¿Por qué Uruguay sigue produciendo tantos futbolistas? Lo que revela la ciencia del deporte

¿Qué condiciones hacen que un país pequeño en población siga formando futbolistas de élite? (más allá de los resultados de este Mundial)

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Práctica de baby fútbol

En el mapa del fútbol mundial, Uruguay aparece como una anomalía. No tiene la población de Brasil, la inversión de las grandes ligas europeas ni las academias gigantes de otros países, pero sigue exportando jugadores que llegan a la élite. El Observatorio de Fútbol del Centro Internacional de Estudios del Deporte (CIES, por sus siglas en francés) ubica al país entre los mayores exportadores de futbolistas del mundo: 379 uruguayos se encontraban actuando en ligas profesionales relevadas en 2025. Los países que aparecen en los primeros lugares del ranking tienen poblaciones varias veces superiores, como Francia, Argentina o Colombia. Esa desproporción convierte a Uruguay en uno de los mayores exportadores de talento futbolístico del planeta en términos per cápita.

“Uruguay permite pasar de una pregunta muy simple -¿cómo un país tan pequeño produce tantos futbolistas?- a una pregunta científica: ¿qué condiciones territoriales, culturales y competitivas favorecen que el talento aparezca y progrese? Para mí, Uruguay permite estudiar el talento futbolístico como un ecosistema absolutamente completo y sin igual”, explica a Domingo Lander Hernández Simal, docente e investigador de la Facultad de Educación y Deporte de la Universidad de Deusto (País Vasco).

Detrás de esa particularidad hay múltiples factores: la cultura futbolera, el baby fútbol, la concentración territorial en Montevideo y las oportunidades -o limitaciones- que ofrece cada lugar para que un futbolista se desarrolle. La ciencia del deporte intenta responder una pregunta que trasciende los resultados de cualquier Mundial (especialmente de este): ¿qué condiciones hacen que un territorio produzca más talento del esperado?

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Cancha de baby fútbol

El talento no nace en un solo lugar.

Durante mucho tiempo, la discusión sobre la formación de futbolistas estuvo atravesada por una pregunta aparentemente simple: ¿el jugador nace o se hace? La investigación deportiva fue dejando atrás esa mirada binaria y empezó a estudiar el talento como el resultado de una interacción compleja entre factores innatos, entrenamiento y contexto. La genética puede ofrecer ciertas condiciones de partida, pero el entorno es el que permite -o limita- que esas capacidades se desarrollen.

En ese marco aparece el concepto de birthplace effect, o efecto del lugar de nacimiento. “Es el efecto que puede tener el lugar donde un deportista nace y crece sobre sus posibilidades de llegar a la élite”, describe Hernández Simal. Sin embargo, aclara que esto no significa que el talento esté determinado por el origen: “El lugar de nacimiento no determina el talento, pero sí puede condicionar las oportunidades para que ese talento aparezca”. Así como un futuro pianista necesita un piano, partituras, un profesor y muchas horas de práctica, el futuro futbolista necesita clubes, instalaciones, entrenadores y competencia.

“Uruguay es un país pequeño y eso permite estudiar el talento deportivo casi como un sistema relativamente acotado, donde nacen los jugadores, donde empiezan a jugar, cómo circulan entre los clubes, cuándo son detectados y cuándo llegan al fútbol profesional”, agrega.

Pero Hernández Simal da un paso más: no siempre importa solo dónde nace un jugador -lo que figura en la cédula-, sino dónde “se desarrolla deportivamente”. Para el especialista, el concepto de birthplace effect incorpora los lugares donde los deportistas se forman y adquieren las condiciones que les permiten llegar a la élite.

El ejemplo más conocido es el de Lionel Messi. Nació en Rosario, Argentina, pero se incorporó a las divisiones juveniles del FC Barcelona a los 13 años y completó allí gran parte de su formación. “Si lo tuviésemos que catalogar según el fenómeno birthplace effect, para mí Messi sería español, no argentino, con todo el cuidado de esta afirmación”, plantea.

