El papel camilla duraba poco en el consultorio de Gabriel Krygier. Entre paciente y paciente, había que reponerlo. Un superior se lo hizo notar, en medio de reproches por otras cuestiones administrativas. Sin embargo, también le reconoció algo que jugaba a su favor: era difícil prescindir de un médico que sí examinaba a sus pacientes. Y el gasto de papel camilla era la prueba.
A Krygier le gusta volver a esa anécdota porque resume algo que considera esencial en su profesión. “El buen oncólogo no es el que sabe más”, sostiene. El conocimiento importa, por supuesto, pero no alcanza si el médico no mira a los ojos, no escucha o no se toma el tiempo de llamar a cada persona por su nombre. “El paciente te va a depositar algo que es muy valioso: su vida, su fe y su confianza”, dice.
A los 63 años, después de 36 dedicados a la oncología, conoce bien el peso de esa confianza.
Como director de la Cátedra de Oncología Clínica de la Facultad de Medicina de la Udelar, ha visto cómo una especialidad que antes ofrecía pocas opciones frente a determinados tumores se transformó con la llegada de nuevas terapias. Algunos cánceres que tenían un pronóstico devastador hoy pueden tratarse durante años. La ciencia cambió; la responsabilidad de quien está frente al paciente, no.
Siempre la verdad.
La medicina fue una elección temprana para Krygier y encontró en la oncología una especialidad que reunía lo que le interesaba: el contacto con los pacientes, la investigación y la enseñanza. No llegó a ella por una historia familiar ni por una experiencia personal con el cáncer. “Para ser oncólogo tenés que tener vocación”, dice sin vueltas. A diferencia de otras especialidades, explica, el vínculo con el paciente puede extenderse durante años: desde el diagnóstico y los tratamientos hasta los controles posteriores, si la enfermedad remite, o las etapas más avanzadas, si progresa. Para él, esa continuidad hace que la vocación sea indispensable, incluso en una medicina cada vez más atravesada por los avances tecnológicos.
Krygier se recibió de médico en 1989 y comenzó su formación en oncología a principios de la década de 1990. Desde entonces, recorrió los distintos escalones de la carrera académica hasta llegar la dirección de la Cátedra. También se formó en investigación en Canadá.
Cuando empezó, las opciones para tratar muchos tumores eran mucho más limitadas. En el cáncer de mama, recuerda, había apenas un puñado de medicamentos disponibles, frente a una variedad de tratamientos que hoy exige conocer las características moleculares de cada tumor para decidir cómo abordarlo. La incorporación de nuevas terapias cambió el pronóstico de algunas enfermedades que antes dejaban muy poco margen de acción. “Si nuestros antecesores se despertaran hoy, no podrían creer lo que es la oncología”, señala.
Algunas de las lecciones más importantes de Krygier no llegaron de un nuevo tratamiento, sino de sus propios pacientes. Hace más de dos décadas, atendió a una mujer con cáncer de mama que vivía en el Borro. Había un estudio, que costaba en ese entonces unos US$ 4.000, que podía ayudar a determinar si necesitaba quimioterapia. Krygier no le habló de esa posibilidad porque supuso que no podría pagarlo y no quería sumarle otra presión. Tiempo después, la mujer le contó que sus hijos vivían en Estados Unidos y podían haber costeado el estudio. “Usted se equivocó”, le increpó. El médico reconoció el error. “A partir de ese momento no mentí más”, recuerda.
La lección no se limitaba a no ocultar una alternativa por motivos económicos: tampoco le correspondía decidir por el paciente qué información debía conocer ni qué opciones podía considerar. Esa honestidad no excluye la sensibilidad a la hora de comunicar un diagnóstico o hablar de la evolución de la enfermedad.
Para Krygier, se puede “suavizar” la manera de transmitir una noticia sin ocultar la realidad. También hay que reconocer los límites de lo que se sabe. La clave está en encontrar la forma de hablar con cada paciente, de acuerdo con lo que necesita y quiere saber, sin ofrecer certezas que el médico no puede garantizar. “El paciente oncológico tiene que saber la realidad. ¿Cómo? De la mejor manera que la puede entender”, explica.
Con los años, también cambió su mirada sobre las terapias alternativas y complementarias. Al comienzo de su carrera rechazaba estos abordajes, pero hace unos 25 años decidió estudiarlos antes de descartarlos. “No puedo rechazar todo”, recuerda que se planteó entonces. En ese camino aprendió a distinguir entre prácticas que pueden ayudar a sobrellevar la enfermedad y sus tratamientos -como el yoga, el tai chi, la acupuntura o la musicoterapia- y productos que se ofrecen como remedios sin evidencia suficiente. Nombra, por ejemplo, preparados como la uña de gato o el cartílago de tiburón, e incluso la práctica de ingerir gorgojos vivos en cantidades crecientes, con la supuesta promesa de limpiar el organismo. El problema, explica, es que todo suele quedar mezclado en una misma bolsa. También le preocupa que los pacientes no cuenten a sus médicos qué están tomando, a veces por vergüenza. Algunos de esos productos pueden interferir con la metabolización de los medicamentos oncológicos y provocar toxicidades inesperadas.
Krygier no cree que el médico deba prohibirle al paciente estas prácticas, sino darle información para que pueda decidir con conocimiento de los riesgos. “Vos vas a hacer lo que quieras”, les dice, pero insiste en que es importante que conozcan las posibles consecuencias de sus decisiones.
Una revolución.
En casi cuatro décadas, Krygier fue testigo de una transformación profunda de la oncología. Los avances en los estudios por imágenes y en el análisis molecular de los tumores permitieron afinar los diagnósticos y elegir tratamientos cada vez más específicos. El cáncer, además, dejó de ser necesariamente una sentencia de muerte incluso en ciertos casos avanzados. Para el médico, el desafío es que esos avances se traduzcan en oportunidades concretas para quienes los necesitan.
Uruguay -dice- tiene algunas fortalezas para enfrentar ese desafío. Cuenta con un Registro Nacional de Cáncer reconocido por su calidad y con el Fondo Nacional de Recursos. Sin embargo, el desarrollo de la investigación clínica sigue siendo una materia pendiente. Las demoras burocráticas y los tiempos de aprobación de los estudios pueden hacer que los ensayos resulten más difíciles de implementar que en otros países de la región. “Estas limitantes no ayudan a que Uruguay sea una plaza atractiva”, afirma.
La oncología seguirá cambiando a medida que aparezcan nuevas herramientas. Krygier ha visto transformarse la especialidad a lo largo de su vida. No duda usar la palabra “revolución”. Sabe que sus residentes trabajarán con recursos que eran impensables cuando él comenzó. Pero, para él, el desafío no es solo aprender a utilizar esas herramientas, sino mantener la capacidad de escuchar y comprender a quien tienen enfrente. “Eso no lo va a reemplazar la inteligencia artificial”, dice. Insiste: escuchar, mirar a los ojos, llamar al paciente por su nombre y dedicarle tiempo siguen siendo parte fundamental de la consulta. Porque, como dice, quien llega a su consultorio deposita en el médico algo que va mucho más allá de una expectativa de curación: “Su vida, su fe y su confianza”.