El 31 de diciembre del año en que cumpla 70, la Universidad de la República lo obligará a retirarse. Richard Fariña, 22 meses antes, avisa que no piensa quedarse quieto. “Por supuesto que me las voy a ingeniar para no quedarme yendo a la plaza a alimentar a las palomas como única actividad”, dice, entre serio y divertido. El fuego, asegura, sigue prendido.
Lleva décadas excavando miles de huesos de animales gigantes en el Arroyo del Vizcaíno, escribió libros de divulgación científica, es referencia ineludible en el estudio de la megafauna pleistocena y la biomecánica. Nació en Montevideo en 1957 y de niño quería ser futbolista. “Soy jugador de fútbol, discúlpame…”, corrige a Domingo. Hace pocos meses se fracturó el peroné en el campeonato de funcionarios de la Udelar. No dramatiza: “Lo más importante de todo es lo que pasó con esa pelota. Fue gol. Y con eso ganamos”.
También cuando habla de ciencia, Fariña suena como si estuviera relatando una final del mundo. Dirigió investigaciones sobre la biomecánica del tiro penal y recientemente asesoró a la BBC sobre el comportamiento de gliptodontes y perezosos gigantes para un documental. Ahora prepara una conferencia con la que quiere sacudir el tablero: una teoría que bautizó “biorrelatividad”.
“No soy una persona modesta, pero justamente mi orgullo es darme cuenta de que no soy Einstein”, dice. Sonríe al aclararlo. No se compara con el físico alemán, pero toma prestada su metáfora para proponer algo audaz: un marco conceptual que busca reinterpretar desde las interacciones ecológicas hasta fenómenos como el cáncer. “Si no tenés quien te critique, no hacés ciencia”, afirma.
Recuerda incluso con gratitud a colegas estadounidenses que cuestionaron sus hipótesis sobre el poblamiento temprano de América. Hasta 2021, la teoría mayormente aceptada situaba la primera presencia humana en el continente entre hace 15.000 y 17.000 años. Fariña y su equipo propusieron otra cronología: que ya había humanos en lo que hoy es Uruguay hace 30.000 años. Respaldaron la idea con fósiles del Arroyo del Vizcaíno que presentan marcas de origen humano y piezas intencionalmente talladas en piedra. Las críticas no tardaron en llegar. Él las celebra: las discusiones, sostiene, “significan siempre un paso adelante en la ciencia”.
Y agradece también al cine, aunque esté lleno de licencias. “A partir de Jurassic Park yo decía mi profesión y la gente la entendía. Antes me quedaban mirando. Muchas gracias Spielberg”, bromea.
Yacimiento inagotable.
Para entender a Richard Fariña hay que volver al Arroyo Vizcaíno, a unos cuatro kilómetros al noreste de la ciudad de Sauce, en Canelones. Allí no alcanza con excavar: hay que secar un arroyo, bombear agua, coordinar con productores que la usan para regar y abrevar ganado, y trabajar sabiendo que las orillas pueden desmoronarse en cualquier momento. Recién entonces aparece el nivel fosilífero. Y debajo, miles y miles de huesos.
La colección ya supera los 2.000 restos catalogados: perezosos gigantes como Lestodon, ungulados sudamericanos como Toxodon, gliptodontes como Glyptodon, Doedicurus y Panochthus. También madera fósil y elementos líticos en asociación. “Es de las colecciones más importantes de Uruguay”, afirma el paleontólogo.
Las marcas en algunos huesos, observadas al microscopio, son compatibles con herramientas humanas. Esa evidencia empujó a su equipo a proponer que hubo presencia humana en lo que hoy es Uruguay hace 30.000 años. Pero el Vizcaíno es más que una fecha polémica. “A mí me ha dado un motivo para la pasión”, dice Fariña. “Los científicos no nos movemos por la codicia, sino mucho más por la vanidad, por hacer algo relevante”.
