CULTURA

¿Cómo escriben los y las que escriben?

¿De dónde sale una buena historia? Daniel Mella, Carolina Bello, Diego Recoba y Fernanda Trías hablan sobre sus procesos de escritura. 

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Foto: Pixabay

Una imagen que queda en la cabeza, que no se va. Un aroma que despierta un recuerdo con claridad, con furia. Alguien que dice algo. Una canción. Un libro. Una comida. Una conversación ajena. Un lugar. Ese lugar. Nada. Nada. Nada. Caos. Desorden. En silencio. Escuchando música. Pero no cualquier música. Correr. Bailar. Moverse. Encerrarse. El mate. El café. Un poco de agua. En soledad. Sí. Casi siempre es en soledad. Las ideas van y vienen y se escapan y se quedan. Las palabras resisten, se ordenan y se desordenan, se borran, se borran y se vuelven a borrar. Se reescriben. Las palabras se leen. Y se piensan. Se repiensan. Las palabras se dejan reposar hasta que leuden, hasta que tengan el tamaño exacto del sentido.

La escritura es un espacio de libertad salvaje. Es, también, un espacio misterioso. ¿Cómo se crea una historia? ¿Cómo se teje un texto? ¿Cómo surge algo donde antes no había nada?

Cada escritor y cada escritora tiene sus métodos, sus formas, sus lugares, sus manías. Nunca (o casi nunca) lo que le funciona a uno le funciona a todos y viceversa. No hay recetas para escribir más que sentarse a hacerlo. Y para que salga hay que hacerlo siempre: cada día, cada semana y cada mes, con sol, con lluvia, con humedad o con tormenta. Siempre.

¿Cómo y dónde escriben los y las que escriben? Daniel Mella, Carolina Bello, Diego Recoba y Fernanda Trías cuentan sus experiencias de escritura.

Daniel Mella, en ayunas y con la casa limpia

Daniel Mella. Foto: Marcelo Bonjour

Quienes hayan leído a Daniel Mella lo sabrán: pasar por sus libros es una experiencia, por lo menos, intensa. La soledad, el miedo, el dolor, el sexo, las drogas, la crueldad, el espanto, la miseria, la muerte, la desesperación. Pogo, Derretimiento, Lava, Noviembre, El hermano mayor y el reciente Visiones para Emma. Mella construye sus historias —todas inspiradas en cosas que le pasaron o que vio o escuchó— en universos oscuros. Es imposible no salir atravesado por ellas.  

Para escribirlas prefiere estar en su casa aunque puede hacerlo en cualquier lado. “Lo último que escribí lo hice en mi dormitorio. Es un tercer piso y el escritorio está bajo la ventana y lo que se ve por la ventana a esta altura del año son las cientos de hojas del plátano que podría tocar con solo estirar la mano”. El cuarto de Daniel es grande, con el piso de parqué y, por la ventana, sobre todo temprano en las mañanas, que es cuando más escribe, entra el sol.

“Escribo vestido y en ayunas, con un mate o un café y con tabaco y la casa tiene que estar en orden: los platos lavados, el baño limpio, la cama tendida. Casi siempre hay un incienso prendido y a veces también música, aunque la música es más para la noche”.

La historia no empieza hasta que no tiene una buena frase.

“Tengo una idea general de qué va a tratar el texto pero nunca me aferro a ninguna idea porque los textos que más contento me dejaron siempre se desviaron a mitad de camino y terminaron siendo algo muy distinto a lo que hubiera predicho”.

Daniel escribe todos los días: se sienta frente a la computadora, hace avanzar la historia o corrige o “a veces es estar un rato con las palabras”, nada más. Esa constancia, cree, “le da una semblanza de orden a un proceso que es caótico por excelencia. Todavía no me acostumbro del todo a lo incontrolable del proceso”.

Fernanda Trías, el silencio y la soledad

Fernanda Trías
Fernanda Trías. Foto: Ariel Colmegna

La ciudad en la que se construye Mugre rosa se parece, de forma confusa e imprecisa, a Montevideo. Ese, su último libro, habla de los vínculos humanos. La historia que lo contiene fue escrita en la soledad. Para Fernanda Trías, uruguaya radicada en Colombia, la soledad es indispensable para escribir. “Necesito el cuarto propio del que habla Virginia Woolf. Durante años no tuve mi propio espacio y me llevó mucho tiempo entender que no podía escribir por eso mismo”.

A una gran parte de Mugre rosa la escribió en una residencia en Madrid de la Casa de Velázquez. “Era un hermoso palacio con fuentes y jardines, que había sido la casa del pintor Velázquez”.

Su habitación allí no era de palacio. Era monacal. “Con una camita de una plaza para pigmeos, una frazada de esas que pinchan, un escritorio y una silla dura. Los muros eran tan anchos que no llegaba internet, por lo que estaba completamente aislada mientras trabajaba en la habitación. Eso fue exactamente lo que necesitaba: soledad y silencio”. Al resto de la novela la escribió en su casa en Bogotá, en un espacio “también austero”.