Un caso uruguayo agrega un matiz. Luis Suárez nació en Salto, pero se trasladó a Montevideo cuando tenía 6 años. En la capital realizó prácticamente toda su formación futbolística, antes de emigrar a los 19 años a los Países Bajos para incorporarse al FC Groningen. ¿Es entonces un producto de Salto, de Montevideo o de ambos? Para Hernández Simal, preguntas como esa están en el centro del debate.

Si bien muchos futbolistas nacen fuera de Montevideo, gran parte de las estructuras de formación profesional se concentran en la ciudad. Eso obliga a pensar las trayectorias no como un punto fijo en el mapa, sino como un recorrido. “Hay zonas que producen más jugadores de lo esperado para su población y otras menos”, señala. Para comprender por qué Uruguay genera tantos futbolistas de élite, sostiene, es necesario seguir esos desplazamientos y entender dónde se construye realmente el talento.

¿IMPORTA EL TAMAÑO DE LA CIUDAD?

Durante años, investigadores intentaron descubrir si existía un tipo de lugar especialmente favorable para producir deportistas de élite. Los resultados mostraron un patrón llamativo: en muchos países, los atletas profesionales no surgen proporcionalmente más de las grandes metrópolis ni de las zonas rurales más aisladas, sino de ciudades intermedias.

La explicación no tiene que ver con una ventaja biológica, sino con las oportunidades. Estas localidades suelen combinar una oferta suficiente de clubes e infraestructura con entornos donde los niños pueden acceder más fácilmente a espacios de juego y competencia.

Sin embargo, los especialistas advierten que no existe un tamaño ideal universal: las características sociales y deportivas de cada territorio modifican el resultado.

Para el investigador vasco Lander Hernández Simal, esa es precisamente una de las preguntas más interesantes para estudiar en Uruguay. ¿Existen localidades que producen más futbolistas de los que cabría esperar por su población? ¿Qué tienen en común? ¿Su red de clubes, su cultura deportiva, la competencia local o las oportunidades de práctica? Responder esas preguntas permitiría pasar del simple mapa de nacimientos a otro más complejo: el de los entornos que favorecen el desarrollo del talento.

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Formación de futbolistas uruguayos

La primera camiseta.

Cuando se pregunta por qué Uruguay produce tantos futbolistas para su tamaño, una respuesta aparece una y otra vez: el baby fútbol. Pero quizás la pregunta no sea solamente cuántos jugadores produce, sino qué tipo de cultura empieza a formarse desde esas primeras canchas de barrio.

Para el periodista Jorge Señorans, autor de La cara oculta del baby fútbol, allí está uno de los principales puntos de partida. “No me imagino el futuro de las selecciones nacionales sin el aporte del baby fútbol”, dice, citando una reflexión que el propio Óscar Washington Tabárez realizó durante su ciclo al frente de la selección.

Para el integrante de 13 a 0 en Del Sol FM y del equipo periodístico de Canal 5, allí no solo comienza la práctica deportiva, sino también la construcción de una determinada cultura futbolera. “Se empieza a transmitir una mentalidad ganadora”, sostiene. “Ya ahí te dicen que tenés que ganar, que jugás contra el primero y le tenés que ganar”. Esa lógica competitiva -con luces y sombras- convive con otros aprendizajes que trascienden la cancha. “También hay una cuestión de compañerismo, de solidaridad, de jugar por tu club, por tu camiseta, por tus amigos”, sostiene Señorans. “Empezás a compartir desde un gajo de mandarina hasta un pedazo de refuerzo”.

Para el periodista, esa experiencia temprana ayuda a explicar algo difícil de medir pero fundamental: la relación emocional que Uruguay construyó históricamente con el fútbol. Recuerda una anécdota de una charla en la que se comparaban modelos de formación juvenil: el Benfica de Portugal tenía instalaciones de primer nivel, residencia para los jugadores, educación y seguimiento profesional. “Tenían todo”, cuenta Señorans. Pero los propios responsables del proyecto admitían que había algo que venían a buscar a Uruguay: “La pasión”.

