Gabriel Peveroni: del rock y la rebeldía a la gestión cultural, con una nueva novela bajo el brazo

Construyó una carrera que atraviesa distintas disciplinas sin someterse demasiado a las fronteras entre ellas. Acaba de publicar Los desiertos se conectan entre sí, por Editorial HUM, la tercera parte del Proyecto Shanghai.

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Gabriel Peveroni.
DARWIN BORRELI

En la vida de Gabriel Peveroni hay una constante: entrar y salir. De la poesía a la narrativa, del periodismo al teatro, de la televisión a la gestión cultural, de la novela urbana a la ciencia ficción. No parece haber un territorio definitivo en su recorrido, sino una sucesión de estaciones en las que se detiene a explorar hasta que aparece una nueva dirección. “Siempre fui muy libre de hacer lo que quiero”, dice al resumir su trayectoria.

Nacido en Montevideo en 1969, Peveroni construyó una carrera que atraviesa distintas disciplinas sin someterse demasiado a las fronteras entre ellas. Acaba de publicar Los desiertos se conectan entre sí, por Editorial HUM, la tercera parte del Proyecto Shanghai, iniciado con Los ojos de una ciudad china (2016) y continuado con Viajar no lleva a ningún sitio (2019). En esta nueva novela, los viajes, la tecnología, los clones y las situaciones propias de la ciencia ficción se mezclan con experiencias personales y escenarios internacionales. El resultado se aparta de la narrativa urbana con la que se lo identificó en sus comienzos y se adentra en un universo más extraño, abierto a las ficciones especulativas.

Para entender ese recorrido hay que volver a una casa natal en la que los libros estaban presentes, aunque la vocación literaria no estuviera predestinada. Su madre era maestra y había una buena biblioteca, con clásicos infantiles y colecciones de editoriales uruguayas. En la escuela, un maestro les leía cuentos de Horacio Quiroga todos los viernes. Sin embargo, Peveroni recuerda que sus primeras lecturas absorbentes fueron las novelas de Corín Tellado, los libros de vaqueros que leía su abuelo y las historias policiales de Agatha Christie, devoradas durante los veranos.
Su padre tenía una carpintería familiar, heredada de generaciones anteriores, y su abuelo paterno había sido ciclista y ganado un Campeonato Sudamericano de velocidad en 1930. La bicicleta, que reaparecerá mucho después como una de sus grandes aficiones (hasta hoy), ya formaba parte de aquella historia familiar.

Una rebeldía temprana

La adolescencia, en la salida de la dictadura, estuvo marcada por las tensiones entre la militancia política y gremial de izquierda y las expresiones culturales emergentes. En ese ambiente, Peveroni encontró en el rock y el punk una vía de exploración que desafiaba las convenciones.
Leía a Trotsky y Kropotkin, se acercaba a Rayuela, de Julio Cortázar, y después descubría a Charles Bukowski. Al mismo tiempo, se internaba en el surrealismo y buscaba autores difíciles de encontrar en Uruguay, como André Breton y Francis Picabia. “La escritura fue un aprendizaje de muchos años de lectura”, dice.

No hubo una decisión única de convertirse en escritor, sino una acumulación de lenguajes. Empezó con la poesía, influido por los surrealistas; después se encontró con el periodismo y sus herramientas. A comienzos de los años 90 se acercó al teatro y comenzó a leer dramaturgia de manera sistemática, sin tener formación teatral previa. También pasó por talleres literarios con Hugo Achugar y Alberto Bravo, entre otros referentes que contribuyeron a formar esa mirada transversal.
Su primera novela, La cura, apareció en 1997, después de un proceso de redacción que había comenzado con otro proyecto publicado más tarde. Desde entonces, la literatura fue una parte central de su vida profesional, aunque nunca la única.

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Gabriel Peveroni.
NICOLAS PEREYRA

Rock y contracultura

Durante los años 80 y 90, el rock uruguayo ofrecía una forma de identificación para una generación que buscaba referencias propias. Para Peveroni, aquella escena tenía un componente contracultural que la volvía especialmente seductora. “Nunca estuve de acuerdo con una postura de ‘soy periodista de rock y entonces tengo que defender al rock’”, explica.
También se desplazó de los fenómenos más visibles hacia los bordes: cuando buena parte de la atención estaba puesta en Nirvana, él prefería seguir el trip hop o la música electrónica. Le interesaban las manifestaciones que todavía buscaban un lugar y los artistas que no ocupaban el centro de la conversación.

