Todas las historias arrancan más o menos igual. Con una taza que se usaba en la casa de la abuela o con un juego de té que fue pasando de generación en generación, pero solo reservado para ocasiones especiales. Las mujeres protagonistas de esta nota encuentran en esos objetos que marcaron su infancia, la explicación de una pasión que hoy ocupa la mayor parte de su tiempo y que, según aseguran, está en auge: la vajilla antigua.
“Me atacó el síndrome de la porcelana”, lanza Mariela Pereyra (55 años) al recordar el momento en que ingresó a este mundo. “En realidad fue un proceso que comenzó por el 2018, cuando se me rompe una taza inglesa muy antigua que era de mi abuela y en la que yo tomaba el té con leche en su casa cuando era pequeña. Era la última que quedaba del juego y me parecía horrible tirarla porque tenía algo implícito de recuerdos y de emotividad”, cuenta a Domingo.
Entonces buscó una joyera y se mandó a hacer un medallón con lo que quedaba de la taza. “Ahí me empezó a picar el bichito de por qué no rescatar vajilla”, dice quien primero fue en busca de lo que pudieran haber guardado sus familiares, pero con la motivación no solo de hacerse de los objetos, sino también de las historias que había detrás.
“Empecé a tener piezas muy importantes que me llegaban, me las regalaban o que encontraba en remates… o las piezas me encontraban a mí”, señala al identificar lo que la llevó a crear su emprendimiento, al que bautizó Le Petit Buffet. “En francés quiere decir ‘pequeño mueble’, que es donde mi abuela guardaba la vajilla antigua, pero además tiene el otro sentido del servicio para eventos, porque también alquilo las piezas”, explica.
Actualmente tiene más de 3.000 piezas de vajilla de té, además de cubertería y cristalería. Al principio las guardaba en su casa en cajas, lo cual le dificultaba dar con las piezas cuando alguien le pedía algo en particular. Fue por eso que un día se decidió a buscarles un lugar y abrió un pequeño local a media cuadra de la Plaza Independencia de Rocha, ciudad en la que vive.
“Traté de recuperarlo lo más que pude con elementos arquitectónicos que retrotrayeran a una edad donde el té era importante, como hasta el 1900. Además es el punto de la ciudad donde mis padres se conocieron, por eso digo que esto me encontró a mí por algo”, señala.
Mariela fue durante mucho tiempo docente de historia e hizo la carrera de Relaciones Internacionales con un gusto especial por todo lo referido al protocolo y el ceremonial. Además, trabajó en la Intendencia de Rocha en la parte de Relaciones Públicas. Toda esta experiencia, más capacitaciones online como la que hizo en la Universidad de Córdoba vinculando la porcelana con la negociación, fueron preparándola para lo que le gustaría que con el tiempo se transformara en su principal actividad (actualmente es gerente de una financiera).
“Siempre donde vea que hay algo que pueda aprender sobre la porcelana, la vajilla y demás, allí me prendo”, apunta quien también se ocupa de capacitar a otros, dando cursos en escuelas y liceos poniendo énfasis tanto en los modales como muestra de respeto, como en inculcar la idea de la reutilización. “La vajilla es una de las cosas más contaminantes, no se recicla, pero sí se reutiliza”, informa.
Si bien mucho lo encuentra en remates en Montevideo, destaca que “en el interior hay pueblitos espectaculares donde hay vajilla mágica”. “Por ejemplo, en la frontera con Brasil tienen vajilla que viene de la época de 1800 o 1900 y de la que muchas veces no saben su valor”, apunta.
Cuenta que la pieza más cara que posee es una taza con platillo inglesa que data de 1890. “Puede estar valiendo US$ 500 aproximadamente”, acota.
Desde hace un tiempo la coleccionista está escribiendo lo que en algún momento desearía que se transformara en un libro sobre vajilla antigua. “Yo ya estoy en una edad en que quiero bajar los decibeles y la vajilla es lo que me trae a tierra, me despeja y me conecta con otras cosas”, resume.
Concurso, un Té Patrio, Cerati y la reina Victoria
Uno de los eventos que concentra la atención de los coleccionistas y vendedores de vajilla antigua es el Concurso de Mesas de Té de Conchillas (Colonia). Los participantes suelen acudir a ellos ya sea para comprarles o alquilarles piezas para armar sus mesas.
