LUIS PRATS
Durante unos cuantos días de 1969, Neil Armstrong fue la persona más famosa de la Tierra por haber sido el primer ser humano en caminar un rato en otro mundo. Si bien tiene garantizada su presencia en todas las enciclopedias del siglo XX y las que se escriban en el futuro mientras haya enciclopedias, hoy podría repetir su paseo por cualquier calle sin temor a que lo reconozcan.
Cuatro décadas de bajo perfil, apenas quebrado cada tanto por alguna reunión conmemorativa o un encuentro con algún presidente de Estados Unidos, le permitieron recuperar el virtual anonimato en el cual vivía cuando era un simple piloto naval (aunque en esa época se jugaba la vida en misiones bélicas).
Es cierto, aparece en fotografías o videos que son íconos de la historia del siglo XX, pero en casi todas las imágenes está con el grueso traje y la escafandra de vidrio oscuro, indispensable atuendo para recorrer la Luna aquel 20 de julio de 1969.
En otras imágenes se lo ve como un rubio de pelo muy corto, un astronauta como tantos de aquella década prodigiosa en la cual la humanidad creyó que estaba a punto de mudarse al espacio.
En este 2012, Armstrong es un venerable anciano, cuyas andanzas no distraían a la prensa hasta que se le dio por asistir a un encuentro de la Asociación Australiana de Peritos Contables Certificados. ¿Qué tiene que ver la misión Apolo 11 con un balance? ¿Hay alguna relación entre "un pequeño paso para un hombre pero un gigantesco salto para la humanidad" y la verificación de los pasivos, los activos y el patrimonio neto?
Al parecer, sí: el padre del astronauta era auditor de estados contables, por lo cual don Neil aceptó la invitación de los contadores australianos y se puso a contar sus experiencias, en una entrevista con el director de la Asociación, Alex Malley, luego difundida por televisión.
ANTES. Armstrong estaba a punto de cumplir 39 años el día que llegó a la Luna. Había nacido en una ciudad de Ohio de extraño nombre, Wapakoneta, donde su padre ejercía su profesión de auditor estatal. Ese mismo trabajo llevó a la familia en residir en diversos puntos del Estado.
En un aeródromo local surgió su pasión por los aviones. A los 17 años ingresó con una beca en la Marina y al mismo tiempo estudió ingeniería aeronáutica. En la guerra de Corea fue piloto naval y participó en varias misiones.
De regreso, ingresó a una oficina federal que comenzó a planificar viajes espaciales, el proyecto que luego desembocó en la creación de la Nasa. Allí perfeccionó su técnica para tripular todo tipo de aparatos voladores, desde helicópteros a naves supersónicas, hasta que en 1962 fue elegido para el duro entrenamiento como astronauta.
Siete años más tarde fue designado comandante de la misión Apolo 11, la primera que tocaría el suelo lunar. Y como jefe le asignaron la responsabilidad de dirigir la nave hasta allí (que fue conocido pronto como "alunizar") y ser el primero en descender de la escalerilla. Lo seguiría Edwin "Buzz" Aldrin, mientras que para Michael Collins, el tercer integrante del equipo, quedó reservada la ingrata tarea de esperarlos, dando vueltas al satélite en la cápsula que luego devolvería a los tres a la Tierra.
DURANTE. Aquel 20 de julio, a unos 380.000 kilómetros de su casa, Armstrong asomó la cabeza fuera del módulo lunar y con el esfuerzo que le demandaba el complicado traje espacial, bajó la escalerilla hasta plantar su pie en el ceniciento suelo. Y comentó, para los cientos de millones de personas que lo veían en directo por televisión desde la Tierra lo del pequeño paso para un hombre… Collins, a continuación, dejó su propia frase histórica, más espontánea por lo que se sabe que la de su compañero: "¡Qué magnífica desolación!".
Después, los astronautas clavaron la bandera de Estados Unidos en ese desierto gris y sin vida, instalaron diversos instrumentos científicos, recogieron muestras de rocas y antes de una hora regresaron al módulo lunar.
En sus declaraciones a los contadores australianos, Armstrong dejó claro que la breve visita no resultó sencilla.
"Pensaba que las posibilidades de retornar sanos y salvos a la Tierra luego de ese vuelo eran de 90%, pero solamente había 50% de posibilidades de posarnos sobre la Luna en esa primera tentativa", aseguró.
