De forma fortuita, hallan un objeto personal que perteneció al primer arzobispo de Montevideo, Mariano Soler

Al abrir la carpeta, el interior reveló un forro de un violeta intenso, sorprendentemente bien conservado. Pero lo que realmente llamó la atención fue una inscripción escrita a lápiz, clara y precisa: “Msñor. Soler + Julio 1901”. Un escudo con la heráldica del religioso terminó por confirmar su procedencia.

Rial vade 1.jpg
Virginia Rial con la carpeta de escritorio que perteneció a Mariano Soler.

Suele decirse, con un tono romántico, que son los objetos los que nos eligen. La idea resulta reconocible para coleccionistas e investigadores: a veces, los hallazgos no responden a una búsqueda deliberada, ni persistente, sino a una mera casualidad.

Hace algunos años, la investigadora y escritora uruguaya

se desempeñaba como ayudante en el taller de antropología dictado por Renzo Pi Hugarte, cuando se encontró por primera vez con la palabra “serendipia”, que refiere a un hallazgo valioso e inesperado. Su origen se remonta a un antiguo relato persa, Los tres príncipes de Serendip, cuyos protagonistas, en el curso de sus viajes, tropezaban con cosas que no estaban buscando.

En una época dominada por lo digital, lo inmediato y lo descartable, el objeto antiguo, con su pátina, sus imperfecciones y su carga simbólica, posee la capacidad de suspender el tiempo y abrir una ventana hacia el pasado. Nos invita a detenernos, a percibir la cadencia silenciosa de lo que ha sido.

He aquí una de esas ventanas.

Lo que sigue es la crónica de un hallazgo fortuito en la casa de un anticuario de Montevideo; también, la historia del hombre detrás del objeto encontrado y, finalmente, la reflexión a la que este condujo: que Mariano Soler, primer arzobispo de la ciudad -figura polémica y de marcado ultramontanismo-, fue un pionero inadvertido de la etnología y la antropología en el Uruguay, y quizá en América Latina.

“Me encontraba en la búsqueda de un regalo para mi hermana cuando fui a la página de un anticuario conocido. Entre tantos objetos algo captó mi atención. Era una especie de carpeta o vade de escritorio, de aquellos que se usaban para contener papel secante, plumas o folios. Su estado no era perfecto, pero su factura delataba una antigüedad evidente. Los colores -rojo profundo y un rosa pálido, casi desvaído- se combinaban en una tela que al tacto revelaba dos texturas: el terciopelo y la seda. Unos bordados, algo borrosos por el paso de los años, adornaban su superficie”, comenta Rial a Domingo.

La inscripción reveladora

Al abrir la carpeta, el interior reveló un forro de un violeta intenso, sorprendentemente bien conservado. Pero lo que realmente le hizo prestar atención fue una inscripción escrita a lápiz, clara y precisa: “Msñor. Soler + Julio 1901”.

“En ese instante, el objeto dejó de ser una simple carpeta bonita. La abreviatura ‘Msñor’ solo podía significar una cosa: Monseñor. El año, 1901, situaba la pieza en los albores del siglo XX, en pleno proceso de consolidación del Estado uruguayo y de las movilizaciones por la secularización del país”, dice la responsable de varias investigaciones históricas, una de las últimas de ellas vinculada a Josefa Oribe, hermana y suegra del segundo presidente constitucional del Uruguay, Manuel Oribe.

“Comentábamos con Andrés, el anticuario, sobre la proveniencia del objeto, y me contó que lo compró en un lote en una sucesión de un vecino del Palacio Salvo. Me señaló un detalle en el que yo no había reparado: en la parte delantera exterior de la carpeta, había un escudo bordado. Un símbolo que era de la Iglesia. Y me contó que, unos días atrás, paseando con unos amigos por la ciudad, antes de ingresar a la Catedral Metropolitana, había levantado la vista y visto exactamente el mismo símbolo tallado en la piedra, sobre la puerta principal”, agrega Rial.

Rial vade 2.jpg
El vade de monseñor Soler.

El escudo confirmatorio

El escudo no era simplemente “de la Iglesia”, era el blasón episcopal de Mariano Soler. Ese objeto no había pertenecido a un cura cualquiera, sino al primer arzobispo de Montevideo. La pieza que tenía en sus manos era un vade personal, una herramienta de trabajo de quien dirigió los destinos de la Iglesia uruguaya y polemizó con el mundo intelectual de su tiempo. “Ya en casa, con la delicadeza que el caso requería, procedí a limpiar superficialmente el objeto. Al retirar el polvo de los bordados, el símbolo se reveló con mayor nitidez. Allí estaban los elementos característicos de la heráldica eclesiástica de Soler, que pude confirmar consultando fuentes digitales: el capelo, las borlas y los cuarteles”, enumera.

Ya no había dudas. El dueño de la carpeta no había sido otro que quien desempeñó un papel clave en la organización institucional de la Iglesia en el país, consolidando su estructura en un período marcado por fuertes tensiones entre el Estado y el poder eclesiástico. Y que más allá de su rol religioso, fue un estudioso inquieto, interesado por campos como la filosofía, la historia y, de manera temprana, la etnología y la antropología.

“El solo hecho de utilizar la palabra ‘etnología’ en el título de un libro publicado en Uruguay en 1887 es un acto pionero. Pero no es solo el título. Según las reseñas disponibles, la obra pretende ser un estudio de las tradiciones, monumentos y antigüedades de América indígena”, dice Rial.

Para la escritora, la historia no terminó con el hallazgo del libro. En el momento en que investigaba sobre Soler, recordó que meses atrás -mientras documentaba otro tema completamente diferente- había leído fragmentos de un texto que confrontaba a la Iglesia con la masonería. Al revisar sus notas, confirmó que el autor de ese texto era, efectivamente, Mariano Soler. El polemista anti-masón volvía a cruzarse en su camino, pero ahora bajo una nueva luz.

Objetos que atesora la Iglesia

La Iglesia Católica en Uruguay conserva un conjunto discreto pero significativo de objetos vinculados a Mariano Soler. El escultor Ramón Cuadra, guardián del patrimonio artístico de la Iglesia, explicó a Domingo que entre los elementos preservados “se conservan algunos libros y cartas”. Estos documentos constituyen una fuente directa para conocer el pensamiento y la acción pastoral de Soler.

En el plano de los objetos personales y litúrgicos, Cuadra mencionó la existencia de “una mitra y un cíngulo”, piezas propias de la vestimenta episcopal que reflejan su rol dentro de la Iglesia.

A su vez, el legado artístico incluye retratos realizados en vida. “Por ejemplo, hay uno de una prima, que lo pintó; el cuadro está en la catedral”, señaló el entrevistado, destacando el valor testimonial de estas obras.

Uno de los objetos más singulares se encuentra fuera de los archivos eclesiásticos tradicionales. En el Colegio del Huerto, en Montevideo, se conserva un cáliz que incorpora un elemento personal del arzobispo: “En el pie del cáliz está la gema del anillo de monseñor Soler. Este fue un regalo que les hizo a las hermanas del Huerto”, relató Cuadra.

El escultor también evocó la proyección internacional de Soler, quien impulsó iniciativas en Tierra Santa. Según indicó, el arzobispo adquirió un terreno en Palestina donde fundó una obra conocida como Hortus Conclusus, que incluía una capilla con un busto suyo realizado por Felipe Menini.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

historiaIglesia Católica

Te puede interesar