Rosario Regueiro (Laxaga) va más allá de eso. Días antes del certamen viaja a Conchillas para informarse sobre hospedaje, comida y precios. “Lo hago como un servicio a mis clientas concursantes”, dice.
Mariela Pereyra, de Le Petit Buffet, ha llegado a participar. “En el 2023 ganamos con una mesa donde había una propuesta infantil con un menú apto para diabéticos”, cuenta. Mariela también destaca en el armado de eventos.
Por ejemplo, el año pasado organizó un Té Patrio en Rocha para conmemorar el bicentenario de la Declaratoria de la Independencia. “Fue una quijotada. Eran todas mesas montadas con vajilla inglesa, en tonos de celeste, blanco, azul y amarillo, los colores de la bandera. Y la gastronomía era bien nuestra, con productos típicos. Se desbordó; fueron 150 personas. Estuvo espectacular”, relata con orgullo quien también participa de los Encuentros del Té, que organiza Mónica Devoto.
Mariela además brinda talleres en Rocha vinculados al protocolo y etiqueta del té o de la mesa en general. A los niños y adolescentes les diseña talleres en los que les enseña sobre el medio ambiente, los valores y los modales a través de la vajilla.
“Es sorprendente porque tú piensas que un adolescente no te va a dar bolilla y los atrapa”, comenta y pone como ejemplo que se refiere a la reina Victoria como una influencer de su época o que apela a la canción de Gustavo Cerati Té para tres. “Les cuento la historia de esa canción y la mesa la armo en base al amarillo, el color preferido de Cerati”, describe.
Por el lado de los niños, le ha tocado trabajar en contextos críticos y asegura que los resultados son muy buenos.
De las que más sabe
Quienes se dedican a la vajilla antigua dicen que en Uruguay no existe una comunidad organizada sobre el tema, pero que se conocen entre sí y se consultan llegado el caso. Una de las referentes a las que acuden es Rosario Regueiro (70), que llamó Laxaga a su emprendimiento de compra y venta de vajilla por su apellido materno.
“Mi mamá fue la primera que me dejó todas estas cosas”, explica quien empezó con Antigüedades de campo, un local en Young (Río Negro) donde vendía todas las cosas de la casa que desarmó en el campo cuando se mudó a la ciudad porque su hijo empezaba el liceo. Allí también acumulaba lo que iba heredando por el fallecimiento de distintos familiares.
El negocio funcionó siempre muy bien, pero llegó un momento que Rosario ya no pudo seguir con esa logística de objetos tan grandes y lo cerró. “Liquidé los muebles y empecé con la vajilla. Primero la tuve en un local que alquilaba para pequeños eventos y desde 2008 está en otro local más chico que funciona como depósito o lugar de exhibición”, relata.
Dice que su gran amiga Dolores Domínguez la orientó bastante en el tema y luego siguió aprendiendo sola, recurriendo mucho a Internet primero y más recientemente a la Inteligencia Artificial.
“Yo siempre fui muy de terrón, muy rural; andaban las tazas por mi casa y jamás les di corte. Era de las que decía ‘nunca en la vida voy a tener Willow’, porque tomaba la leche, comía… todo en Willow y el tiempo me ha llevado a ser la que más colecciona Willow”, comenta haciendo referencia a uno de los sellos ingleses más famosos (ver recuadro).
No tiene idea de cuántas piezas acumula ni cuál ha sido la más cara. “He tenido vajilla de 1840, de 1850; hasta hoy tengo algunos diseños exclusivos”, apunta. Lo que sí tiene claro es que no se mueve de Young para conseguirlos. “Mi territorio es el norte del Río Negro. Tenemos otros códigos después de la Barra de Santa Lucía, otro estilo de vida, otra familiaridad que hace que enseguida sepas quién falleció y si puede tener algo en su casa para ir a comprar”, detalla.
Su principal medio de venta es Instagram, donde se caracteriza por publicar todo acompañado de una historia que lo vuelva más atractivo, aprovechando la experiencia adquirida de su pasado como periodista del diario El Día.
“La gente quiere que le cuentes un cuento, quiere una narrativa, y que le crees la ilusión de algo”, asegura.
Sostiene que le compran con dos objetivos. El primero es coleccionar; el segundo tiene que ver con un componente aspiracional. “La vajilla antigua te da como una pátina de historia, te agrega trayectoria. Uno puede decir ‘era de mi abuela’, ‘era de mi tía’; te da una cosa de lujo antiguo”, analiza.
