Me considero un buen lector. Acá -que es mi boliche de todos los domingos, donde hace años hablo con mis lectores, hago amigos por doquier y también algunos enemigos, a los que confieso me encanta estimular- digo, pienso y cuento de todo. Soy, de veras, un lector voraz. Y también un lector maleducado. Ya no leo lo que empieza a aburrirme porque no tengo tiempo para perder el tiempo. Aunque el libro me haya costado conseguirlo, lo someto a ciertas pruebas de alquimia propias y listo: si la cosa se pone picante, avanzo; de lo contrario, el libro va a morir a esa zona de la biblioteca donde descansan los cadáveres de otros tiempos. No se puede leer por obligación como en el liceo.
Hacía mucho que un libro de un autor nacional no me enloquecía por su riqueza, sus matices, su inteligencia y la cantidad de miradas que abre. Hablo de Inmersos en la imagen, de Oscar Larroca.
Yo conocía a Larroca desde su época más estrictamente de artista, cuando se quiso censurar una exposición suya en tiempos prediluvianos. Fue tan aldeano aquello que enamora recordar los diminutos que fuimos (¿seguiremos siéndolo?) El individuo tiene un talento descomunal. Después seguí, parcialmente, su trayectoria intelectual: escribe, piensa y analiza desde una dimensión que por momentos recuerda a esos individuos de la Ilustración que todavía creían que el mundo podía ser comprendido si uno se tomaba el trabajo de mirarlo de verdad, de estudiarlo y de mejorarlo.
No le percibo prejuicios gruesos ni partidarismos sectarios. Y eso, en estos tiempos, ya es bastante decir. Su manera de pensar el arte, la imagen y el relato es formidable. Si hubiese nacido en Estados Unidos estaba en Jolivú rodeado de alcahuetes que lo aplaudirían. Ligó mal el muchacho, nació en el sur del continente del sur. La tiene jodida, pero el libro es imponente.
Este libro, leído con disfrute y con atención, por momentos linda con la genialidad explicativa. Y tiene además una cualidad doble, extraña: es sutil y es enervante. Sutil porque no necesita del martillazo demagógico para convencernos de nada. No grita, no subraya con marcador amarrillo, no nos trata de idiotas. Y enervante porque, a medida que uno entiende por dónde vienen los tiros, empieza también a sospechar por dónde podrían venir mañana. O peor: por dónde ya están viniendo hoy.
El libro trata sobre la imagen y el lenguaje. Contado así, suena a sopa de Mafalda. Leído, en cambio, es una joya. Porque consigue algo que no es tan frecuente: producir placer y aprendizaje al mismo tiempo. Y es lindo, está bien editado, las imágenes son preciosas y el texto navega y se erotiza con los diseños allí transcriptos.
Eso sí: exige curiosidad. No se puede leer siendo una pasa de uva tirada en la calle Bacacay. Hay que estar vivo. Hay que tener avidez por entender las señales que se nos presentan todo el tiempo, desde todos lados y bajo todos los disfraces. Todo puede convertirse en imagen, signo, relato, interpretación y poder. Ahí está buena parte de la gracia del libro.
La aldea que amamos no produce demasiados Oscar Larroca. Es más: a nuestros intelectuales suele gustarles andar en manada. Que los quieran por la manada, ufanarse del olor a vestuario, reconocerse entre ellos y construir aplausos para el asador. Larroca, un tipo que no debería ser uno más. No es uno más.