Esa combinación entre juego informal, competencia e identidad forma parte de lo que Hernández Simal llama la “escuela invisible” del talento. Es aquello que moldea la manera en que los niños aprenden a jugar y a relacionarse con el deporte.

Matías de Pablo, integrante de las divisiones juveniles de Nacional y docente del Grupo de Investigación Deporte y Rendimiento en el Instituto Superior de Educación Física (ISEF) de la Udelar, coincide en que el baby fútbol ayuda a explicar parte de la singularidad uruguaya. “Lo que hace es aumentar la base de la pirámide”, explica. Mientras en otros países los niños se distribuyen entre múltiples deportes, en Uruguay el fútbol concentra una porción muy importante de las preferencias familiares. “Acá el fenómeno de detección del talento para el fútbol prácticamente no existe porque ya está dado naturalmente: los padres decantan por el fútbol”.

Esa base enorme también explica por qué Uruguay puede buscar talento entre miles de niños. “De los 70.000 niños que juegan al fútbol, solo el 0,14% llega”, señala Señorans, citando datos que recopiló durante su investigación. “Es como sacar el 5 de Oro”.

La frase resume una paradoja: Uruguay tiene una cantera excepcionalmente grande para su población, pero la distancia entre jugar al fútbol y convertirse en futbolista profesional sigue siendo enorme.

Esa realidad ayuda a entender otro rasgo característico del sistema uruguayo: la intensa búsqueda de talentos desde edades cada vez más tempranas (otra vez, con luces y sombras). Captadores, clubes y representantes recorren torneos infantiles en todo el país buscando detectar a los jugadores con mayores posibilidades de progresar.

“Al ser un país chico tampoco podés desperdiciar nada”, señala Señorans. Esa cercanía territorial puede transformarse en una ventaja. Como plantea Hernández Simal, uno de los beneficios potenciales de los países pequeños es que el talento tiene menos posibilidades de pasar desapercibido.

Pero detectar no es lo mismo que desarrollar. Y ahí aparece otro debate central: cuánto de ese talento termina formándose efectivamente en Uruguay y cuánto completa su transformación una vez que cruza las fronteras.

LA GEOGRAFÍA DE LA CELESTE: DE 1930 HASTA HOY

¿Qué puede aportar la geografía para entender el fútbol uruguayo? Mucho más de lo que parece. A partir de datos históricos de los futbolistas que integraron las selecciones mundialistas, docentes y estudiantes del Departamento de Geografía de la Udelar construyeron una plataforma interactiva que permite recorrer el mapa del talento celeste.

El visualizador muestra dónde nacieron los jugadores, cómo evolucionó su distribución territorial a lo largo de las décadas y cuáles son los departamentos que más futbolistas aportaron en relación con su población. También incorpora proyecciones hacia 2030 e indicadores que permiten observar al fútbol como un fenómeno social y territorial, además de deportivo. “Queríamos trabajar un tema que fuera más amable”, explica el docente Yuri Resnichenko. La idea era aprovechar el interés que genera el fútbol para mostrar algunas de las preguntas clásicas de la disciplina: cómo se distribuye la población, qué papel juega Montevideo en la organización territorial del país y cómo operan las migraciones internas.

Al analizar los datos de los futbolistas mundialistas desde 1930 hasta la actualidad, algunos patrones aparecen con claridad. Montevideo concentra la mayor cantidad de jugadores -de un total de 249 mundialistas, 145 nacieron en la capital-, pero el litoral también destaca por encima de lo que podría esperarse por su tamaño poblacional. “Me sorprendió la cantidad de artiguenses que hay”, señaló Resnichenko. Ese departamento aportó nueve futbolistas a la Celeste, incluido un campeón del mundo en 1950: Matías González. Está a apenas dos jugadores de Salto, una tierra que suele aparecer como semillero de futbolistas. Por ejemplo, en Rusia 2018 hubo tres salteños: Luis Suárez, Edinson Cavani y Gastón Silva (mientras que en este campeonato no hay ninguno).

