Con más de 13.000 socios en Uruguay, Médicos Sin Fronteras celebra 10 años de presencia institucional en el país mientras responde a emergencias sanitarias, conflictos armados y epidemias en más de 70 naciones. Nancy Guerrero Castillo, directora general de la organización para América Latina, advierte sobre el impacto de la violencia y el cambio climático en la región, y defiende la independencia financiera como garantía de su labor humanitaria.
El domingo 26 de octubre, la rambla de Carrasco se convirtió en un punto de encuentro entre el deporte y la solidaridad. Unas 1.200 personas se inscribieron para correr o caminar 5 o 10 kilómetros en la segunda edición de la carrera de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Montevideo. Detrás de la convocatoria había algo más que una actividad deportiva: la voluntad de acercar a la sociedad uruguaya a las crisis humanitarias que, lejos de sus fronteras, requieren asistencia médica, recursos y atención sostenida. Para la organización, que este año cumple una década de presencia institucional en el país, la jornada fue también una forma de agradecer el apoyo recibido.
Nancy Guerrero Castillo, directora general de MSF para América Latina, llegó a Uruguay en el marco de la actividad y comentó a Domingo que la carrera “es una forma de sensibilización, de acercarnos, de contarle a la gente y de agradecer también siempre todo el apoyo que la sociedad civil nos da, porque es lo que nos permite seguir siendo una organización médico-humanitaria independiente”.
En esa última palabra reside, precisamente, una de las claves del funcionamiento de la organización: MSF busca que sus decisiones sobre dónde intervenir, cuándo hacerlo y qué necesidades atender no dependan de intereses políticos o económicos externos.
La presencia de la organización en Uruguay no se traduce en una estructura de atención médica de emergencia comparable a la que mantiene en los países donde desarrolla operaciones. Su trabajo en el territorio incluye actividades institucionales, sensibilización y captación de fondos para sostener intervenciones internacionales. En varios sitios, por ejemplo, se ha visto equipos identificados con los chalecos de MSF acercándose a la población para explicar la tarea de la organización e invitar a colaborar. También impulsa actividades culturales, como una reciente exposición en el Museo Torres García con fotografías tomadas por mujeres campesinas e indígenas del Chocó colombiano para retratar las crisis de sus comunidades.
Lejos del poder político
El vínculo local adquiere especial importancia en un momento de restricciones financieras para la ayuda humanitaria internacional. Según Guerrero Castillo, el 98% de los ingresos de MSF procede de fuentes privadas, principalmente de personas que realizan aportes periódicos. En todo el mundo, más de siete millones de personas contribuyen a sostener su actividad. También existen donaciones de fundaciones, organizaciones y empresas, sujetas a una revisión ética destinada a evitar conflictos de interés, además de legados testamentarios.
Uruguay forma parte de esa red: la directora confirma que existen casos de personas que han decidido dejar parte de su patrimonio a la organización. “La forma en que lo hacemos en Médicos Sin Fronteras es lo que nos está garantizando la independencia política en temas de la toma de decisiones, de dónde, cómo y cuándo intervenimos, pero también, sin duda, la independencia económica”, sostiene.
MSF en el mundo
La organización, nacida en 1971 y cuyas raíces se remontan a la guerra de Biafra, en Nigeria, cuenta actualmente con más de 69.000 trabajadores y trabajadoras, según los datos institucionales aportados por su representante para Latinoamérica.
Sus equipos combinan personal local, que conoce los territorios y las comunidades, con profesionales internacionales que se desplazan de acuerdo con las necesidades de cada emergencia. Médicos, psicólogos, enfermeros y otros trabajadores sanitarios conviven con especialistas en logística, arquitectura, administración y recursos humanos. Esto se debe a que la tarea requiere mucho más que asistencia clínica: también supone garantizar suministros, organizar centros de atención, prevenir infecciones y encontrar vías de acceso a poblaciones aisladas.
En nuestro continente, uno de los principales desafíos es la coexistencia de distintas formas de violencia con las consecuencias del cambio climático y las dificultades de acceso a los servicios básicos. “Nosotros consideramos que en América Latina la gran epidemia es la violencia”, afirma Guerrero Castillo. La frase resume una preocupación que atraviesa las intervenciones de MSF en la región, donde las amenazas no siempre aparecen como un episodio repentino, sino que se acumulan sobre comunidades que llevan años expuestas a la inseguridad, la pobreza o la fragilidad de sus sistemas de salud.
La directora menciona el trabajo en Venezuela, donde la organización está presente desde 2015, con proyectos relacionados con la violencia sexual y la atención a comunidades indígenas, entre otras áreas. Tras el terremoto del pasado 24 de junio, MSF desplegó equipos y clínicas móviles en La Guaira, zona del epicentro, y en Caracas. Allí brindó atención primaria, apoyo en salud mental y elementos de emergencia. Aunque la fase de respuesta inmediata concluyó, la organización continúa trabajando en el país y busca fortalecer su presencia de acuerdo con las necesidades detectadas.
“Nuestro rol no es ni sustituir ni reemplazar las responsabilidades de los Estados”, aclara la representante de MSF para América latina.
Guerrero Castillo describe a la sociedad uruguaya como comprometida con las crisis internacionales y regionales. La reciente carrera de Carrasco, las donaciones mensuales y los legados son distintas expresiones de ese apoyo, que permite sostener equipos y proyectos a miles de kilómetros. “Estamos viviendo una suerte de deshumanización en muchos de los sitios donde trabajamos”, advierte. Frente a ese escenario, reivindica un principio que considera esencial para la organización: “Al final, lo común que tenemos es que somos humanos”.