Lo primero que le aparecen son imágenes: "Montevideo hundida en la neblina, la textura porosa de esa nube gris. Pero luego la imagen va acompañada de una voz que me dicta con su propio tono, con su manera de hablar. Y esa es la voz casi siempre del personaje protagónico o del narrador". Anota frases en una libreta o en el teléfono. No se cuestiona. No se pregunta para qué. Y recién cuando tiene una escena clara se pasa a la computadora y empieza a escribir. Lo que viene después es un proceso lento de esperar a que la historia se revele, de borrar y borrar y borrar y reescribir, de tener paciencia, de leer materiales que la ayuden a seguir. Recién ahí, con ese primer borrador, cuando ya entendió hacia dónde va su historia, recién ahí empieza a escribir. 

Para Fernanda la escritura es su vida. O viceversa: su vida es escribir. “Cuando no estoy físicamente escribiendo estoy pensando o leyendo. Antes sí, antes tenía una vida infeliz y aparte unos momentos siempre escasos de escritura. Y por eso vivía de neurosis en neurosis. Luego entendí que soy esto y ahora escribo todos los días y mi vida no solo gira alrededor de escribir sino que no me preocupa tener otra vida”. 

Diego Recoba, luz, aire y una buena silla

Diego Recoba
Diego Recoba escribe sobre Karibe con K. Foto: Francisco Flores.

No tener gente alrededor que le hable, una silla medianamente cómoda, mucha luz y aire. Esas son las condiciones que Diego Recoba necesita para escribir. No hay un lugar específico en un sitio particular. A Sobredosis, por ejemplo, su último libro publicado, lo escribió un verano debajo de un árbol en un campo de Flores. A Locas pasiones, entre Montevideo y Córdoba, y Hasta Borinquen, el libro que hizo junto a Agustín Fernández, lo escribió en su vieja casa del Reducto, en Montevideo.

“Tengo necesidad de escribir todos los días y si dependo de estar sí o sí en un lugar eso no sería tan sencillo por eso me adapto a cualquier lado”.

Diego se pasa cazando historias, escuchando a la gente hablar, analizando los procesos de masas culturales, mirando su pasado, su historia, mirando al barrio, a la ciudad, al país. Películas, libros, música. De todo, dice, puede surgir una idea para escribir. "Solo me quedo con aquellas ideas que no se me van, las que vuelven, las que me piden seguir metiéndome. Y cuando dos o más ideas de estas, por algún motivo se conectan o se cruzan, para mi es una señal de que es un hilo que debo seguir"

Sus procesos de escritura, dice, son todos diferentes. Pero si tuviera que resumirlos y sintetizarlos sería, más o menos, así: “Empiezo con una o varias ideas que anden en mi cabeza y empiezo a acopiar material sobre eso, de todo tipo (…) Después escribo, le doy para adelante, no vuelvo hacia atrás hasta terminar. Luego de escribir me siento a darle forma a eso que escribí. En este momento es importante cotejar lo que quedó escrito con la idea inicial que tenía, no para respetarla a rajatabla o para frustrarte porque quedó distinto, sino para tratar de no perder el deseo que te generó esa idea en un principio. Después hago una versión final y no la toco más”.

Si vuelve sobre lo ya escrito y revisado, apunta, teme terminar esclavo de su propio proceso. Es un proceso infinito.

Carolina Bello, una mesa, una silla y un pizarrón

La escritora Carolina Bello y un libro sobre una mítica banda de rock.
La escritora Carolina Bello y un libro sobre una mítica banda de rock.

En la casa de Carolina Bello —autora de Oktubre, Urquiza, Saturnino y Escrito en la ventanilla —hay libretas desparramadas por todas partes. Cuando se le viene una idea a la cabeza, agarra una y la anota. “Si la idea vuelve, resistente, regreso a los apuntes y empiezo a pensarla. Siempre me da un poco de miedo esa primera aproximación a la hoja, no es fácil serle fiel al pensamiento”.

Para todas las formas —novelas, guiones, textos periodísticos— Carolina tiene maneras distintas. Las ideas, comenta, surgen en todos los lugares y en cualquier momento. Para todas las formas, también, aparecen de modos diferentes: “A veces uno eslabones a ideas que por algún motivo ya me rondaban; otras, como en el caso de la crónica, me siento a pensar especialmente cómo mirar lo mismo distinto y ahí anoto todas las ideas primarias. En los guiones para cine, escucho los requerimientos del director, le pregunto cuál es la historia que quiere contar y después escribo por bloques de sentido hasta visualizar la idea general y compactarla”.

En la ficción, dice, trabaja por temas. "Si quiero contar una historia de amor, de superación, de miedo, de incomodidad, voy coleccionando imágenes que me disparen esas atmósferas. Después pienso los personajes, los visualizo, los visto y los desvisto como muñecos. Les encuentro el punto, la forma de ser y estar. Después los hago andar en la mente como si fueran conocidos. Cuando tengo eso macerado y un norte, empiezo a escribir". 

A todas las escribe en el escritorio de su casa, un lugar destinado exclusivamente para el ejercicio de la escritura donde tiene todo lo que necesita: una mesa, una silla y un pizarrón.

Para ella, elegir palabras equivale a correr una maratón: “Una corrida con método y disciplina. Mientras escribo estoy en eso. Puede transcurrir una hora mientras escribí tres hojas, o pueden pasar cuatro horas y haber escrito tres párrafos. Es el único momento en donde suspendo la noción del tiempo. Termino cansada, como una cirujana, con la satisfacción y el miedo de haber transplantado el pensamiento”.

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