El trabajo continúa. Este mes abrieron un nuevo pozo con retroexcavadora para explorar la extensión del yacimiento hacia el norte. Identificaron el nivel con fósiles y lo dejaron preparado para próximas campañas, con una logística más sencilla que la de desviar el curso del agua y que permitirá continuar en otoño.
Desde 1997, cuando adolescentes de la zona —orientados por sus profesores y apoyados por vecinos— realizaron las primeras excavaciones, hasta la campaña profesional iniciada en 2011, el Vizcaíno se convirtió en algo más que un yacimiento. Para Fariña es un laboratorio natural y también una plataforma de divulgación: museos, liceos, redes y hasta un “Yacimiento Vizcaíno Virtual” en Minecraft. “Que sepan que el Uruguay cuenta con ese tesoro paleontológico y patrimonial”, insiste.
No espera que interrumpan una final del mundo para anunciar el hallazgo de un fósil. “No va a suceder eso nunca, es más, a mí me molestaría que sucediese porque soy muy futbolero”, admite. Pero confía en que el interés crece. En el barro del Vizcaíno, Fariña encontró algo más duradero que los huesos: un campo de juego donde todavía quedan preguntas grandes. Por ejemplo, si fue el propio ser humano quien ayudó a crear ese yacimiento extraordinario.
Una propuesta osada.
La ciencia, en Fariña, casi siempre termina en una cancha. Ha dirigido investigaciones sobre la biomecánica del tiro penal: qué ángulos maximizan la probabilidad de gol, cómo reacciona el arquero y qué margen real tiene el pateador entre precisión y potencia. No era una excentricidad académica: era física aplicada al instante más dramático del fútbol, a esa “guerra psicológica” entre dos jugadores que también describe —con toda la pinturería— como “tragedia griega, duelo del Lejano Oeste o dos samuráis desvainando”.
Entre los penales, el Pleistoceno y la biorrelatividad, la distancia es menor de lo que parece: en todos los casos se trata de cuerpos sometidos a leyes físicas e interacciones.
Este martes presentará lo que bautizó “biorrelatividad”: una meta-teoría que propone repensar los fenómenos biológicos como sistemas donde lo decisivo no son las cosas en sí, sino las relaciones que las deforman. Toma la metáfora de Albert Einstein —la clásica imagen de la malla que se hunde bajo una bola pesada— para trasladarla al terreno biológico. En cosmología, la masa curva el espacio y atrae otros cuerpos. En biología, dice, también hay “campos”, pero no solo de atracción: también de repulsión.
Una flor “atrae” polinizadores; una presa con defensas poderosas “repele” depredadores y los obliga a buscar otra opción. No es que existan categorías fijas —competencia, mutualismo, parasitismo— sino efectos que cambian según el contexto. La misma relación puede ser beneficiosa o perjudicial dependiendo del entorno, del estado interno de los organismos y de la red de interacciones en la que están inmersos.
En su formulación, cada entidad biológica tiene un “tiempo propio”, distinto del tiempo del reloj. Ese ritmo —de crecimiento, riesgo, reproducción— se modifica según tres dimensiones: el entorno físico, el estado interno y el entorno social o interactivo. Las interacciones no son cosas: son deformaciones de ese tiempo vital inducidas por otros. Así, teorías clásicas de la ecología —del nicho a la neutralidad— no quedan anuladas, sino reinterpretadas como casos particulares, como distintos “marcos de referencia” desde los cuales se observa el mismo sistema complejo.
La apuesta es ambiciosa: ofrecer un lenguaje común para pensar desde redes ecológicas hasta procesos como el cáncer, entendido como una parte que empieza a dominar el ecosistema que es el propio cuerpo.
Fariña aclara que ninguna teoría prospera en soledad: necesita críticas, desarrollos, contradicciones.
Como en un penal decisivo en el último minuto, nadie patea para errarle al arco. “Si jugás el Mundial, querés salir campeón”, admite.