Opinión | ¡Qué mincho que soy!

No me gusta este Uruguay y este Montevideo decadente. No me gusta. Un Uruguay sin esperanza. Lo quiero soñando, empujándolo al extremo del virtuosismo como nación en materia de libertad.

Washington Abdala
Foto: Archivo

Hartos de ustedes. Sí, hartos del cuento y de la sanata. Hartos de no verlos hacer lo que prometieron. Hartos de sentirlos dar cátedra de todo sin saber casi de nada. Hartos de verlos corretear por los campos a los ñandú y no saben reconocer un jabalí de una mulita. Hartos de verlos gastar nuestro dinero a lo loco.
Hartos de verlos gargarear ignorancia jurídica en un parlamento sin un humilde abogado que sepa que color tiene la tapa del código penal. Hartos de sentirlos que son “los” sensibles que tienen el monopolio del dolor. Harto de ver ignorantes e “ignorantas” que viven arriba de los aviones procurando hacer el “bien para las mujeres”. El resto somos carne descartable: solo el dogmatismo ideológico alimenta semejante chotada.

Hartos de verlos contratar gente que enganchan como clientela prebendaria. Harto de verlos rosquear con una parte de la barrita empresarial uruguaya (que los tienen agarrados de los pelos sin capacidad de cambiar nada) manteniendo la eterna mediocridad de tantas cosas. Hartos del sindicalismo socio que aman y bancan con relaciones carnales.

Hartos de ir a la intendencia capitalina olorosa y fea -en medio de la Feria del Libro- con los mismos ascensores estalinistas eternamente fétidos, las mismas salas con olor a soviet, sin una desgraciada actualización, todo con el mismo aroma a decadencia de décadas de dejadez.

No me gusta este Uruguay y este Montevideo decadente. No me gusta. Un Uruguay sin esperanza.
Lo quiero soñando, empujándolo al extremo del virtuosismo como nación en materia de libertad. Y ahora con orden, orden que ustedes no saben imponer. O tienen miedo. Da igual. El interior resiste, por algo es así. Montevideo y Canelones arden de fuego.

Claro que este país puede ser otra cosa y no este mundo orsiano y gris donde no hay lucimientos, éxitos, goles y solo necedades y persecutas por todos lados. (Y volvió con el problema de la corbata y las camisas que se le levantan los cuellos, tiene algo el hombre, che.)

Un país no es la venganza permanente, ni la miseria de sus gobernantes atrincherados haciendo vudú todos los días a sus enemigos. Eso es ser bien terraja y ser la nada misma. Sartre -a quien amaron antes; los de hoy ni saben quién es- los narraba.

Andrade con sus prejuicios de segregación residencial. ¡Mamita! Moreira enojada con el líder ausente y no urgida por el reclamo presente de la gente. Son eso: pequeñeces y se creen iluminados los auto investidos dioses progre.
Orsi no estaba a la altura, ni de cerca; nos comimos los mocos todos. Yo el primero que al verlo en los debates me creía la cara de personaje.

¡Pura camioneta y minga! ¡Cómo nos metieron el chuco! ¡Nada! ¡Puro cuento! El peor de la escuela y hay que aguantarlo tres años más en esta delicuescencia total. ¡Qué Zeus nos acompañe! ¡Y que sigamos debajo del radar! Ese sería el único mérito: no hacer olas, no estropear mucho más la cosa y calladitos por el mundo. Goles, cero. Pero no hacer papelones como la selección.

¡Mirá si seré piojo que con eso me conformo! ¡Qué mincho que soy! Julio Herrera y Reissig me estaría pateando la cabeza. Y con razón. Sepan disculpar. Buenos ravioles.

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