Hace más de mil años, mientras buena parte de la Europa medieval se organizaba en torno a los feudos, los pueblos nórdicos navegaban por ríos y mares para comerciar, explorar territorios y conectar sociedades distantes. Intercambiaban pieles, metales y plata; llegaban hasta Constantinopla y se internaban por las rutas fluviales de Europa oriental. También saqueaban y esclavizaban, actividades que contribuyeron a construir la imagen temible que perdura hasta hoy.
Pero la historia de los vikingos es mucho más compleja que la de los guerreros que muestran las películas. Y para entenderla hay que mirar también hacia el este, donde aquellos navegantes eran conocidos como varegos.
“El mar nunca fue obstáculo, el mar era su carretera”, dice Pilar Ducci, bióloga, historiadora y divulgadora chilena, que visitó Montevideo para hablar sobre estos pueblos nórdicos y las redes de intercambio que contribuyeron a tejer. La conferencia se realizó en el marco de la celebración de los 20 años de la Cámara de Comercio Uruguay–Países Nórdicos.
¿Quiénes eran?
La palabra “vikingo” evoca cascos, espadas y barcos que surcan mares embravecidos. Es la imagen que popularizó el cine, y que convirtió a estos navegantes en una mezcla de guerreros temibles y aventureros audaces.
Pero, según Ducci, esa representación deja de lado una parte fundamental de su historia: la de los comerciantes que recorrieron enormes distancias y conectaron pueblos que vivían a miles de kilómetros entre sí.
¿Quiénes eran los varegos dentro de los grupos nórdicos? No se trataba de pueblos diferentes. Los hombres del norte recibieron distintos nombres según quiénes los describieran y dónde actuaran. En las regiones occidentales se los conoció como vikingos; hacia el este, en torno a las rutas fluviales que llegaban hasta Constantinopla, algunos fueron llamados rus o varegos. No constituían un reino unificado ni una sociedad homogénea, sino comunidades diversas de origen escandinavo.
“Un vikingo jamás se llamó a sí mismo vikingo. Esos eran los nombres que la gente externa les asignaba”, señala Ducci. Según explica, los anglosajones habrían utilizado el término wicing para referirse a estos navegantes. Una de las hipótesis relaciona esa palabra con las bahías o ensenadas desde las que se aventuraban al mar, aunque su origen no está del todo claro. En torno a Novgorod, algunos fueron conocidos como rus, término del que se cree que deriva el nombre de Rusia. En el mundo bizantino, en cambio, se los llamó varegos, una palabra que podría aludir a hombres contratados como mercenarios. “Pero en esencia son la misma gente, son el mismo pueblo, son nórdicos”, resume Ducci.
La Cámara de Comercio Uruguay–Países Nórdicos celebró este jueves 15 sus 20 años de actividad con un encuentro en el Sofitel Casino Carrasco & Spa, que reunió a representantes diplomáticos y del ámbito empresarial. La celebración incluyó una conferencia de la bióloga, historiadora y divulgadora Pilar Ducci sobre los vikingos varegos y su papel en las redes de intercambio comercial que conectaron regiones distantes.
La institución trabaja para fortalecer los vínculos entre Uruguay y Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia. Según datos de la Cámara, más de 55 empresas nórdicas instaladas en el país generan más de 22.000 empleos directos, indirectos e inducidos.
El aniversario coincide con nuevas perspectivas para el intercambio comercial y la inversión, en particular ante los acuerdos del Mercosur con la Unión Europea y con la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA), que integra a los cinco países nórdicos.
Los comerciantes.
Aunque la imagen más difundida de los vikingos está asociada a los saqueos, la navegación también les permitió tejer redes comerciales entre regiones distantes. Desde Escandinavia recorrían el mar Báltico y se internaban por ríos como el Volga y el Dniéper, que los conectaban con Europa oriental y Constantinopla.
Intercambiaban productos y transportaban mercancías hacia el sur, donde podían conseguir productos de lujo, como sedas. Pero el comercio convivía con los saqueos y la captura de personas para venderlas como esclavas. “Los productos extraordinarios eran los esclavos”, señala Ducci, quien recuerda que la esclavización de poblaciones de Europa oriental está vinculada con el origen de la palabra inglesa slave (esclavo), derivada de Slav, que designa a los pueblos eslavos.
“Van a ser de los primeros que empiezan a abrir estas rutas comerciales y a unir distintos pueblos europeos”, explica. Esos vínculos, aclara, se construyeron tanto “para bien como para mal”: mediante el comercio, los matrimonios y las alianzas, pero también a través de la esclavitud, el saqueo y la piratería.
La amplitud de esas redes se refleja en hallazgos arqueológicos: en tumbas de Suecia se han encontrado monedas de plata acuñadas en el califato abasí, a miles de kilómetros de Escandinavia. Ducci también menciona unos grafitis grabados en la piedra de Santa Sofía, en Estambul, que se atribuyen a visitantes nórdicos. Uno de ellos se ha interpretado como un mensaje que dice “Halfdan estuvo aquí”.
Para Ducci, esos vestigios revelan la dimensión humana de los intercambios: “Ahí empezás a descubrir esta tremenda humanidad, esta cosa que nos vincula a través de los siglos”.
La huella de estos viajes también se extendió a Europa oriental. El príncipe nórdico Rúrik se instaló en Novgorod y sus descendientes llegaron a gobernar en Kyiv, donde se desarrolló la Rus de Kyiv, una entidad política medieval fundamental para la historia de la región. El contacto con el Imperio bizantino contribuyó además a la cristianización.
Para la historiadora, esa capacidad de conectar sociedades y mercados permite establecer un puente con el presente. “Esta noción medio cosmopolita y de integración de distintos mercados que hoy podemos identificar claramente en los países nórdicos, lo vemos en el Mercosur, lo vemos en todos ese tipo de acuerdos”, señala.
Parte de su atractivo reside en esa mezcla de audacia y coraje, de violencia y curiosidad, que los convirtió en protagonistas de tantas leyendas. Hace más de mil años, cuando buena parte del mundo parecía dividido por distancias infranqueables, ellos encontraron caminos sobre el agua. Y por esas rutas no viajaron solo guerreros y comerciantes: también circularon historias, creencias y formas de mirar el mundo que, siglos después, todavía nos acercan a ellos.
Bióloga, historiadora y divulgadora chilena, Pilar Ducci lleva más de 30 años de experiencia docente y se dedica a tender puentes entre distintas áreas del conocimiento, como la historia, la ciencia, la antropología y el arte. Apasionada por la Edad Media y las formas de organización de las sociedades del pasado, explora cómo los intercambios, las migraciones y los encuentros entre culturas contribuyeron a moldear la historia.