En los mismos jardines en los que según una tradición multisecular el rey Salomón habría compuesto el Cantar de los Cantares del Antiguo Testamento, hace más de un siglo existe una iglesia uruguaya. Estamos hablando de Hortus Conclusus (Huerto Cerrado), un santuario que también tiene mucho de argentino y que está en Tierra Santa, en lo que hoy es Cisjordania. La explicación remite al primer arzobispo uruguayo, Mariano Soler, quien impulsó este proyecto movido por una “experiencia religiosa”.
Según detalla el propio Soler en su libro Hiperdulía, a 10 kilómetros de Jerusalén y a corta distancia de Belén encontró “un pequeño oasis rodeado por un árido desierto, en el lugar denominado por los árabes Urthas, que es el antiguo Etham de la Biblia”.
Se trata de un territorio que “es hoy parte de la administración palestina, pero que está enclavado en el medio del suelo de Israel, íntegramente rodeado por este país”, según se describe en el segundo tomo de Arquitectura, arte y patrimonio en las iglesias de Uruguay, de Miguel Álvarez Montero y Julio Testoni.
Soler cuenta que en uno de sus tantos viajes a Tierra Santa tuvo la satisfacción de visitar ese sitio. “La impresión que experimenté no se me borrará jamás. ¡Un jardín en medio del desierto, un vergel florido cercado de áridas montañas! Es la imagen de María, bella, hermosa e inmaculada, en el desierto árido de este mundo”, escribió quien siempre tuvo devoción por la Virgen María, a quien atribuye haberlo salvado de morir ahogado cuando tenía apenas 8 años.
El guía árabe que lo acompañaba pronunció “¡Huerto cerrado! ¡Fuente sellada!”, palabras que remiten a la Virgen y que contribuyeron a esa sensación tan particular vivida por el entonces sacerdote. Este relató que le pareció ver a la imagen de María del Huerto flotar sobre las flores de aquel edén, como reclamando que allí se levantara un santuario por parte de Las Hijas de María del Huerto.
Vale aclarar que estas religiosas, junto con las monjas Visitandinas o Salesas, habían sido las dos primeras congregaciones femeninas que se establecieron en el Uruguay el 18 de noviembre de 1856.
Manos a la obra
Soler convenció al papa León XIII de que aceptara su iniciativa, pero necesitaba la autorización del sultán de Turquía Abdul-Hammid II para concretarla ya que las tierras eran de su propiedad.
Pidió ayuda a varias personas y se unió a una caravana que durante 38 días recorrió el desierto de Arabia siguiendo las huellas de Moisés durante el éxodo del pueblo hebreo. Cuando regresó todos los obstáculos habían desaparecido: el jeque de Ortás que al principio se oponía, aceptó; el terreno ya estaba libre y desmontado, y gracias al patriarca armenio-católico Azarián, el sultán dio su visto bueno el 17 de marzo de 1897.
Fue ese día que se colocó la piedra fundamental, en un acto en el que Soler estuvo presente.
Para poder llevar adelante la construcción, el sacerdote golpeó todas las puertas que pudo en Uruguay, pero el dinero no alcanzaba, así que tuvo que recurrir a católicos argentinos. Logró entonces que todos los obispos de ese país recomendaron realizar esta obra que llevó cinco años.
El santuario Hortus Conclusus fue inaugurado en 1902, cuando Soler ya había sido ungido como arzobispo de Montevideo.
La construcción
Según publicaciones del doctor en teología Pedro Gaudiano, se talló la montaña en una extensión de 70 metros de largo por 36 metros de ancho y 17 metros de alto para asentar el edificio, lo cual llevó dos años de trabajo y 2.000 kilos de pólvora.
Alrededor de todo el terreno comprado se había construido, con piedra de sillería, un gran muro de 70 metros de largo por 13 de alto para separar el edificio del jardín y formar la plataforma del santuario.
Además se levantó un puente de 80 metros por 7 metros de alto y 3,5 metros de ancho sobre 16 arcos para que atravesara el jardín y sirviera como comunicación con la villa inmediata de Ortás. Y se construyó un gran muro central que cubría el frente de la montaña en la parte que serviría de terraza del edificio y un gran canal para desagüe de las lluvias torrenciales del invierno, que atravesaba el valle, a fin de no invadir el huerto propiamente dicho.
