COLUMNA CABEZA DE TURCO

Opinión | ¡Alta literalidad diría el Duki!

“Estamos en una época del mundo de aquellas en las que más odio se verbaliza”. Por: Washington Abdala

Washington Abdala
Washington Abdala.

No se puede escribir así. No se puede escribir sobre cosas que a algunas gentes le incomodan y por eso te pretenden embocar. Y los que escribimos lo hacemos con el alma. Contamos la percepción que tenemos. No tenemos que hacer concesiones. Y si hacemos concesiones es porque a conciencia asumimos valores y asuntos. Pero hay otros que nos alienan. No puedo escribir de ciertas cosas sí y de otras no. Si lo enmascaro detrás del antifaz literario (un cuento o una novela) allí no pasa nada. Bah, más o menos, hoy si no seguís ciertas reglas te cancelan igual. Y así entramos en una noria que puede que tenga mucho de civilizatorio pero también viene con un bonus de autoritarismo y dogmatismo a la moda. Degollamos al punto de turno. Una cosa es la libertad consagrada y otra consagrar la libertad en carácter autoproclamado por supuestos monopolistas de la verdad.

Todos tenemos claro que hay límites que no se deben pasar. Lo sabemos. Es más, los abogados somos nítidos en esto. Sobran personas que creen que pueden afirmar lo que se les canta y los abogados advertimos: hay límites como el honor, el buen nombre, la dignidad, que están consagrados en las leyes en cuanto bienes jurídicos tutelados que hacen que existan mecanismos de defensa en el territorio jurídico si hay instigaciones al odio o difamaciones (solo por citar normas que se pueden argumentar con criterio cierto). No me puedo parar en una esquina y afirmar que fulano de tal es un delincuente o pintar la ciudad con esa caracterización (los que sufrieron esas afrentas gratuitamente saben de lo que escribo).

Pero no iba por allí el texto de hoy. Venía por la propia mente que se ubica con cautela en un mundo donde una expresión ubica al emisor en un territorio “discriminatorio”. Aquello de Edinson Cavani (“Gracias negrito”) fue la demostración de lo que escribo. Creer que Cavani discriminó por lo que dijo es un absurdo pluscuamperfecto. Pero la literalidad de las cosas es lo que vale en el presente. ¡Alta literalidad!, diría el Duki.

Quizás sea bueno que las nuevas generaciones vivan en este mundo acotando al extremismo retórico. Supongo que es una victoria en la que se evita la ofensa. Eso sí, la paradoja es total, mientras un deportista no puede afirmar modismos regionales, sin embargo, las redes se pueblan de odio y vejaciones de miles de millones de seres anónimos que alimentan la furia de otros miles de millones de seres anónimos donde no hay regulación alguna en esa bacanal. Poca responsabilidad por parte de las plataformas digitales, auto criterios morales, algún correctivo en clave de suspensión a alguno muy fuera de borda, pero la locura reina en las redes sociales. Los anonimus vociferan desde sus infiernos. Y cuando el sistema quiere corregir, siempre llega tarde y lo dicho se coló en una historia de Instagram o un Twitter (suspendido) que luego se replica a modo de barbarismo intra WhatsApp semi oculto. ¿Me explico? Lo que se le exige a Longobardi y a Aristegui en CNN no se le exige a Juan Pérez o María Rodríguez que pueden con sus lenguajes vejatorios alimentar odios del mayor tenor en sus Facebook propios.

Estamos en una época del mundo en la que más odio se verbaliza: se espeta el odio sin vergüenza. Hubo violencia real y sangrienta en otros momentos históricos, pero violencia retórica como en este presente nunca se vio. Y vivir así intimida, introduce la sensación que en cualquier momento algún derrape mayúsculo se puede producir. No sería descabellado levantarse un día y encontrarse con una hecatombe. La humanidad es rica en estas miserias.

Por eso lo del principio: además del mundo duro en que nos toca remar, la autocensura que todo lo abarca llegó al terreno del humor y la ironía. Allí, lo confieso, siento que algo va a pasar con tanta contención. Se ha perdido capacidad de reírnos de unos con otros por no caer en lo que sería una supuesta discriminación. El resultado es que el humor es oculto, casi underground. O volvemos a la libertad y la asumimos en su plenitud o todos seremos rehenes de todos. No hay punto intermedio.

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