El Montevideo deshabitado y mal aprovechado: la visión de un experto italiano sobre un problema de la capital

El arquitecto Francesco Careri llegó a Montevideo para hablar de una ciudad que, en buena medida, permanece escondida a plena vista. Su propuesta parte de una idea sencilla, aunque poco frecuente: antes de transformar una ciudad hay que caminarla.

Casa abandonada en Cu
Casa abandonada en Ciudad Vieja.
Foto: Leonardo Mainé.

Esta semana, el arquitecto italiano Francesco Careri llegó a Montevideo para hablar de una ciudad que, en buena medida, permanece escondida a plena vista. En el Instituto Italiano de Cultura brindó la conferencia “Recuperación de grandes inmuebles abandonados, entre luchas ciudadanas y arquitecturas cívicas”, un encuentro que reunió a asociaciones vecinales, colectivos de artistas, arquitectos, estudiantes y personas interesadas en imaginar nuevas formas de habitar el espacio urbano. Su propuesta parte de una idea sencilla, aunque poco frecuente: antes de transformar una ciudad hay que caminarla.

Careri sabe de qué habla. Urbanista, cofundador del colectivo Stalker/Osservatorio Nomade y profesor de la Universidad Roma III, ha convertido el andar en una herramienta de investigación y conocimiento del territorio. Su libro Walkscapes. El andar como práctica estética es una referencia para quienes entienden que caminar no es solamente desplazarse, sino también una forma de descubrir aquello que queda fuera de los mapas convencionales.

Montevideo le resulta especialmente atractiva para ese ejercicio. Ya había recorrido la ciudad en otras oportunidades. La última vez, recuerda, hizo una caminata nocturna por la Ciudad Vieja y atravesó áreas industriales. En otra ocasión, junto a estudiantes de la Facultad de Arquitectura, se introdujo en zonas con asentamientos.

La experiencia fue, para Careri, una muestra de lo que puede revelar una ciudad cuando se la recorre sin limitarse a los itinerarios habituales. “Me encanta el nombre que le han puesto a estos barrios: ‘cantegriles’. Es una palabra alegre, a diferencia de cómo se los denomina en otros países”, dice.

Recuerda que algunos estudiantes inicialmente no querían ingresar porque tenían miedo. “La gente que vive en un barrio informal siempre está muy contenta de que alguien vaya a conocerlos”, cuenta, según su experiencia. La diferencia, sostiene, está en que quienes llegan no sean solamente “la Policía, los servicios sociales o los periodistas cubriendo noticias de crónica roja”, sino también “artistas, poetas, profesores y estudiantes”.

Abandonar el sendero

Para Careri, caminar implica aceptar la posibilidad de desviarse. “La ciudad solo se puede conocer caminándola. Y perdiéndose también”, dice.

Esa frase resume buena parte de su método. En lugar de seguir los recorridos habituales, propone internarse en los márgenes, observar lo que sucede entre los edificios, en las zonas industriales, en los terrenos vacíos y en el límite entre lo urbano y lo natural.

Es precisamente en esos espacios donde encuentra los fenómenos que todavía están en formación. “A mí me gusta más caminar en las periferias, ahí en la orilla entre lo construido y lo natural, porque este es el margen donde se ven bien los fenómenos más emergentes”, explica.

La caminata, entonces, deja de ser una actividad meramente contemplativa. Para el colectivo Stalker, fundado en Roma en 1995 por arquitectos, artistas e investigadores, caminar es una forma de investigación urbana y también una manera de establecer contacto con quienes habitan los territorios. La deriva permite descubrir proyectos ciudadanos, formas espontáneas de ocupación y lugares que una planificación convencional difícilmente detectaría.

“La caminata de Stalker es una metodología para tropezar en lugares donde después se puede trabajar”, explica Careri. Y agrega que a veces se encuentra un terreno fértil donde plantar una semilla. En otras, el árbol ya creció y existe un proyecto impulsado por los propios ciudadanos. La clave -desde su punto de vista- está en llegar “de manera lateral, lúdica y desde abajo: no de uno que planifica desde arriba, sino de uno que camina”.

