Hay recuerdos que los años no consiguen borrar. Martín Jorge tiene uno de ellos: una noche de su adolescencia, sentado en la quinta o sexta fila del Teatro Solís, mirando una ópera junto a su abuela. La orquesta estaba casi al nivel de la platea porque se había quitado el foso y el director quedaba mucho más expuesto ante el público. Frente a él estaba Federico García Vigil. Algo ocurrió entonces. No fue solo el descubrimiento de la ópera, sino la aparición de una posibilidad.
“Salí y dije: yo quiero ser como ese señor. ¿Qué tengo que hacer?”, recuerda a Domingo. Aquella noche terminó convirtiéndose en un punto de inflexión en su vida. El adolescente que hasta entonces había estudiado piano comenzó a imaginar que podía dedicar su vida a dirigir una orquesta. Décadas después, aquel escenario que contemplaba desde la platea forma parte de su vida profesional: desde 2025 es director del Teatro Solís y durante 15 años estuvo al frente de la Banda Sinfónica de Montevideo, un elenco que el año próximo cumplirá 120 años.
La historia había comenzado en una familia trabajadora de la Curva de Maroñas, donde no había músicos profesionales pero sí una relación cotidiana con la música. “Estaba siempre la radio prendida. Y se escuchaba de todo, sin paradigmas por género”, cuenta. En algún momento pidió estudiar piano. Su padre hizo un esfuerzo importante y compró un instrumento. Así fue que Martín ingresó al Conservatorio Piola, donde cursó durante 10 años y terminó a los 18.
En el liceo ya había encontrado una guía de profesiones universitarias y descubrió que existía una licenciatura en Dirección de Orquesta. Su profesor de piano le explicó que tendría que preparar pruebas de solfeo, armonía y otras materias. También le recomendó estudiar en la escuela municipal para complementar su formación. El camino acababa de comenzar.
A los 18 años se anotó en la Facultad de Ingeniería y en la Escuela Universitaria de Música. En esta última ingresó a Dirección de Orquesta, Dirección de Coro y Composición, y finalmente completó las dos primeras. La idea de ser ingeniero quedó atrás; la música terminó imponiéndose. “En algún momento me di cuenta: esto es lo mío; lo que quiero hacer, a lo que quiero dedicarle todo el tiempo”, reflexiona.
En la universidad tuvo como maestros a Federico García Vigil y Sara Herrera. El primero fue una figura decisiva. Jorge recuerda especialmente su autenticidad y la libertad con la que enseñaba. García Vigil explicaba cómo abordaba una obra, de dónde había aprendido determinado procedimiento y por qué elegía una solución, pero dejaba que sus alumnos encontraran su propio camino. “Él te enseñaba a hacer música como él lo hacía”, recuerda Jorge. La formación continuó más allá de Uruguay: estudió con Alfredo Rugeles en el Instituto Universitario de Música de Caracas, con Zsolt Nagy en Chile y con Piero Bellugi en Estados Unidos. Este último fue otro de los grandes puntos de inflexión.
Bellugi tenía casi 90 años cuando Jorge estudió con él y, sin embargo, lo recuerda con una vitalidad extraordinaria. Más que una suma de conocimientos técnicos, aquellas clases le permitieron comprender una pregunta que todavía acompaña su oficio: qué significa dirigir una orquesta.
De Uruguay al mundo
Su experiencia profesional comenzó a adquirir dimensión internacional. Entre 1996 y 2002 trabajó como asistente musical para dirección de escena en más de 12 producciones operísticas en España, Argentina, Brasil, Costa Rica, Guatemala y Uruguay. En 1999 fue distinguido como Joven Artista de la UNESCO por la Paz.
En 2000 debutó profesionalmente al frente de la Orquesta Filarmónica de Montevideo y desde entonces dirigió como invitado a ensambles de América y Europa. En 2013 realizó su debut europeo con la Kurpfälzisches Kammerorchester de Mannheim (Alemania) y posteriormente dirigió en España e Italia, hasta que en 2022 llegó al Teatro Colón de Buenos Aires. En todo ese recorrido vital y profesional compartió trabajo con artistas como Jonathan Tetelman, María José Siri, Erwin Schrott, Barbara Lluch, Stefano Poda y La Fura dels Baus.
“Cuando pasa lo del Colón, te enfrentás con la sala y decís: ¿cómo? ¿Qué pasó? ¿Cómo llegás a salir a uno de los escenarios más grandes del mundo?”, repasa.
