Julián Román prácticamente nació dentro de la actuación. Tenía apenas seis meses cuando hizo su primer papel: su padre, el actor Edgardo Román, lo llevó a una producción porque necesitaban un bebé de esa edad. Casi cinco décadas después, ese oficio lo llevó a uno de los desafíos más grandes de su carrera: entrar en el universo de Gabriel García Márquez. Y no lo hizo por primera vez con Cien años de soledad.
García Márquez lo acompaña desde hace décadas, desde sus primeros trabajos como actor. Interpretó a Ulises en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada y después a Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada. El escritor colombiano, dice Román, no fue solamente un autor que leyó: se convirtió en una obsesión. Por eso, cuando apareció la posibilidad de participar en Cien años de soledad, no era un trabajo más.
Primero quiso ser el coronel Aureliano Buendía. Audicionó para la primera parte de la serie y no quedó. Tenía más de 40 años y, según contó, la noticia le pegó fuerte: sentía que esa podía ser su última oportunidad de interpretar al personaje. Después vio a Claudio Cataño en el papel y terminó entendiendo la decisión. Pero la historia no había terminado.
Dos años después, la producción volvió a llamarlo. Esta vez para interpretar a dos personajes: los gemelos José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo. El desafío era considerable. Los gemelos nacen prácticamente idénticos y, en la versión joven de la serie, interpretada por Jorge Quintero, incluso podían confundirse. Pero a medida que crecen sus caminos se separan. Aureliano Segundo es expansivo, festivo, amante de las parrandas y de la vida doméstica que construye junto a Fernanda del Carpio y, al mismo tiempo, de su relación con Petra Cotes. José Arcadio Segundo, en cambio, queda mucho más ligado a la historia política y social de Macondo y a la memoria de la masacre de los trabajadores bananeros. Román entendió que no alcanzaba con modificar el cuerpo. La diferencia tenía que estar en la manera de caminar, mirar, respirar y reaccionar ante el mundo.
“Los dos personajes debían ser distintos”, explicó. No solamente por las características físicas con las que la serie los diferencia, sino por lo que ocurre dentro de ellos.
Dos hombres en un cuerpo.
Para prepararlos trabajó durante casi un año. Aprendió a montar a caballo, conducir automóviles de los años 30, tocar el acordeón y escribir con caligrafía de época. Se sometió a unas 40 pruebas de vestuario y a procesos de caracterización y prótesis para transformar su cuerpo. Antes de comenzar el rodaje tuvo además cuatro meses de ensayo con los directores Laura Mora y Carlos Moreno.
Pero la herramienta principal no estaba en el vestuario.
Román había aprendido de su padre, una manera de construir los personajes desde el principio hasta el final: imaginar su historia completa, incluso aquello que nunca llegará a verse en pantalla. Escribir, especular, inventar detalles y dejar que todo eso termine apareciendo en el cuerpo.
No es una herencia menor. Julián nació en Bogotá en 1977 y comenzó a formarse en la actuación desde niño. Estudió en la Escuela Distrital de Teatro Luis Enrique Osorio, pasó por el Teatro Popular de Bogotá y continuó su formación en el Laboratorio de Investigación Artística y Teatral Actuemos, creado por su padre. También participó en montajes teatrales y festivales internacionales antes de consolidar una extensa carrera en cine y televisión.
Edgardo Román fue una figura importante del teatro colombiano y también un maestro. Durante décadas enseñó actuación, trabajó con el método de Stanislavski y en 1993 fundó Actuemos, donde desarrolló su propuesta de “actuación orgánica”.
Julián ha hablado varias veces de esa relación. Su padre no solamente le transmitió un oficio: le enseñó una disciplina para enfrentarlo. Y esa enseñanza apareció justamente cuando más la necesitó.
Pero su vida también estuvo lejos de ser una línea recta. La actuación convivió con épocas de dificultades económicas, con la militancia política y con períodos personales particularmente duros. Durante años fue además una de las caras más visibles de la lucha de los actores colombianos por el reconocimiento de sus derechos laborales. Su activismo lo llevó a involucrarse en la discusión y aprobación de la Ley del Actor.
En entrevistas ha contado también episodios de consumo problemático de drogas y cómo logró atravesar esa etapa. Son parte de una biografía que él mismo ha contado sin esconder sus zonas más difíciles y que ayuda a entender la relación casi física que tiene con su oficio: actuar no fue solamente una profesión que eligió, sino una forma de sobrevivir y de construirse.
José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo son hijos de Arcadio y Santa Sofía de la Piedad y bisnietos de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán. Nacen prácticamente idénticos, pero sus personalidades y destinos terminan siendo muy diferentes. Aureliano Segundo es alegre y amante de los excesos: organiza grandes fiestas, disfruta de la comida y mantiene una relación con Petra Cotes mientras está casado con Fernanda del Carpio. Su vida está marcada por la abundancia y, más tarde, por las dificultades económicas. José Arcadio Segundo, en cambio, es más serio y reservado. Se involucra con los trabajadores de la compañía bananera y queda ligado a la masacre que sufren durante una huelga. Después del episodio, se obsesiona con preservar la memoria de lo ocurrido, mientras el resto de Macondo parece condenado a olvidarlo. Esa oposición fue uno de los grandes desafíos de Román al interpretar a dos hombres físicamente idénticos pero completamente diferentes por dentro.
El tamaño de Macondo.
El primer día de rodaje de Cien años de soledad fue, para Román, un choque con la escala de la producción. Había más de 500 extras, maquinaria que nunca había visto y actores a los que admiraba. El proyecto era mucho más grande de lo que había imaginado.
También aparecieron el insomnio y los ataques de pánico.
Entonces recurrió a una frase que había aprendido de su padre: entrar al set con seguridad y con la convicción de que, en el buen sentido, tenía que “comérselos a todos”.
La magnitud de la producción justificaba el vértigo. La serie, dividida en dos partes y con 16 capítulos, fue rodada en numerosas localidades colombianas. Para recrear Macondo se construyó en Alvarado, Tolima, un pueblo de más de 16.000 metros cuadrados y la casa de los Buendía, rodeada por más de 18.000 plantas.
Para Román, sin embargo, el tamaño no era lo más importante. Había algo más difícil: conseguir que los dos hermanos fueran reconocibles como personas diferentes.
En una entrevista reciente explicó que encontró una clave en la propia novela. Aureliano Segundo es, paradójicamente, uno de los Buendía menos parecido a los Aurelianos: vive hacia afuera, entre fiestas, comidas y relaciones amorosas. José Arcadio Segundo carga, en cambio, con el peso de la familia y con acontecimientos que terminan marcando la historia de Macondo. La actuación consistía entonces en hacer visible esa distancia sin perder el parentesco.
El trabajo terminó, pero los personajes no desaparecieron inmediatamente. Después de 11 meses de rodaje, Román tuvo que despedirse de ellos. Y descubrió que abandonar a Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo era más difícil de lo que esperaba. Con ayuda de un psicoanalista, desarrolló una forma de cerrar sus procesos: escribirles una carta, agradecerles, quedarse con algo de cada personaje y cortar el vínculo. Con los gemelos, contó, la despedida fue especialmente difícil.
Quizás porque, esta vez, no había interpretado solamente a dos hombres. Había vivido durante casi un año dentro de una familia que, de alguna manera, conocía desde mucho antes de que Netflix construyera Macondo.