Mapas para tocar y leer: cómo dos cartógrafos alemanes narran Uruguay desde el papel

Stephan Hormes y Silke Peust elaboran mapas que cuentan historias: cartografían el continente al revés o reconstruyen barrios que ya no existen.

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Stephan Hormes y Silke Peust
N. Rovira

En un mapa del mundo, Uruguay suele aparecer pequeño, discreto, casi al margen. Pero para Stephan Hormes y Silke Peust, cartógrafos alemanes que hace poco más de un año cambiaron Alemania por Montevideo, el país es un territorio inagotable de historias. No solo por su geografía, sino por la densidad de memoria que esconden sus calles, sus barrios y hasta sus ausencias. Desde aquí, trabajan con una premisa poco habitual en la cartografía contemporánea: hacer mapas que no solo orienten, sino que cuenten quiénes somos.

El ejemplo lo despliega Hormes sobre la mesa. Es un mapa en sentido estricto —con escala, límites, países y capitales—pero reproduce una imagen que en Uruguay funciona casi como un emblema: América Invertida, el continente dado vuelta por Joaquín Torres García en 1943. “Todo el mundo lo conoce, hay gente que lo lleva tatuado”, dice el cartógrafo. Lo que no se había visto —hasta ahora— es ese gesto reivindicativo convertido en cartografía real.

La imagen original no respeta escalas ni distancias: es una declaración, no una herramienta. Para los cartógrafos alemanes, el desafío fue traducir ese manifiesto visual a un mapa preciso y medible, sin traicionar su sentido. “En el dibujo, de acá hasta allá (del Sur al Norte) son 10 mil kilómetros. Para el artista es un salto de gato”, se ríe Hormes. En su versión, en cambio, cada punto responde a una proyección geográfica concreta. El Sur sigue arriba, pero ahora el territorio existe con coordenadas reales.

El resultado no es solo una inversión del mapa tradicional, sino una forma distinta de pensarse en el mundo. La referencia a la Escuela del Sur, fundada por Torres García tras décadas en el exterior, atraviesa el trabajo, así como su crítica al orden impuesto desde el Norte. “Esto no es solo un dibujo famoso —dicen—. Es una identidad”. Por eso el mapa incorpora una breve explicación histórica y conceptual: Abya Yala, América Latina, el gesto político detrás de la imagen. El efecto es tan potente que, para ellos, debería estar en todas las escuelas. Una idea que comparte Alejandro Díaz, director del Museo Torres García, con quien ya conversaron sobre el proyecto.

Ese mapa condensa la filosofía con la que trabajan desde que llegaron a Uruguay: integrar historia y precisión, memoria e información.

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Mapa basado en América Invertida de Joaquín Torres García
N. Rovira

Caminar un mapa.

Después del continente, la escala se reduce, pero no la ambición. En los mapas de Montevideo que producen Hormes y Peust, la ciudad deja de ser un entramado de calles para convertirse en un relato superpuesto de capas históricas. Ciudad Vieja, Centro y Barrio Sur aparecen atravesados por huellas que ya no están a la vista, pero que siguen definiendo el espacio: la antigua muralla, las fortificaciones, el trazado previo a la Rambla.

En uno de esos mapas, el barrio El Bajo —desaparecido tras las grandes transformaciones urbanas del siglo XX— reaparece como una presencia fantasma. También se señalan edificios que ya no existen y otros que sobrevivieron a sucesivas demoliciones, junto a construcciones emblemáticas que hoy conviven con semáforos, señales de tránsito y el pulso cotidiano de la ciudad. “Queremos mostrar lo que fue y lo que es al mismo tiempo”, explican. Incluso la tipografía y los símbolos dialogan con mapas antiguos, en un homenaje explícito a una forma de mirar el territorio que antecede a la era digital.

En un futuro mapa, Montevideo se expandirá: de tres barrios —Ciudad Vieja, Centro y Barrio Sur— se pasará a 50, una proporción distinta, el mismo nivel de detalle. ¿Qué tan detallado? Han colocado hasta los quioscos de estilo parisino de 18 de Julio.

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Mapa de Montevideo
N. Rovira

Eso no es un capricho. Responde a una forma muy concreta de entender el mapa como objeto. Hormes apoya la mano sobre el papel y empieza a seguir las calles con el dedo. “Se toca y se viaja con los dedos sobre el mapa”.

El gesto se repite en cada plano: avanzar, volver atrás, comparar. No hay zoom ni capas que se enciendan y apaguen. Todo está a la vista. “Cuando caminás el mapa, entendés mejor el lugar”, dice Hormes. “Después, cuando salís a la calle, lo reconocés”. Les pasó eso mismo cuando llegaron a Montevideo por primera vez.

Proyecciones.

Después de un año de trabajo y exploración, Hormes y Peust ya tienen claro que Uruguay no es solo un lugar donde vivir, sino un territorio donde desarrollar proyectos a largo plazo. Los mapas de Montevideo fueron el primer paso (también tienen uno de Maldonado); ahora piensan en ampliar el alcance.

Uno de los ejes es la educación. Trabajan en contenidos cartográficos digitales orientados a escuelas y liceos, con recorridos históricos y geográficos que puedan usarse en clase o desde un celular. Trayectorias vitales de figuras como José Artigas, Juana de Ibarbourou o José Mujica se traducirían en mapas interactivos que permiten seguir desplazamientos, contextos y momentos clave. También hay proyectos vinculados al patrimonio.

Parte de ese trabajo ya fue presentado ante distintas instituciones: el MEC, el Servicio Geográfico Militar y, más recientemente, Plan Ceibal. La propuesta apunta a producir contenido propio, localizado.

En tiempos de mapas que prometen llevar a cualquier parte en segundos, Hormes y Peust proponen lo contrario: detenerse. Mirar. Tocar. Volver a pasar el dedo por una calle conocida y descubrir que ahí también hay historia. En sus mapas, Uruguay deja de ser un punto pequeño en el margen del mundo y se vuelve un territorio que se puede recorrer sin apuro. Aunque sea, primero, sobre una mesa.

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Mapa de Montevideo
N. Rovira
CUANDO EL MAPA CUENTA OTRA HISTORIA

No todos los mapas de Stephan Hormes y Silke Peust sirven para orientarse. Algunos no indican cómo llegar a ningún lugar, pero ayudan a entender mejor el mundo. Son los que ellos llaman mapas “extraordinarios”: piezas cartográficas que usan el lenguaje del mapa para contar historias culturales, biográficas o simbólicas.

Uno de los más conocidos es el mapa etimológico del mundo, que revela el origen de los nombres de los países. España aparece como “tierra de conejos”; Portugal, como “puerto de los valientes”; Italia, como “país de los becerros”. El trabajo llevó casi dos años de investigación e incluye cientos de topónimos con traducciones a varios idiomas.

Otro ejemplo es el mapa de la vida de Goethe, que traza los viajes, las casas y los lugares clave del poeta alemán. No mide distancias geográficas, sino experiencias. Como retratos o ensayos visuales, estos mapas proponen cambiar el punto de vista y recuerdan que la cartografía también puede ser una forma de narrar.

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