales: el demográfico, la defensa y la carrera tecnológica, asegura Ramón Jáuregui, presidente de la Fundación Euroamérica, una institución europea, con sede en España, cuyo objetivo es fomentar las relaciones y cooperación entre ambos continentes desde el sector privado. Jáuregui, dirigente político de extensa trayectoria en el PSOE y ex eurodiputado, afirma que el acuerdo con el Mercosur fue “providencial” para el actual momento de la Unión Europa, devenido “en una potencia media”. Admite que Europa tiene “los ojos puestos” en minerales y energía de la región, pero sostiene que su modelo “no es extractivista” como el de norteamericanos y chinos. Sin embargo, reconoce que las chances de las empresas europeas son pocas ante las ofertas de sus competidores por la materia prima de la región. Jáuregui estuvo en Montevideo para participar en el reciente Foro Unión Europea-Mercosur. A continuación, un resumen de la entrevista.
—Usted ha expresado en reiteradas ocasiones que Europa y América Latina se necesitan; ¿Cuánto necesita Europa de América Latina?
—Hay una indiscutible base cultural e histórica; tenemos 6 millones y medio de latinoamericanos viviendo en Europa y tenemos 6 millones de europeos viviendo aquí. Tenemos un marco de acuerdos comerciales con toda América Latina que cubren el 92% del PIB de la región. Y un stock de capital invertido aquí en torno a 800.000 millones de dólares en los últimos 25 años. A eso sumemos que tenemos una serie, digamos, de necesidades estratégicas básicas; porque Europa necesita superar sus enormes dependencias en muchos planos, energéticas, recursos minerales, etcétera. Pero además, yo diría que tenemos un marco de aspiraciones geopolíticas muy común y para Europa, no hay otro socio en el mundo más afín que América Latina. Y viceversa.
—Ese sentimiento usted entiende que es generalizado entre los 27 de la UE?
—No del todo. Tengo que confesar que me he partido el alma en muchas cancillerías europeas explicando esta realidad. Pero bueno, el Este de Europa solo mira a su frontera conflictiva con Rusia, los bálticos tampoco miran mucho hacia aquí. Alemania tiene una mayor sensibilidad sobre la importancia de América Latina desde el punto de vista estratégico para el futuro, pero la realidad europea es tan dramática en estos momentos que cuesta que muchos países entiendan la importancia estratégica de América Latina para Europa.
Insisto en que Europa no va a encontrar un espacio más próximo, más común para desarrollar su propio proyecto en el mundo. Pero para eso, hay que ser una potencia.
—¿Qué significa ese concepto?
—Que desgraciadamente somos demasiado potencia media y América Latina está demasiado fracturada en términos políticos y en términos de desintegración económica como para configurar juntos dos potencias medias articuladas.
—¿La relevancia actual de Europa es de una potencia “media”?
—Sin dudas. Estamos viviendo una crisis existencial porque tenemos tres planos de desafíos muy preocupantes. El demográfico, somos pocos y viejos. El defensivo, estamos solos y no tenemos sistema defensivo propio. Y además, hemos perdido pie en la carrera tecnológica en los últimos 20 años.
—La hoja de ruta que marcó el "informe Draghi" años atrás…
—Absolutamente. Draghi marca una hoja de ruta, pero esa hoja de ruta hay que implementarla. Y desgraciadamente, no hay un esfuerzo integrador, un sentimiento de seguir avanzando en el ámbito de la integración, porque las opiniones públicas lo malinterpretan como una pérdida de soberanía y se equivocan.
Pongamos un ejemplo claro: cuando la los 27 países de la Unión Europea cedieron a Bruselas la competencia en materia de comercio, no perdieron soberanía, la ganaron. Porque la Unión Europea en nombre de 450 millones tiene una potencia negociadora como nadie en el mundo. Pero si tú vas solo, no eres nada.
Hay un dicho en Europa muy frecuente que es que hay dos tipos de países en la Unión Europea, los que saben que son pequeños y los que no lo saben. Esa es la verdad.
—En este contexto, llega la firma del acuerdo con Mercosur. ¿Era el momento, sobre todo, para Europa?
—Ha sido providencial para Europa; y la Comisión Europea ha estado muy valiente venciendo todas las resistencias corporativas, proteccionistas y nacionalistas que ha habido contra este acuerdo, que por razones verdaderamente incomprensibles se ha convertido en una especie de mitología por el tema fundamentalmente agrícola. Al punto que, desgraciadamente, la opinión pública identifica el acuerdo con Mercosur con un tractor. El tractor de la protesta.
El sector agrícola dice ser perjudicado, sin comprender, por ejemplo, que los sectores franceses derivados de la producción láctea van a tener una capacidad exportadora extraordinaria a Mercosur, porque tienen una potencia agroalimentaria muy grande; y lo mismo las bebidas espirituosas y los vinos, entre muchos otros productos. Y sin reconocer que en Mercosur no hay subvenciones al sector agrícola y en Europa esos sectores reciben aproximadamente 45.000 millones de euros todos los años de subvención. De eso nadie habla.
—Aún falta la aprobación del Parlamento Europeo para afianzar el acuerdo; ¿qué espera?
—Reitero que la comisión ha estado muy valiente, tomando la decisión de aplicarlo provisionalmente al margen de una maniobra filibustera, en términos parlamentarios, como fue la petición en el Parlamento por un estrecho margen de votos, de pedir un informe a la Corte para saber si el acuerdo estaba ajustado o ni a los tratados de la UE.
