Opinión | Recordando a Carlos Maggi

Washington Abdala

COLUMNA CABEZA DE TURCO

"Nunca se quedó encaprichado en nada de lo de su generación". Washington Abdala.

Mientras escribo este texto voy vichando de reojo la película La raya amarilla, de Carlitos Maggi. Gozo con todo: la música del piano, la belleza de la estética de ese tiempo, la fotografía añosa, las tomas de Montevideo, el palacio Salvo, el puerto y esos personajes Buñuelescos. El absurdo y el realismo de la mano. Un tiempo lento. Algún auto moderno, alguna motoneta Vespa, y Ricardo Espalter, joven que ya insinuaba el mimo monstruoso que sería. Así, con esta película, Espalter empieza su magia.

Y todo empieza con la raya. Una raya que significa tantas cosas: la vida misma, el estar en todos lados, el no comprender que los objetivos valen si no dañan otros objetivos, el pasar delante de los monumentos que miran, que son hijos de esa mirada. Todo es reconocible en la película de Carlitos, que era un genio en casi todo lo que hacía. El parque Rodó, la rambla frente al Parque Hotel, un niño que mancha y se mancha con la raya y es reprendido y termina junto a Espalter en la rueda gigante. Todo es reconocible en la aldea.

La vida siempre es más que una raya, que lo pedestre, que lo menor. La vida es lo cotidiano y rutinario pero haciendo de eso mismo, más vida. Y la raya vuelve a escena, los autos pasan y la raya sigue su curso, la existencia sigue su destino. Ahora vaya usted lector y mire en Youtube la película. Son solo pocos minutos y verá un año 1962 de una manera que quizás lo emocione. A mí me gusta ver lo que fuimos para reconocerme en lo que somos.

Tenía ganas de escribir sobre Carlos Maggi: para mí fue una referencia mayúscula. Su cultura me apabullaba, sus tertulias, sus libros, su mirada Gardeliana. Admiré cuando tuvo el valor de empujar la Concertación Ciudadana, germen de la Coalición Republicana. Y los domingos no podía creer cómo él escribía en este diario sobre control del gasto público, orden fiscal, no abuso del aparato del Estado y apertura al mundo. Nunca se quedó encaprichado en nada de lo de su generación. Vivió sumergido en la generación que venía y él venía con ellos. Nunca envejeció. Jamás.

Carlitos, como otro grande, Daniel Vidart, nunca perdió la curiosidad. Era de esas personas a las que la apertura mental les ganaba el cerebro y que no tenían necedad, dogmatismo o empecinamiento con nada. Si se le demostraba que algo no era así, daba vuelta la página. ¿Conoce el lector mucha gente de ese talante o por el contrario se advierte la cátedra dictada desde el púlpito epifánico del experimentado que narcisistamente cree que todo lo sabe?

Esta anécdota tiene décadas. Yo estaba escribiendo para un libro y le pedí una entrevista. Me la concedió, pero me dijo que no tenía más de cuarenta minutos. Cero problema, le dije. ¿Dónde nos encontramos? Me buscás en la salida del diario, allí está mi hija en el auto y vemos. Tal auto, tal color y listo. Encuentro el auto, me le presento a la hija, me invita a subir. Ingreso. Inmediatamente llega Carlitos, y me dice: “¿Cómo andás? Empezá a grabar”. Y en medio de la ciudad haciendo mandados le fui haciendo la entrevista. Hoy contado así parece corriente, casi que no merece puntuación. No es así. Eran los ochenta, protocolos, corbatas, formalidades y todo lleno de pruritos para miles de imbecilidades.

La cuestión es que hoy se me antojó recordarlo porque es junto a los Lobizones (debo esa nota, la voy a escribir antes que sea tarde, lo prometo) de esos individuos que eran un regalo de intensidad y optimismo. Siempre la sonrisa, siempre el ánimo arriba, siempre las ganas de convencer y no de vencer. Las tertulias de Emiliano con Carlitos eran algo lindante con lo mágico. Dueño absoluto del magnetismo retórico y la frase pícara. Es raro cómo hay seres que tienen ese carisma, dijera Max Weber, esa condición irracional para generar adhesiones que parten desde el plano inconsciente y que hipnotizan al receptor. No sé, por estos días - días duros- de mucho conflicto, en el mundo se me antoja que recordar a uno de los mejores de nosotros, a los más emocionales nos hace bien. Salud eterna al recuerdo de Carlos Maggi, maestro de maestros.

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