También la han favorecido cosas tales como la pandemia, que hizo que la gente se dedicara más a su casa y empezara a servir el té en una vajilla especial, o la moda de series como Downton Abbey, Bridgerton o La Edad Dorada.
“Últimamente estoy aprendiendo un poco de restauración”, cuenta Rosario. “Algunas piezas lo justifican, otras no. Sobre todo para esa taza que era de la abuela y con la que tienen un apego”, agrega volviendo sobre algo fundamental de su actividad: el valor sentimental que cargan estos objetos.
Por las calles
En Montevideo hay muchos amantes de la vajilla antigua; Doris Soca (@dona.vajilla, 64 años) es una de ellos. Lo que más vende es vajilla inglesa, alemana y francesa.
“Hace unos 15 años, un día mi hermano me invitó a tomar un café en su casa y me lo sirvió en unas tazas de porcelana muy fina, Paragon. Me parecieron tan bonitas que me entró una curiosidad muy grande y empecé a buscar. Entré en ese mundo y me fascinó”, recuerda de sus comienzos en el tema.
Con ese mismo hermano, que no es otro que el reconocido chef Hugo Soca, fue a la feria de Tristán Narvaja y se enamoró de unas tazas Rosenthal.
En otra oportunidad, recorriendo una feria de 8 de Octubre, encontró un plato igual al de un juego inglés que tenía su abuela por el que se peleaba con su hermana cuando eran niñas. Y confiesa que tiene un juego Royal Albert que se cotiza bastante, pero que nunca puso a la venta.
“Hoy está muy difícil conseguir todo eso”, comenta y agrega que ha llegado a traer piezas de Canadá, pero no es algo económico de hacer porque son paquetes que pesan mucho para evitar roturas.
Por estos días, Doris está mudándose a una nueva casa y tiene pensado destinarle toda una habitación a su vajilla y mantelería antigua. “Realmente es un mundo maravilloso. No solo aprendés y conocés, sino que disfrutás mucho”, asevera.
Contar historias
Hace 10 años, cuatro amigas de Lascano (Rocha) que integraban el Rotary Club se propusieron organizar una feria navideña. Entre las cosas que juntaron había varias antigüedades, lo que les dio la idea de seguir en el tema.
“Nos reuníamos en la casa de Olga, una señora que hoy tiene unos 90 años, que era la tía de una de nosotras. Por eso le pusimos Tía Olga al emprendimiento”, cuenta Gisella Silvera (55) sobre el local en el que vendían varias cosas.
Con el tiempo las amigas tomaron caminos diferentes.
Una de ellas, Laura Techera (61), creó Amaranta Vintage inspirada en un puñado de piezas de loza antigua inglesa que su padre había heredado de su abuela y que cuando era niña ella solía contemplar con admiración. “Cuando mis padres fallecieron, las repartimos con mi hermano, y yo me quedé con la sopera, la salserita y unas fuentecitas”, recuerda.
Comenzó comprando poco a través de Mercado Libre, pero la cosa fue creciendo. “Nunca fui consciente de que iba a llegar a tener tanta vajilla, a conocer tanta gente y a informarme tanto sobre los sellos y sus materiales”, afirma quien comercializa por medio de su tienda virtual para todo el país.
Laura no acumula muchas piezas, pero no porque no le vaya bien, sino todo lo contrario: es difícil que pueda hacerse de un stock porque así como entran las cosas, salen para la venta.
Quizás algunas piezas requieran pasar por un acondicionamiento previo, aunque para ella hay “fallas” que le otorgan valor al objeto. “Por ejemplo, yo no menciono en las publicaciones de Instagram que tienen craquel porque para mí es parte de la historia de la vajilla, es como su sello de autenticidad. Si el cliente me pregunta, ahí sí le digo”, aclara.
Hace poco vendió un juego inglés en US$ 2.000, que se fue para Soriano. “Todo va en lo que pueda comprar”, acota sobre una actividad que, por ahora, ocupa sus ratos libres, dado que trabaja en una estación de servicio, al igual que su ex socia Gisella.
“Para mí esto es un arte”, subraya. “Es un rescate consciente. Busco piezas que fueron parte de un legado familiar para que encuentren otra oportunidad de brillar en mesas de ahora y pasen a formar parte de la historia de otras familias”, destaca y agrega que eligió el nombre Amaranta no solo inspirada en el personaje de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, sino también porque en griego significa “la que no se marchita”.