El Mar de la Tranquilidad, sitio elegido para el alunizaje, "no era un buen lugar en absoluto", recordó. "El lugar que marcaba la computadora de a bordo para bajar no era bueno. Estaba lleno de cráteres y rocas del tamaño de un auto. Entonces tomé el control manual y lo volé como un helicóptero en dirección Oeste. Lo llevé a una zona más llana, sin tantas rocas, y encontré un área pareja y pude bajar allí antes de que nos quedásemos sin combustible. Teníamos apenas para 20 segundos", agregó.
Armstrong se rió ante su anfitrión sobre la teoría que afirma que Estados Unidos nunca llegó a la Luna y que el alunizaje fue una recreación en un estudio de televisión con el fin de ganarle la carrera espacial a los soviéticos. "A la gente le encantan las teorías conspirativas, son muy atractivas. (Los comentarios) nunca fueron una preocupación para mí porque sé que alguna vez alguien volará de vuelta y levantará esa cámara que dejé allí arriba".
(No es la única leyenda urbana: por años se dijo que Armstrong había murmurado al volver a la nave "Buena suerte, señor Gorsky", supuestamente porque una vez cuando era niño escuchó a la señora de su vecino, de ese apellido, decirle a su marido que lo complacería con determinado juego sexual "el día que el hijo del vecino se pasee por la Luna". Armstrong nunca lo confirmó).
Además, el exastronauta lamentó los recortes presupuestales que afectan a la Nasa y postergarán por años nuevos viajes espaciales. "La Nasa -dijo- ha sido uno de las inversiones públicas más exitosas en motivar a los estudiantes a hacer las cosas bien y alcanzar todo lo que puedan alcanzar. Es triste que estemos llevando el programa en una dirección en la que reduzcamos la cantidad de motivación y estímulo que le da a los jóvenes".
DESPUÉS. Cuatro días después del alunizaje, los tres astronautas estaban de regreso en la Tierra. La cápsula que los transportaba, última porción del gigantesco cohete Saturno V que inició el viaje, cayó cerca de Hawai y fue rescatada por un portaaviones. Los astronautas estuvieron tres semanas en cuarentena, por si traían algún virus lunar desconocido, y luego fueron agasajados por interminables homenajes en Estados Unidos y varios países.
Tiempo después, Armstrong dejó la Nasa y fue contratado como asesor por empresas del sector aeronáutico. Se supone que nadie pude dejar de pedirle un consejo a alguien que anduvo en la Luna.
Aldrin atravesó muchos problemas al regresar. Cayó en el alcoholismo, según él, porque no estaba preparado para la fama que lo esperaba. Armstrong, en cambio, no sufrió con el regreso a los días de hombre común. Por lo menos eso es lo que cuentan sus biografías. Fue tal vez porque trató de mantener amplias porciones de su vida bajo un telón de discreción. Corrió un poquito ese telón ante los colegas de su padre, pero después volvió a un silencio parecido al que encontró allá arriba.
El astronauta también caminó por Uruguay
Neil Armstrong estuvo en Uruguay, pero no para investigar la posible llegada de ovnis a la estancia La Aurora, como sostiene una leyenda urbana criolla, sino en el marco de una gira de relaciones públicas de los astronautas, promovida por la Nasa y el gobierno de Estados Unidos en un momento en que la carrera espacial formaba parte de la Guerra Fría contra la Unión Soviética.
Armstrong, su colega Richard Gordon y las esposas de ambos, junto a dos técnicos del organismo, llegaron a Montevideo el 23 de octubre de 1966. Todavía no había sido designado para comandar la misión Apolo 11, pero ya era uno de los potenciales expedicionarios de la Luna, lo cual su presencia despertó gran interés por parte del periodismo. Los enviados de la Nasa continuaron su periplo propagandístico en Buenos Aires.
Años después se sostuvo que hacia 1976 Armstrong había regresado al país como periodista de la revista estadounidense Newsweek para investigar extraños sucesos en La Aurora, un establecimiento rural ubicado entre los departamentos de Salto y Paysandú. A mediados de la década de 1970 se denunciaron extraños fenómenos allí ocurridos, supuestamente causados por la visita de naves extraterrestres. Según una investigación de El País en 2008, el propio Armstrong -a través de su secretaria- negó esa segunda visita a Uruguay, aunque algunos testigos siguieron afirmando que el astronauta había estado en la enigmática estancia.