Sin embargo, los investigadores advierten que los números absolutos pueden resultar engañosos. Por eso una de las variables incorporadas en la plataforma es la cantidad de jugadores aportados cada 100.000 habitantes. “Los departamentos más chicos van a sacar menos jugadores, pero a lo mejor en relación con su población son muchos”, dice Leslie Mangini, estudiante e integrante del proyecto.

Flores es el único departamento que todavía no aportó jugadores a la selección. Los investigadores señalan que parte de la explicación está vinculada a su escala demográfica: se trata de uno de los departamentos con menor población del país.

La plataforma también incorpora otra capa de análisis: los jugadores nacidos fuera de Uruguay. Desde 1930 hasta la actualidad, los extranjeros representaron el 7% de todos los planteles. Hoy hay dos: Rodrigo Zalazar (España) y Fernando Muslera (Argentina). “Creemos que puede ser una tendencia que continúe: que al menos haya un jugador por Mundial nacido en el extranjero”, explica Mangini.

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Proyección de la Udelar sobre el origen de los futbolistas de la selección para 2030

Para Resnichenko, esto forma parte de un fenómeno más amplio del fútbol internacional: “Si mirás las selecciones que están participando (en este Mundial), muchas tienen jugadores nacidos en otros países. A veces responde a una política dirigida, pero también tiene que ver con los movimientos de población”. Marruecos es uno de los ejemplos más visibles.

La herramienta también permite ensayar escenarios futuros. A partir de proyecciones demográficas y modelos estadísticos, el equipo estimó cuáles podrían ser los departamentos de origen de los futbolistas de la Celeste para el Mundial de 2030. Los resultados muestran la persistencia de las tendencias actuales: Montevideo seguiría liderando, mientras que Canelones continuaría ganando peso a medida que se expande la influencia metropolitana (ver mapas). Ya ha aportado 17 jugadores, entre ellos dos campeones en 1930: Zoilo Saldombide y Victoriano Santos Iriarte.

Para Resnichenko, uno de los hallazgos más interesantes es que el fútbol refleja dinámicas que atraviesan a toda la sociedad uruguaya. “Montevideo absorbe muchísimo los procesos que se dan en el país”, afirmó. Así, el mapa de los futbolistas termina mostrando algo más amplio: cómo se distribuye la población, los desequilibrios territoriales y cómo Uruguay se organiza en el espacio.

El jugador que todavía no se ve.

Un futbolista puede haber nacido en el interior, haberse formado en Montevideo y terminar de completar su preparación profesional en Europa. ¿A quién pertenece ese talento? ¿Al territorio donde nació, al club que lo moldeó o al lugar donde alcanzó su máximo nivel?

Para Edgardo Barbosa, médico cardiólogo y deportólogo que trabajó durante años en selecciones juveniles y mayores, la respuesta tiene un componente incómodo: Uruguay produce talento, pero muchas veces exporta jugadores antes de completar su desarrollo.

“Nosotros aportamos materia prima”, resume.

Para el médico, el desarrollo deportivo depende de cómo se acompaña al jugador durante sus años de formación. Allí aparece una dimensión menos visible del talento: la biología.

“Una cosa es la edad cronológica y otra la edad biológica”, explica. Un jugador de 12 años puede parecer menos desarrollado físicamente que sus compañeros y, sin embargo, tener un enorme potencial si su maduración ocurre más tarde.

En ese proceso, algunas herramientas médicas pueden ayudar a tomar decisiones. Una radiografía de puño y mano izquierda permite estimar el grado de maduración ósea y proyectar el crecimiento. Los jugadores que crecen antes suelen imponerse en las categorías infantiles porque son más altos, más fuertes o más rápidos. Pero esa ventaja puede ser solamente temporal. “El que madura más temprano no siempre es el que termina llegando a la élite”, coincide Matías de Pablo. “Muchas veces el que tiene una maduración tardía es el que termina teniendo un mejor desarrollo”.

