Cómo debe seguir la política económica

Se debería aprovechar la instancia presupuestal del 30 de junio, la Rendición de Cuentas, para presentar un escenario más realista en materia de crecimiento económico.

Gabriel Oddone
<br/>Foto: Estefanía Leal / Archivo El País

En mi columna del pasado 22 de septiembre, titulada “Reflexiones y apuntes sobre el proyecto de presupuesto”, expresaba que no veía motivos para crecer al 2,4% anual a lo largo de este quinquenio, el doble que en la última década y más de lo que todos vemos como la tasa de crecimiento de la economía a largo plazo.

En particular, para el año 2025 el MEF proyectaba un crecimiento de 2,6%, que excedió largamente lo que finalmente sucedió, con uno de 1,8%. Pero, más duro aún, resulta que esa proyección se estampó en el escenario el 31 de agosto, a sólo cuatro meses de terminar el año. Claro, no se esperaba que la actividad económica cayera en la segunda mitad del año. Justo es reconocer que entonces el consenso de los economistas del sector privado esperaba un crecimiento de 2,5%, casi igual al del MEF.

En febrero el MEF ratificó su expectativa de crecimiento para el año en curso en el 2,2% establecido en el presupuesto, mientras que el consenso en la profesión apunta a sólo 1,6%, que, desde mi punto de vista, también es optimista. Más recientemente, el ministro señaló que aquella proyección podría ser revisada.

Como explicaba en aquella columna, un peor desempeño económico genera dos problemas: uno, fiscal, ya que la recaudación impositiva, que está estrechamente ligada a la actividad económica, se resiente, y dos, en el mercado de trabajo, porque con menos crecimiento de la economía es posible que crezca menos la masa salarial y, dados los aumentos de salarios previstos, que el empleo se vea afectado.

¿Qué otras cosas pasaron desde entonces? En el inicio de marzo estalló una guerra en Medio Oriente, que desde su día uno ha dado lugar a lo habitual ante ese tipo de situaciones: la energía y el dólar se encarecen, la inflación tiende a acelerarse y las tasas de interés a apuntar para arriba. Es decir, un “shock externo negativo” para una economía como la nuestra, lo que fue explicado hace dos lunes en esta tribuna.

Mientras tanto, en nuestro barrio, Brasil desacelera su crecimiento y sigue muy barato mientras que Argentina vuelve a encarecerse, pero el ingreso y el consumo están resentidos. Ya vimos que eso dio lugar, en nuestro país, a una temporada turística desmejorada con relación a la anterior.

Y, en el terreno local, junto con el menor crecimiento de la economía se dio un “desplome” de la inflación al entorno del 3% que agrava lo expresado antes con relación al mercado de trabajo: con más aumento real de los salarios que el previsto, la afectación del empleo puede ser todavía mayor. Dicho sea de paso, no hubo mayores novedades en materia salarial con relación a las pautas, por lo que el mayor aumento real sólo es atribuible al desvío en la inflación.

Ese desvío en la inflación, como es sabido, llevó al BCU a reducir la tasa de política monetaria de manera considerable en enero y marzo, por haber mantenido demasiado contractiva a esa política por demasiado tiempo. Previsiblemente, esto logró el efecto buscado (“ayudado” por el efecto de la guerra sobre el dólar a nivel global), que era subir el tipo de cambio para reacelerar la inflación, dado que el tipo de cambio es el principalísimo canal de trasmisión de la política monetaria en este país bimonetario, tanto cuando se lo induce a bajar con una política contractiva como cuando se lo procura subir, con una expansiva. Nada nuevo bajo el sol. Los aumentos en los precios de los combustibles, aún con gradualidad, coadyuvarán a una mayor inflación.

Llegado este punto debo referir las palabras del ministro Gabriel Oddone, en ocasión de anunciar el 17 de marzo los lineamientos para el proyecto de ley de Competitividad e Innovación junto con algunas medidas referidas al comercio exterior. En esa oportunidad, él se refirió a que ahora sólo se podría avanzar por este camino porque del lado de la macroeconomía ya no habría más que hacer. Interpreto que el ministro considera que lo realizado en materia monetaria es todo lo que puede dar la macro.

Pero eso no es así, desde la macro se puede hacer mucho más, pero resulta muy difícil, desde el punto de vista político, poder hacerlo. En particular, en el frente fiscal, donde hay un déficit primario del sector público del orden de 1,5% del PIB y debería haber por lo menos equilibrio. Además, ese ajuste fiscal debería realizarse por el lado del gasto público y no del lado impositivo, como bien apuntó recientemente el Consejo Fiscal Autónomo (CFA). Con una política fiscal de ese modo contractiva, lo mismo que sucede con una política monetaria expansiva, se podría ir a un tipo de cambio más alto de manera fundada.

La dificultad política de ir por ese lado es clara en general y más en el caso particular de este gobierno que asume haber recibido un mandato popular (en ocasión de su elección) de no bajar el gasto. Pero, como se sabe, la necesidad tiene cara de hereje, por lo que no hay que perder la esperanza en ese sentido. Más recientemente, el ministro Oddone se refirió a la posibilidad de “postergar” ciertos gastos.

Así como en los últimos 10 años la economía creció demasiado poco (1,3% anual en 2016-2025), también tuvo un déficit fiscal demasiado alto (4,1% en el promedio de esa decena). No parece necesario abundar en la insostenibilidad de esa yunta de indicadores.

Volviendo al título, ¿cómo debería seguir la política económica? Creo que se debería aprovechar la instancia presupuestal del 30 de junio, la Rendición de Cuentas, para presentar un escenario más realista en materia de crecimiento económico. Como consecuencia de ello, aparecería de inmediato un mayor desequilibrio fiscal al previsto en el escenario del Presupuesto, que debería ser enfrentado por el lado del gasto, como recomiendan el CFA y el sentido común.

Y ahí volvemos a la restricción política derivada del mandato. ¿Cómo debe ser leído éste? ¿Como que no se debe bajar el gasto? ¿O como que no se debe bajar el presupuesto de modo que no se vean afectadas políticas clave para la izquierda? ¿Se asume que todo el gasto es eficaz y eficiente? ¿Se supone que no hay “gorduras” por ningún lado? La evaluación del gasto público y su focalización no son de izquierda ni de derecha.

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