Por el lado de Gisella, si bien también siguió con la vajilla, últimamente se ha enfocado más en la mantelería antigua que vende o alquila bajo el nombre Tía Olga.
“Yo no lo veo como una antigüedad, sino como algo que cuenta historias y que lo podemos incluir en la vida moderna, en el mobiliario actual, y disfrutarlo”, sostiene sobre lo que adquiere en forma virtual gracias a proveedores que le envían fotos.
Si las piezas llegan manchadas, las interviene. En sus comienzos era más difícil porque no tenía tanta información para tratarlas; actualmente con Internet y la llegada de nuevos productos, el proceso se torna más sencillo.
“Es raro, pero me han llegado algunas sábanas impecables con ese perfume propio de piezas que han sido cuidadas y conservadas, un perfume más a tienda”, comenta y añade que las sábanas antiguas son muy buscadas hoy en día por su calidad y por una experiencia que no ofrecen las sábanas modernas. “Son como un mimo, dormir entre puntillas y en ese lino de algodón”, comenta.
Por ejemplo, el día que habló con Domingo la había contactado una señora que está por abrir una hostería en el campo, y quería equiparla con sábanas y mantelería antiguas.
“Hace 10 años llegamos a vender manteles por $ 10.000, pero no era algo tan común. Hoy un mantel bueno se puede vender a $ 5.000”, señala y detalla que los que compran suelen ser gente mayor de 30 años, mientras que los que superan los 60 buscan vender porque ven que a su familia no le interesa lo que tienen.
Recuerda especialmente lo que le sucedió cuando todo comenzó y publicaron un video de la feria navideña. Entre los objetos, una señora de Durazno identificó la taza que le faltaba de un juego de té inglés que le había heredado su madre. Se comunicó de inmediato y pudo completar las 12 tazas. “¿Sabés por qué te lo cuento?”, le pregunta Gisella a Domingo. “Porque hace pocos días esa misma señora me pidió un juego de 24 piezas para regalarle a su hija y me dijo que nunca se iba a olvidar de cuando encontró la taza de su madre. Es una anécdota para mí muy importante”.
Está claro que estas piezas son un nexo entre generaciones, ya sea para atesorar recuerdos que pasan de padres a hijos como para crear nuevos. Así lo ven quienes se dedican a la vajilla antigua. “Este negocio tiene toda una mística. Es una forma muy linda de permanecer y de trascender”, resume una de sus cultoras.
Del encierro en los armarios al auge vintage
“La vajilla antigua volvió a estar en auge”, asegura Luciana Andión, especialista en protocolo y ceremonial.
En Uruguay, las vajillas empezaron a llegar en el siglo XVIII y tuvieron su auge alrededor de 1920, cuando se instauró el concepto de “te regalo un juego completo para tu casamiento”. Como era algo tan costoso y especial, nuestras abuelas empezaron a guardarlo para usar solo en “ocasiones especiales”, ocasiones que nunca llegaban.
Luego vino una generación que no las valoró y prefirió recurrir a vajilla más práctica, que se pudiera usar en el microondas. La gente comenzó entonces a desprenderse de esos juegos y los coleccionistas fueron comprando piezas sueltas y vendiéndolas por separado.
“Lo que volvió a traer la vajilla fue la moda vintage, que permite mezclar tazas de estilos o épocas distintas”, relata Luciana.
Lo que más se encuentra en nuestro país son sellos de Inglaterra, Francia y Alemania. “Hay algo de Bulgaria o lo que era Checoslovaquia”, apunta la especialista y menciona al inglés Johnson Bros, al francés Limoge y al alemán Bavaria como ejemplos.
Otra cosa que ocurre es que hay piezas que son amadas u odiadas según las épocas. Es el caso del sello inglés Willow, que fue creado en Europa como una imitación de la codiciada porcelana china e invadió todas las mesas con sus piezas blancas con dibujos en azul. “Llegó un momento que la gente se hartó y las dejó de lado. Pero hoy vuelven a estar entre las más coleccionadas”, señala.
Toda esta información está presente en los dos tipos de cursos que Luciana dicta en el año: etiqueta del té (hay uno el 27 de mayo) y vajilla antigua (en agosto habrá uno de porcelana francesa). La información está en el Instagram @addvalueuy.
Luciana es además jurado en el Concurso de Mesas de Té de Conchillas.
“Cuando uno saborea un té en una taza antigua, tiene otro sabor. Todo entra por los ojos y comunica mucho más, además de agasajar al otro de una manera muy elegante”, destaca.