Inmuebles en desuso

En Montevideo, esa mirada conduce inevitablemente hacia los numerosos inmuebles abandonados o subutilizados. Careri menciona la piscina de Club Neptuno y el entorno del Parque Mauá como algunos de los lugares que despiertan su interés. También recuerda la estación de AFE. Pero antes de decidir qué hacer con cada edificio propone algo más elemental: conocer la dimensión del fenómeno.

“En general, yo creo que se tendría que hacer un mapeo de los espacios abandonados o subutilizados”, plantea. El objetivo no sería elaborar simplemente un inventario de ruinas, sino detectar aquellos lugares que podrían adquirir una nueva vida mediante otros usos.

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Francesco Careri.

Su experiencia en Italia le sirve para explicar el concepto.

En Roma, cuenta, existen conventos y edificios vinculados a la Iglesia donde viven “apenas tres o cuatro monjas”, aunque podrían alojar a cientos de personas. No necesariamente son edificios abandonados: son inmuebles cuya utilización actual no se corresponde con su potencial. Allí aparece la idea de la refuncionalización.

Careri propone transformarlos en “contenedores híbridos”, espacios capaces de combinar diferentes necesidades y grupos sociales. Estudiantes, migrantes, adultos mayores y artistas podrían compartir un mismo edificio, con usos diversos y complementarios. Incluso los turistas podrían formar parte de esa mezcla, particularmente en una zona como la Ciudad Vieja, donde los distintos usos podrían contribuir a equilibrar aquello que unos pueden pagar y otros no.

La idea es romper con la tendencia de asignar un lugar específico para cada categoría. Una ciudad con viviendas para estudiantes por un lado, residencias para adultos mayores por otro, barrios destinados a determinados sectores sociales y espacios separados para trabajar, vivir o crear, termina perdiendo una de sus principales funciones: favorecer el encuentro.

Dar valor a la hospitalidad

Por eso Careri habla de “refundar la ciudad sobre la palabra hospitalidad”. Esto, en su visión, no es solamente una actitud hacia quien llega desde otro lugar. Es también una manera de organizar el espacio para que personas diferentes puedan convivir y encontrarse.

Esa mirada también cuestiona la lógica económica que mantiene tantos inmuebles fuera de uso. Para el experto, son en buena medida consecuencia de la “especulación fundiaria” (del suelo): edificios o terrenos que permanecen vacíos a la espera de que aumente el valor de la zona y llegue un proceso de transformación o gentrificación. El abandono, entonces, no siempre es accidental. Puede formar parte de una lógica de espera.

Pero eso, mismos lugares pueden convertirse en una nueva oportunidad, sin importar lo viejos que sean.

En Europa, explica, muchas ocupaciones de edificios abandonados duran 10 o 15 años antes de ser desalojadas. Sin embargo, durante ese período pueden suceder cosas que transforman el entorno. “Ya en estos 10, 15 años -a veces en 20, 25- crece una nueva generación que me parece mucho más interesante”, señala.

Su proyecto, al que ha dado a llamar CIRCO (cuyas siglas significan Casa Irrenunciable para la Recreación Cívica y la Hospitalidad), parte precisamente de esa posibilidad. No trata simplemente de restaurar un edificio, sino de preguntarse qué nuevas formas de vida podrían desarrollarse en él.

En esta nueva visita, la experiencia montevideana de Careri se completó nuevamente con caminatas y laboratorios junto a estudiantes de la Facultad de Arquitectura y de la Facultad de Artes, además de vecinos y colectivos de zonas como el Barrio Sur. Esto forma parte de su planteo: la ciudad no es únicamente lo que fue planificado, construido y terminado. También es aquello que aparece en sus márgenes, en sus vacíos, en sus edificios sin uso y en las iniciativas que nacen sin esperar instrucciones desde arriba.

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