El santuario quedó entonces ubicado entre los dos cuerpos del edificio, uno para las religiosas del Huerto y otro que serviría de asilo u hospicio. El capellán tenía su casa aparte, separa del santuario con el jardín por medio.
A ambos lados del gran portal del edificio se encuentran empotradas en el muro dos piedras de mármol de cuatro metros de longitud. En la derecha hay una inscripción en francés que explica el significado del santuario y en la izquierda están grabados los escudos de Argentina y Uruguay unidos en el monograma de María coronada.
También hay un busto de mármol con la figura de Monseñor Soler que fue donado por la Archicofradía del Santísimo Sacramento de la Catedral de Montevideo.
El 25 de marzo de 1903, cumpleaños del arzobispo, se inauguró el Asilo de Huérfanas con cinco niñas armenias de Belén. Al año siguiente ya eran 26 y quedaron varias afuera por falta de espacio. Además atendían a varios enfermos de Ortás en el dispensario.
Durante más de un siglo, Hortus Conclusus fue un internado que atendía niñas cristianas y un jardín de infantes para niños musulmanes. Actualmente es una casa de retiro y encuentros.
También durante mucho tiempo siempre hubo una hermana uruguaya o una argentina en la comunidad del santuario, cosa que ya no está pasando porque no hay tantas religiosas.
Vale destacar que un año antes de la inauguración, Soler entregó la posesión de Hortus Conclusus a la congregación Hijas de María del Huerto, teniendo presente que habían sido las primeras en llegar como misioneras al Uruguay y que el nombre que las distingue alude precisamente al Huerto Cerrado en el que se levanta esta increíble iglesia uruguaya en Tierra Santa.
Una zona conflictiva que complica las visitas
El santuario Hortus Conclusus ha sido visitado por varios uruguayos. Uno de ellos fue Monseñor Alberto Sanguinetti, quien fue en tres oportunidades.
“La primera vez que fui a Tierra Santa fue en 1984”, cuenta a Domingo. “Me fui solo y estuve más de 20 días, entonces hacía todo caminando e iba tomando ómnibus en la calle. Me fui caminando desde Belén una tarde y llegué”, agrega.
Las otras dos veces lo hizo en peregrinaciones en las que iba como guía. “Eran de unos 10 días y en Tierra Santa, y siempre después de ir a Belén, íbamos al santuario. Contactábamos antes a las hermanas y comíamos ahí, además de celebrar”, relata Monseñor Sanguinetti.
Cree recordar que la segunda visita fue en 1993, cuando cumplió 20 años como sacerdote y fue acompañado de su madre. La última visita no sabe precisar si fue en 1995 o 1996. Tuvo intenciones de ir una vez más, pero finalmente le cedió su lugar a otro sacerdote.
Monseñor recuerda que no eran visitas fáciles por tratarse de una zona tan conflictiva.
“Una vez tuvimos un problema porque en el ómnibus llevábamos una bandera uruguaya medio arrollada y como tiene los mismos colores que la bandera de Israel, nos empezaron a tirar piedras. Tuvimos que tomar taxis porque el ómnibus no se animaba a entrar”, comenta. Igual reconoce que actualmente la cosa está mucho peor, lo cual lo desalienta a programar otro viaje ya que le encantaría retornar a Hortus Conclusus.
Lamenta que la Iglesia uruguaya no le pueda prestar mucha atención a lugares como estos, entre otras cosas porque tiene poca estructura.
Sanguinetti describe a la iglesia de Hortus Conclusus como “medio ojival” sin llegar a ser gótica. “El lugar se ve lindísimo. Uno llega y abajo está todo ese huerto chato, el puente y un poquito más alto la explanada. Después sigue el cerro, que no es muy elevado. Enfrente está el pueblito de Ortás”, señala sobre ese poblado de Cisjordania que también puede conocerse por los nombres de Artas, Irtas o Urthas.
No recuerda donde tiene las fotos que tomó; lo que sí no olvida es la gran emoción que experimentó todas las veces que estuvo.