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Sayulita, la playa hipster de México

Pasó de ser un dato hippie a un destino de moda donde muchos estadounidenses y canadienses han llegado a vivir. Hoy su ritmo es veloz, aunque todavía el yoga y lo natural tienen su espacio.

Sayulita ha conquistado verdaderos adeptos en el mundo hipster.
Sayulita ha conquistado verdaderos adeptos en el mundo hipster.

Es una oscuridad vibrante la de la noche de Sayulita: gente que repleta las mesas de los restaurantes al aire libre; turistas se sacan fotos bajo una corrida de banderines de papel de colores; dos niños se pasean sobre unos burros que dan vueltas a la plaza central; corridos mexicanos, salsa y las últimas canciones pop de moda que se escuchan en cada rincón. En una esquina, un grupo de chicos que baila al ritmo de los tambores. En otra, una chica que hace acrobacias con fuego. Un grupo reproduce un ritual maya: con los cuerpos pintados, uno danza con una réplica de cabeza de tigre mientras otra integrante del equipo quema inciensos en una vasija de piedra. Los bares, llenos. Las discotecas, abiertas y con su música a todo dar. Cuesta encontrar una mesa libre. Me siento en la barra del Bar Esperanza, donde tienen varios platos veganos, otros sofisticados con quínoa, vegetales, arepas, mousse de chocolate sin leche. Pido una copa de vino.

Me acuerdo de que antes de venir le dije a un gran amigo mexicano que visitaría Sayulita. "Ah, la playa hipster. Chingón", dijo él. Pero solo ahora que estoy aquí lo entiendo.

En Sayulita hay surfistas dorados por el sol, caminando descalzos por las calles de piedra; boutiques con coloridas artesanías mexicanas a precios exorbitantes; restaurantes con comidas locales, pero también una variada oferta de smoothies, batidos verdes y platos con opciones vegetarianas y gluten free; turistas que se pasean por el pueblo en carritos de golf; cartelitos que anuncian clases o retiros de yoga cerca del mar, y la playa repleta de gente y sus tablas: aquí si quieres simplemente nadar, eres una minoría.

Sayulita: surf, ritmo relajado, tacos de pescado, grupos de mariachis cantando a pedido, una playa pequeña con olas lo suficientemente grandes para que surfistas consagrados y aprendices disfruten por igual, muchos vendedores ambulantes cargando sus bolsos, remeras, joyas de plata, pulseritas, pompones de colores y mantos tejidos: ¿pulsera, amiga?, ¿llavero, amiga?, ¿trencitas, amiga?, ¿tatuaje, amiga? Pero lo que más hay son estadoundienses. Muchos vienen principalmente de vacaciones, pero también a vivir. Eso ha hecho que Sayulita no solo sea un destino turístico, sino un lugar culturalmente mixto donde conviven locales, canadienses, estadounidenses y algunos cuantos europeos que hicieron de esta playa —antes desapercibida y rústica— su casa. No es Puerto Vallarta plástico. Conserva la apariencia autóctona, pero con un gustito hippie chic (o hipster, que es lo mismo).

"¿Tú sabes qué es eso?", me pregunta la mujer que está sentada a mi lado, señalando unos polvos con los que el barman decora el borde de las copas. Es estadounidense, se llama Jennifer, tiene unos sesenta años y está con su pareja, un mexicano de mirada amable. Ambos se conocieron hace un año durante un vuelo de México a Estados Unidos. No pudieron parar de conversar. Ahora se juntaron aquí, en Sayulita, para darse una oportunidad. De esto hay mucho en Sayulita: parejas de distintas partes del mundo. Un surfista americano casado con mexicana o una estadounidense amante del yoga que se quedó con un pescador local. "No, no sé lo que es; son condimentos muy gourmet para mí", le contesto a Jennifer. Al rato, los tres hablamos animadamente en una mesa del mismo bar.

Abel está sentado solo en un café. Vive —también solo— en una casa ubicada en un extremo de Sayulita. Vino desde Argelia a México para jugar fútbol hace 11 años y hace un par que llegó a este pueblo. Ahora es pintor y trabaja en una galería o en su casa donde, dice, se puede quedar horas contemplando las llamas de la fogata que hace por las noches en silencio. Pero ahora está pensando en irse del pueblo. "Cuando llegué a Sayulita, no había nada. Esto era puro barro; la gente se juntaba en la noche en la playa y hacíamos fogatas, todos nos conocíamos. Ahora está demasiado lleno de gringos. Eso no me gusta mucho", dice, mirando a la gente pasar desde lejos.