Barboza pone como ejemplo a Facundo Pellistri, a quien evaluó cuando tenía 12 años y medía alrededor de 1,50 metros. Una mirada basada únicamente en el físico podía favorecer a otros jugadores más desarrollados, pero el estudio de su edad biológica mostraba otro panorama. La proyección indicaba que podía llegar aproximadamente a 1,72 metros -hoy mide alrededor de 1,75-. Lo importante no era solamente cuánto medía Pellistri en ese momento, sino cuánto margen tenía todavía para crecer. Un jugador con una edad biológica menor a su edad cronológica puede atravesar una etapa de desventaja física, pero llegar a los 18 años con un desarrollo diferente y más tiempo de evolución técnica, táctica, física y psicológica.

Ese seguimiento también incluye otros indicadores. Barbosa trabajó durante años con controles cardiovasculares, análisis de sangre, seguimiento de cargas de entrenamiento y marcadores bioquímicos como la urea, utilizada como una referencia para observar niveles de fatiga y recuperación después del esfuerzo. También incorporó controles relacionados con la nutrición y el metabolismo. La vitamina D, por ejemplo, cumple un papel relevante en la salud ósea y muscular, y sus niveles pueden influir en la fuerza y la capacidad de rendimiento. Del mismo modo, alteraciones en la tolerancia a determinados alimentos pueden afectar la planificación nutricional de un deportista si no son detectadas.

En los últimos años, además, la medicina deportiva empezó a explorar otra frontera: la genética. La pregunta es si, además de observar lo que un jugador hace en la cancha, es posible encontrar señales biológicas que ayuden a entender su potencial.

En algunos países ya se exploran perfiles genéticos asociados al rendimiento, buscando señales vinculadas a la capacidad aeróbica, la fuerza, la velocidad, el metabolismo energético o la predisposición a lesiones. Algunos genes, como el ACTN3 -vinculado a las fibras musculares rápidas- o el ACE -relacionado con procesos cardiovasculares y de adaptación al ejercicio- aparecen entre los más estudiados.

Pero la ciencia todavía está lejos de poder traducir esos datos en una predicción individual: un futbolista de élite no es la suma de unos pocos genes, sino el resultado de miles de variantes combinadas con entrenamiento, ambiente y oportunidades. Por eso, no existe una prueba capaz de decir quién será futbolista profesional. La genética puede aportar información, pero todavía no reemplaza una evaluación integral del jugador. En Uruguay, estas herramientas todavía no forman parte del seguimiento habitual. Barbosa señala que, además del costo, requieren infraestructura y equipos especializados.

De Pablo agrega otro factor al talento: las capacidades cognitivas. En un deporte colectivo como el fútbol, la comprensión del juego ocupa un lugar central. “No alcanza con correr más rápido o ser más fuerte”, plantea en diálogo con Domingo. “La lectura del juego, la toma de decisiones y la capacidad de resolver situaciones son fundamentales”.

El desafío, entonces, no es solamente encontrar futbolistas con condiciones, sino crear un entorno que permita que esas condiciones se desarrollen.

“Uno de los principales problemas que tenemos acá es la inversión que se hace en la formación de talentos”, sostiene De Pablo. Mientras algunos clubes internacionales cuentan con complejos de primer nivel, residencias, educación y seguimiento integral, Uruguay trabaja con estructuras más limitadas.

Para él, el país logra competir al máximo nivel con una base de recursos menor que otras potencias, pero todavía tiene margen para mejorar la forma en que acompaña ese talento. Para Hernández Simal, ese es justamente uno de los grandes desafíos para estudiar el caso uruguayo: no mirar solamente cuántos futbolistas llegan, sino cuántos talentos quedan por el camino. “Sabemos bastante sobre quién llega, pero todavía sabemos menos sobre cuántos talentos se pierden antes de llegar”, plantea.

En ese sentido, la pregunta ya no es solamente dónde nacen los futbolistas, sino dónde se construyen las condiciones que permiten que aparezcan. Quizás el desafío de la Celeste no sea tanto seguir buscando talentos excepcionales, sino fortalecer un sistema capaz de acompañar a miles de jóvenes en su desarrollo, hasta que ganar un Mundial empiece a sentirse otra vez como un horizonte posible.

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