Carlos Moyá es ese hombre de casi 50 años que en el documental Rafa (Netflix) aparece como el entrenador principal de Rafael Nadal, el que tomó la posta cuando el tenista mallorquín decidió que su tío Toni ya no ocupara más ese lugar. Pero es mucho más que eso: fue el primer español en alcanzar el número uno del ranking ATP, ganador también de Copa Davis y un fenómeno social en la España de finales del siglo XX.
“En esta vida hay que vivir siempre según la edad que tienes y, si volviese atrás, lo volvería a hacer todo igual, también equivocarme”, le dijo al diario El Mundo en 2021, dos años antes de que Nadal anunciara su retiro y determinara que Moyá comenzara un tiempo sabático al que nunca le definió extensión y que mantiene hasta el día de hoy sin intenciones de abandonar. ¿Volverá a entrenar a otro tenista? No lo descarta; por ahora no lo extraña.
Es que así ha sido la vida de este mallorquín que comenzó a jugar tenis porque a los 6 años sus padres le dieron una raqueta para que se divirtiera jugando al frontón en los veranos de Palma de Mallorca. Sus hermanos mayores jugaban al tenis, a él le quedaba pegarle a la pelota contra la pared.
“Desde niño, mi sueño fue ser jugador de tenis”, confesó. “Mi familia nunca me puso trabas aunque pareciese una locura y yo se los agradezco, porque ya se encargarán la vida y los rivales de ponerte en tu sitio”, manifestó con ese particular estilo de reconocer el sacrificio que este deporte plantea a nivel profesional, pero sin dejar de vivir cada momento que la vida le ofrecía según su edad. Se ha cuestionado si por ello no llegó más lejos en su profesión, pero aún así no se arrepiente de nada.
Tenía claro que, si no se iba a Barcelona, su carrera no iba a avanzar y así lo hizo con 17 años. Allí comenzaron los cambios fuertes, como pasar a cursar el colegio de noche o salir menos de fiesta con sus amigos. “Hacía lo mismo que los demás, pero un poquito menos. No siento que renunciase a casi nada de la vida de cualquier joven”, aclaró y a eso atribuye que su carrera fuera tan larga.
Ha admitido que el despegue fue tardío, pero una vez que ocurrió casi que no le dio tregua. En tres años pasó de no tener puntos ATP a ser Top 10 mundial y los triunfos se fueron sucediendo hasta llegar a la final del Abierto de Australia en 1997, que perdió con Pete Sampras.
“Es como esas películas en que te acuestas una noche en tu vida normal y al despertar todo tu mundo ha cambiado. Eso me sucedió con 20 años, al volver de Melbourne ya nada era igual”, aseguró a El Mundo.
Como bien lo ha dicho, pasó de salir de su casa y que no lo reconociese ni el vecino, a ir a un restaurante y que todo el mundo se le acercara. “Se sumó también, creo, que llevase un look un poco distinto al que se solía en la España clásica, más transgresor, con el pelo largo, desgarbado, etc. Y hacía 30 años que un español no llegaba a una final de Gran Slam en pista rápida”, recordó quien al año siguiente terminaría por alzarse con el trofeo del Roland Garros y al otro año se transformaría en el primer español en ser número 1 del mundo (lo fue durante dos semanas).
Se retiró en 2010 por una artrosis en el pie que lo tenía a maltraer desde los 20 años y que ni operándose pudo superar. “Lo único que se echa de menos es la adrenalina de la competición, porque eso nada te lo da”, dijo en su momento.
De ídolo a entrenador
Con este historial, no era complicado que un chico de 11 años que recién comenzaba en el tenis tomara a Moyá como ídolo. Él no se lo cree. “Yo soy un señor al que llevaba viendo toda la vida y tiene cariño, pero nada más”, comentó entre risas sobre su vínculo con Rafa Nadal. Él sí tenía su ídolo y era el sueco Stefan Edberg.
Moyá fue el entrenador de Nadal durante 7 años —antes lo fue de Milos Raonic—, demasiado según su idea de tiempo ideal para esta relación. Considera que unos cuatro años es lo mejor para que el deportista no se acostumbre a las rutinas y se sienta desafiado constantemente.
“El problema de muchos exjugadores cuando pasan a ser entrenadores es el ego”, manifestó al tiempo que calificó a Nadal como “un jefe espectacular, demasiado bueno, era incapaz de echar a alguien”. Lo extremadamente exigente que era consigo mismo, no lo repetía con quienes trabajaban con él. “Éramos todo amigos”, recordó Moyá.
Si bien la pasó muy bien entrenando a uno de los mejores de la historia del tenis, también fue una gran responsabilidad. “Terminé bastante vacío de energía”, reconoció y por eso hoy valora tener mucho tiempo para él. Tiempo que vuelca en su familia y en hacer mucho deporte: bicicleta, gimnasio, tenis, paddle, remo y hasta excursiones por la montaña.
Del ruido a la familia
Moyá tuvo su fama de “bon vivant”, dentro de la cual está el éxito en el amor con mujeres conocidas —modelos, presentadoras de TV, tenistas— del que disfrutó hasta que conoció a Carolina Cerezuela, la actriz, presentadora de TV y cantante con la que lleva ya casi 20 años de relación.
“La vi en la tele y me enamoré sin conocerla”, confesó sobre un flechazo que se repitió en ella cuando los presentó un amigo en común. Un mes de correos electrónicos y otro de mensajes de texto hasta que llegó la cita que los unió para siempre.
En 2010 nació su primera hija, Carla. Luego pasaron por un aborto tras dos meses de embarazo y en el verano español de 2011 decidieron casarse en una boda íntima en Mallorca con vista al mar. La isla ha sido el lugar que eligieron para vivir, donde nació Carlos en 2012 y donde volvieron con Daniela, cuando en 2014 llegó al mundo en Madrid.
Con ellos cuatro dice compartir “tiempo de calidad”, lo que incluye viajar mucho y, cuando está en Mallorca, repartirlo también con la academia de tenis en la que da clases.
“No me aburro, no he tenido un minuto de aburrimiento”, aseguró hace poco en una entrevista con Punto de Break en la que se definió como “un disfrutón”. “Me quedo con la satisfacción de lo que logré, disfruté con lo que sucedió, acabé con mi carrera conforme y he podido vivir luego feliz y en paz porque lo compaginé bien con mi vida personal, sin obsesionarme ni descuidar a mi gente. Viví siendo siempre consciente de la realidad y del alcance de mis acciones”, resumió hace unos años y todo hace indicar que lo sigue sosteniendo.
El saludo que quedó y un cameo en cine
Cuando en 1997 Carlos Moyá perdió la final del Abierto de Australia con Pete Sampras, cerró su discurso con una frase del humorista español Chiquito de la Calzada, que recién había fallecido: “Hasta luego, Lucas”.
“Yo hice una apuesta de que si llegaba a la final, decía eso. Cuando lo dije, nadie entendía nada. Hay gente que todavía lo recuerda. No me recuerdan por ser número 1 ni nada, me recuerdan por el ‘Hasta luego, Lucas’”, afirmó en el programa Mi casa es la tuya que conducía Bertín Osborne en Telecinco.
En contrapartida, su aparición en la pantalla grande no se recuerda de la misma manera. Fue en 2001, en la película Torrente 2: Misión en Marbella, de la saga creada por Santiago Segura en torno al policía Torrente. En el film, Moyá era un profesor de tenis al que en una escena Torrente se le acercaba y le decía: “Chavalote, ese revés. Más brío”, a lo que el deportista contestaba: “A tomar por culo” y le dirigía una mirada de desprecio al protagonista.