Yo tengo la esperanza firme de que cuando llegue el informe de la Corte, de aquí a finales del año que viene, el Parlamento Europeo aprobará el acuerdo.
—La Unión Europea ha establecido un marco de garantías y de compensaciones a los sectores perjudicados, muy extenso. ¿Eso no colma las aspiraciones de los más críticos?
—La previsión presupuestaria de compensación a los sectores afectados, por ejemplo, por la importación de la carne, es muy amplia, y por tanto creo que sinceramente se va a ir naturalizando la liberación progresiva del comercio.
Pero lo que a mí me parece más importante son las futuras inversiones…
—¿Ese es un aspecto crucial del tratado?
—Es muy importante. Europa tiene un plan, que es el Global Gateway, con una gran agenda de proyectos en gran parte construida en acuerdo con las autoridades locales y regionales o nacionales de los países donde se proyecta invertir. Pero Europa tiene que articular un soporte financiero mayor, en mi opinión, a esa agenda para convertirse en el inversor potente que queremos seguir siendo.
Además de eso, la empresa privada tiene que desarrollar proyectos de inversión cada vez más más importantes en los países con capacidad más fuerte de generar cadenas de valor. Indudablemente México y Brasil son el primer nivel, hay que reconocerlo así, pero en base a las estructuras productivas de los diferentes países habrá nuevas oportunidades de inversión.
—Los alimentos, los minerales y la energía, igualmente atractivos para Europa, Estados Unidos y China, son los grandes objetivos…
—Son absolutamente estratégicos esos tres sectores. Europa tiene una enorme dependencia en energía, sin energía propia, salvo las renovables o la nuclear, en el caso de Francia. Y hay una necesidad imperiosa de asegurar fuentes energéticas seguras, de acercarse a los minerales críticos, con el objetivo de liderar lo que llamaríamos, la transformación energética, la electrificación por energías renovables y un aspecto más: nosotros también tenemos una propuesta en la regulación digital en conjunto con América Latina.
En todas esas materias, América Latina es clave en el suministro de materiales básicos y es una potencia económica y humana con la que poder construir una alianza digital, que nos permita ser fuertes frente a los dos modelos tecnológicos del mundo, el chino y el americano.
América Latina es el socio que queremos para construir juntos un modelo regulatorio y de desarrollo tecnológico común. Eso está en juego, porque el futuro del mundo va a depender de si los hegemones nos imponen sus reglas o somos potencias capaces de establecer marcos alternativos.
—La mirada de Europa sobre las materias primas básicas de la región, ¿en qué se diferencia de la que cuestionan de Estados unidos o China?
—Soy muy consciente de la enorme sensibilidad en todos los países latinoamericanos contra esta concepción extractivista de la que también son muy responsables los propios gobiernos latinoamericanos. Porque si tú concedes la extracción a una compañía china que se lleva el litio para ser líderes en la fabricación de baterías en el mundo entero o de placas fotovoltaicas o de telefonía móvil, tú no añades valor a tu producto.
Y ese es un problema que ha generado la persistencia de un cierto retraso tecnológico en Latinoamérica por no añadir valor en su propio país. Ese no es el modelo de inversión europeo. Europa pretende transferir tecnología, añadir valor, crear cadenas de producción, formar cuadros y por tanto, producir un acuerdo con cada país en el desarrollo de esos proyectos, ya sean para producir hidrógeno verde, para producir plantas de construcción de baterías con el litio o para hacer fábricas de cables con el cobre que se extrae. Pero desgraciadamente, las grandes industrias extractivas canadienses, americanas y chinas están manteniendo casi un monopolio en América Latina de los grandes productos básicos y están pagándolo muy bien, porque el precio de las commodities está creciendo en parte por ese fenómeno del que estoy hablando.
—¿Y es posible para las empresas europeas imponerse en ese terreno?
—No es fácil. Tengo que lamentar que, desgraciadamente, los concursos de las licitaciones que hacen algunos países buscan una determinada rentabilidad en el ingreso fiscal de las cuentas públicas como objetivo principal y no tanto el acuerdo con compañías que, aunque no paguen tanto, sí podrían proporcionar el desarrollo tecnológico de una cadena de valor con el producto.
—Volviendo al acuerdo con Mercosur, ¿aprobarán la asociación los parlamentos nacionales de los países que votaron en contra?
—Recordemos que Francia, Polonia, Hungría, Irlanda y Países Bajos lo rechazaron y Bélgica se opuso. Por tanto, por ahora solo está vigente la parte comercial.
Si no la aprueban los 27 parlamentos, no entra en vigor. Y perdemos la oportunidad de desarrollar los aspectos que el acuerdo tiene en la materia de asociación política que son importantes.
Pongamos por caso políticas de colaboración en materia de desarrollo tecnológico, políticas de innovación común en los aspectos educativos, de homologación de títulos, toda una serie de cosas que el acuerdo persigue en el ámbito político y de cooperación, que quedarían pendientes.
Yo tengo la esperanza de que ya toda la campaña producida contra Mercosur cuando llegue la ratificación política en los Parlamentos Nacionales se haya olvidado. ¿Por qué? Pues porque ya se habrá comprobado que no pasa nada de lo que dicen.