Para él, la validación profesional existe, pero no es el centro. Lo importante, dice, es “lo que sucede durante el concierto”. Y agrega: “Finalmente es lograr que ese rato la gente sueñe, se emocione, que termine pensando; o sea, que salga de esa experiencia distinta a como entró”.
Jorge no cree que el tamaño del Uruguay implique una inferioridad artística. Y pone como ejemplo a algunos cantantes líricos uruguayos que integran los circuitos internacionales más exigentes, como María José Siri, Erwin Schrott, Edgardo Rocha, Darío Solari y Gastón Rivero.
También aclara que la tecnología y las nuevas formas de formación modificaron las posibilidades: los músicos de hoy tienen acceso a repertorios, maestros y experiencias que antes eran difíciles de alcanzar.
Asimismo, considera que técnicamente se toca mejor que hace algunas décadas. Aunque dice que la excelencia individual no alcanza: las instituciones culturales requieren inversión pública. “No es un gasto, sino que es una inversión cultural”, sostiene.
Durante su gestión al frente de la Banda Sinfónica, Jorge llevó música a escenarios muy diferentes: desde el propio Solís hasta barrios, centros comunales e iglesias. Para el director, esa diversidad es precisamente una de las razones de ser del elenco.
Lo clásico y lo popular
La Sinfónica puede trasladar repertorios que una orquesta no siempre puede llevar con facilidad y tiene una historia ligada a los espacios públicos y a la música al aire libre. También se convirtió en una banda capaz de abordar tanto canciones populares como repertorios complejos.
Jorge recuerda especialmente un ciclo en el que programó las Variaciones Enigma, de Edward Elgar. Un músico le advirtió que la obra sería demasiado difícil para el público y que nadie la entendería. La respuesta fue tocarla bien y explicar antes de comenzar qué había detrás. En cada concierto llegaba más gente, impulsada por el boca a boca. “Vino y me dice: tenías razón. Digo, no sé si tenía razón. Estoy convencido de que esto es bueno y hago lo mejor posible”.
También evoca conciertos de Los planetas, de Gustav Holst, tocados fuera de los espacios tradicionales, con los ómnibus circulando por General Flores y la banda llegando al final de la obra en un pianissimo. Cuando llegaba al silencio total, el público respondía con una ovación. Son imágenes que resumen una idea que Jorge repite: la música no necesita solemnidad para conmover.
Para él, la Banda Sinfónica tiene una misión que excede su programación. “Creo que es una herramienta fundamental para construir ciudadanía y espacios en común”, anota.
Esa mirada se formó también lejos de Uruguay. Durante los primeros años de la década de los 2000 vivió en El Salvador y trabajó en proyectos de formación musical y desarrollo social. En un contexto atravesado por la violencia de las maras, participó de programas destinados a que niños y jóvenes tuvieran un instrumento en lugar de quedar expuestos a la calle.
Llegaron a trabajar con unos 600 niños en dos ciudades. Hubo proyectos con personas con discapacidad y adultos mayores, incluso un coro de personas sordas que articulaba con la orquesta. Muchos de aquellos niños terminaron dedicándose profesionalmente a la música. “La música transforma y es calidad de vida”, asegura.
Los jóvenes y la ópera
La misma convicción aparece cuando habla de la ópera. Lejos de verla como un género congelado, considera que sigue siendo una experiencia viva. La ópera es uno de los espectáculos que mayor ocupación consigue en el Solís y Jorge percibe también una incorporación de espectadores jóvenes.
Muchos llegan con una imagen previa de algo acartonado y descubren otra cosa. “Es un espectáculo, un género vivo que puede dialogar con la contemporaneidad”, dice y aclara que el repertorio histórico convive con obras que continúan escribiéndose.
Ese es también el desafío que enfrenta ahora desde la dirección del Solís; aunque el teatro exige una intensidad diferente. Es un espacio que funciona prácticamente todo el año y que, para Jorge, tiene un valor simbólico que trasciende su edificio.
Su mirada apunta a fortalecer el vínculo entre las distintas formaciones artísticas que dependen de la Intendencia de Montevideo (elencos estables que tiene cierta autonomía) y a que esa red tenga una incidencia mayor en la programación.
Quizás por eso, cuando habla de su oficio, vuelve siempre a la misma idea. Dirigir no consiste solo en marcar entradas, resolver ritmos o conseguir que un conjunto toque coordinadamente. Es, sobre todo, establecer una comunicación que no siempre necesita palabras: lograr que durante un concierto, por ejemplo, algo suceda entre quienes están sobre el escenario y quienes escuchan desde la sala.