Saluyita

Dos cuadras después de cruzar el puente que une el resto del pueblo con el centro turístico, hay una reja negra y detrás de esa reja negra, una camioneta, gallinas y Epifanio Cruz, uno de los pocos locales nacidos en Sayulita que va quedando por estos lados. "Cuando yo era niño, aquí había como máximo veinte casas hechas de palapas (palmas). La gente vivía de cuidar el ganado y del coquito de aceite. Era selvático: había muchas palmeras y unas cotorras bien grandes".

En ese tiempo, Sayulita ni siquiera se llamaba "Sayulita". Le pusieron así por el tema de la venta del coco: una vez a la semana venía un barco que recolectaba todo el coco de la gente de los pueblos de lo que ahora es conocido como la Riviera Nayarit. Como retribución, la gente recibía un ticket con el que podían canjear manteca, sal, azúcar, maíz y otros productos básicos. En el barco venía un comprador que era del pueblo de Sayula, en Jalisco. La gente decía: "¡Vamos con Sayula!". Así, de repente a alguien se le ocurrió que el pueblo podía llamarse "Sayulita". Como para diferenciarse.

Guillermo es el dueño del restaurante El Costeño, el más antiguo del pueblo: 55 años sirviendo mariscos y pescados en la orilla de la playa. "Mi papá cuidaba ganado, después puso una carnicería y más tarde empezó con el restaurante. Al principio era una cantinita nada más. Solo un bungalito donde llegaban las lanchas de los pescadores. Mi papá era el cocinero y el mesero. Si alguien quería pescado, la gente lo escogía en la lancha y mi papá lo preparaba. Todos nos conocíamos en esa época; ahora ha cambiado mucho esto". Ricardo tiene 33 años y también nació en Sayulita: ahora hace paseos de pesca en su bote. "Yo dejaba mis cosas en la playa sin temor de que nadie viniera a sacármelas", dice.

Entonces, nadie conocía Sayulita, excepto algunos hippies que llegaron en los años 60 a desconectarse del resto del mundo. En los 80 se fue corriendo la voz de su existencia. Pero fue a mediados de los 90 cuando los estadounidenses y canadienses empezaron a llegar en masa. "Los primeros vinieron después del año 74. Pero hace 15 años se llenó. Ahora estamos rodeados de americanos", dice Guillermo, de El Costeño.

Algunos dicen que fue por un mundial de surf patrocinado por Reef. Otros, por una nota en The New York Times sobre Sayulita. Lo cierto es que los primeros estadounidenses trajeron más y esos otros trajeron sus dólares con los que en los años 90 empezaron a comprar propiedades. En Sayulita se instaló un local de real estate que empezó este negocio de compra y venta, y los lugareños también comenzaron a vender de manera directa sus terrenos.

"Fue una comercialización de locos. Los gringos se fueron metiendo cada vez más y empezaron a comprar y construir casas y hoteles. La gente que vivía aquí se empezó a ir a los pueblos vecinos, cada vez más afuera. Cada día quedan menos locales", dice Epifanio. La llegada masiva de estadounidenses después del año 2000 también subió los precios de todos los bienes básicos: alimentos, el agua, la luz. Unas señoras que venden artesanías a la bajada del puente conversan sobre eso: "¡Ahora está muy caro! Nosotros nos queremos ir a San Ignacio o San Pancho. Sayulita ya no se puede pagar", dice una.

Ahora, los dueños de Sayulita son mitad mexicanos y la otra mitad, estadounidenses. "¿Se ha fijado cómo está de lleno de gente del puente para allá? Ya no se puede ni caminar. Hay temporadas en que ves una carpa tras otra en la playa. Antes yo iba y no había nadie. Rezaba mi rosario, me tendía en la toalla y dormía una siesta. Ahora casi ya no bajo", dice Micaela, la esposa de Epifanio. Él asiente. "Ahora, cuando voy al centro me quedo sentado y ya me siento triste porque estoy solo. Hacemos algunas reuniones del pueblo, pero lejos. Lo único que conservamos es el centro deportivo. Yo sé que estoy en mi pueblo, pero ya no conozco a nadie. Ahora Sayulita es un negocio", dice. 

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