Ese interés encontró una plataforma privilegiada en Freeway, revista que dirigió y que se convirtió en un espacio para registrar movimientos culturales que los grandes medios no siempre atendían. Allí convivían entrevistas extensas, artistas emergentes y propuestas que todavía no habían encontrado una audiencia amplia. Peveroni recuerda especialmente la posibilidad de descubrir a músicos como Dani Umpi, Max Capote, Astroboy o Franny Glass cuando sus carreras apenas comenzaban. “Era como estar haciendo el John Peel”, dice, en referencia al histórico locutor británico que difundió nuevas bandas y sonidos.

Su trabajo periodístico también pasó por la revista Posdata, donde fue editor de Cultura, y por colaboraciones con publicaciones extranjeras, entre ellas Zona de Obras, de España. En televisión, primero trabajó como productor periodístico y luego llegó a la pantalla con Ojos Rojos, el programa musical de TV Ciudad. Aunque la experiencia le resultó gratificante, admite que siempre se sintió más cómodo detrás de cámara. Prefería el periodismo gráfico, que le permitía mantener cierto bajo perfil, y disfrutaba de investigar, seleccionar materiales y construir guiones con rigor informativo.

Esa mirada también se refleja en sus libros. Rock que me hiciste mal, realizado junto a Fernando Peláez, fue uno de sus primeros acercamientos editoriales al tema. Más tarde publicó Tango que me hiciste mal (2017), dedicado al primer LP de Los Estómagos. “Es un libro de amor a un disco”, define. En sus páginas, la memoria musical se mezcla con el retrato de una época, la salida de la dictadura y las dificultades económicas que atravesaron su familia y buena parte de los uruguayos durante la crisis de 1982.

El teatro y las fronteras

La literatura y el periodismo convivieron con otra pasión: el teatro. Peveroni comenzó a leer dramaturgia a principios de los 90 y desarrolló una obra que alcanzó proyección internacional con Groenlandia, ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia en 2005. La pieza fue representada en Montevideo, Santiago de Chile, Madrid y Nueva York, en un momento de interés por las nuevas voces del teatro uruguayo.

Peveroni recuerda que hubo años en los que escribió una obra de teatro por temporada; otros en los que se dedicó más a la narrativa, y etapas en las que publicó poesía. Después dejó de escribir libros de ese género. No porque le hubiera ido mal, aclara, sino porque sus intereses se habían desplazado.

También conoce los vaivenes de la atención cultural. Recuerda una observación de Fidel Sclavo, con quien coincidió en Posdata: durante los primeros años de una trayectoria, un creador puede convertirse en la revelación de una generación; después entra en una zona de menor visibilidad, en la que siguen apareciendo obras interesantes, aunque no siempre reciban la misma atención. El reconocimiento puede regresar cuando otras generaciones encuentran nuevas lecturas en esos trabajos.
Algo de eso parece estar ocurriendo con el Proyecto Shanghai. Peveroni advierte un renovado interés por sus novelas, en particular por su relación con la ciencia ficción, el weird y las ficciones especulativas.

Un universo en expansión

Sus viejas novelas, entre ellas El exilio según Nicolás (2004) y Tobogán blanco (2009), se vincularon con una narrativa urbana, realista y por momentos violenta. Cierta crítica agrupó a varios autores bajo la denominación de “generación de los crueles”, una etiqueta cuyo significado, según recuerda, nunca terminó de comprenderse del todo. En aquellas obras podían reconocerse influencias de Bret Easton Ellis, Juan Carlos Onetti y Bukowski, además de una sensibilidad ligada a la música y a la ciudad.

“Me gustan las novelas largas. Que vos te metas ahí y te pierdas, que sea un mundo, un universo”, sostiene.

Los desiertos se conectan entre sí lleva esa apuesta a una nueva dimensión. Peveroni lo describe como un viaje extraño de un grupo de personas que recorren el mundo en una camioneta, en una suerte de aventura on the road. En el camino se cruzan escenarios y situaciones contemporáneas que incorporan elementos de ciencia ficción.

La novela también recoge experiencias de sus propios viajes. Nueva York, Zaragoza, Madrid y distintos lugares de Argentina y Chile aparecen como escenarios que conoce y que se mezclan con la invención. La combinación entre geografía personal y ficción permite que el libro se desplace por un mapa más amplio que el de la narrativa urbana de sus comienzos.
En los últimos años, Peveroni también modificó su relación con el periodismo. Hoy escribe ocasionalmente reseñas para La Diaria y otros medios, pero su actividad principal está vinculada a la gestión cultural, el cine y el montaje audiovisual.

Lo cuenta como otra de sus reinvenciones: “Mi vida está llena de esos desvíos, de entrar y salir de situaciones y de trabajos”.

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