Por Bruno Rodríguez. Especial para Domingo
Japón es un caos ordenado; es el país donde lo complicado se hace fácil, incluso para una persona del otro lado del mundo. Un lugar donde el turista, a pesar de no comprender el idioma, logra orientarse. Todo está pensado, hasta el más pequeño de los detalles: los guardias de seguridad tienen traductor para facilitarle la vida al extranjero, una voz en el metro nombra cada parada también en inglés y, más que nada, los japoneses son extremadamente amables y serviciales, al punto de dejar lo que están haciendo para llevarte al lugar que estás buscando.
Eso sucedió en la estación de Kioto. Uno de los trabajadores nos ayudó a sacar los tickets del shinkansen -tren bala- con destino a Eiheiji. Elegimos este pequeño pueblo, cerca de Fukui, para hospedarnos en un hotel tradicional -ryokan- pegado a un templo de monjes budistas zen. Durante la planificación del viaje, que llevó más de siete meses, me propuse un desafío: salir de la ruta tradicional. La respuesta fue este pequeño pueblo, que completaría nuestra aventura por Japón.
Casi en un abrir y cerrar de ojos, llegamos a Fukui, donde nos subimos a un ómnibus que nos llevaría al pueblo. A medida que salíamos de la ciudad, la naturaleza se apoderaba del entorno. El día se había puesto nublado y algunas nubes parecían atravesar las montañas mientras nosotros nos acercábamos a ellas. Subimos hasta llegar a una humilde parada. Una vez abajo no supimos para dónde ir, pero la pequeñez del pueblo no dejaba muchas opciones: la ruta por donde habíamos venido o el camino contrario. Fuimos por ahí. Dos minutos de caminata nos llevaron al hotel. La entrada era majestuosa: un puente sobre una cascada era el nexo entre la calle y el hospedaje, construido sobre infinitas piedras.
Luego del check in, decidí visitar el onsen, el baño termal tradicional. Son públicos, están divididos por sexo y se entra completamente desnudo. Primero están las duchas, que se realizan sentado frente a un pequeño espejo, y luego el jacuzzi. El día ayudaba a relajarse: caían suaves gotas sobre los árboles y solo se escuchaban los pájaros y el agua correr por el río.
Después de un buen rato subí a la habitación y me puse el kimono que ofrecía el hotel para ir a cenar. La comida es otra de las cosas por las que un uruguayo podría extrañarse, y esta cena lo dejó en claro. Comenzó con tres platos: sopa miso, una pequeña ración de tofu y algunos encurtidos de temporada. Mientras terminábamos los primeros bocados, el mozo encendió una especie de horno de cerámica que contenía otro plato y dejó el quinto. Para entonces ya no sabíamos qué estábamos comiendo, solo teníamos una certeza: nunca habíamos probado algo así. Texturas viscosas, gomosas, duras; colores despampanantes, fuertes, apagados, y sabores ácidos, dulces y deliciosos pasaron por la mesa sin que ninguno resultara familiar. Terminada la peculiar cena, subimos a la habitación y, a pesar de ser las 8 de la noche, nos fuimos a dormir. Había que levantarse temprano.
Más sorpresas.
La ansiedad me despertó antes que la alarma. Eran las 04:30 y en unos minutos emprenderíamos viaje al templo. El objetivo: presenciar el servicio de la mañana de los monjes de Eiheiji, fundado en 1244 por Dogen, un maestro que dedicó su vida a enseñar y perfeccionar las prácticas del budismo zen en Japón.
Bajé al lobby y, junto al resto de participantes, emprendimos la caminata montaña arriba. Todavía era de noche y el silencio era intimidante. El primer vistazo del templo es una imagen que portaré conmigo hasta el día en que me muera. Los árboles y el musgo eran dueños de un terreno donde se levantaba un lugar mágico, construido en su totalidad de madera gruesa y oscura, como salido de un cuento de hadas.
Al entrar, una rara sensación se apoderó de mi cuerpo. El silencio y respeto que emanaba el lugar me hacían sentir que estaba interrumpiendo, y esa sensación aumentó a medida que profundizábamos. El templo combinaba espacios cerrados y abiertos, con pequeños jardines que permitían el ingreso de la luz y el sonido del agua. Seguíamos sin chistar los pasos de un joven monje. Los largos pasillos parecían interminables y los extensos cuartos se multiplicaban, dando la impresión de que el lugar era eterno.
De repente, un sonido parecido al de una estampida ordenada comenzó a escucharse cada vez más fuerte. Estábamos llegando al salón principal. Una sala de tatami, de aproximadamente 100 metros de largo por 80 de ancho, se iluminaba con la entrada de un tímido sol.
En el medio, una escultura dorada se llevaba todas las miradas. Nos sentamos y el joven monje nos dio un libro con los sutras que iban a ser recitados y se retiró. Aprecié la inmensidad del lugar y sus detalles.
¿Qué hacía un uruguayo en semejante templo? La emoción se apoderó de mis ojos y unas lágrimas recorrieron mi cara antes de que un agudo campanazo capturara mi atención. La ceremonia estaba por comenzar.
Centenares de campanazos fueron dados hasta que la estampida dio la cara. Cientos de monjes fueron tomando la sala con pasos ordenados y certeros. La mayoría portaba una túnica marrón; unos pocos, que parecían tener más experiencia, llevaban otra naranja encima. La mayoría eran adolescentes o adultos jóvenes, pero su mirada firme, postura recta y caminar perfecto hacían pensar en milenios de experiencia. Todos se sentaron con la tibia apoyada en el piso. No miraban hacia delante: se enfrentaban en dos grandes grupos de alrededor de cien monjes cada uno.
Una coreografía perfecta.
Las campanas volvieron a apoderarse del lugar. Una comenzó a escucharse lejos en los pasillos y fue acercándose, acompasada con la primera, hasta que entraron cuatro monjes. Avanzaron por el pasillo formado por los grupos hasta la escultura. Las campanas finalmente coincidieron y empezaron a sonar con mayor intensidad.
En una coreografía perfecta, todos los monjes posicionaron la cabeza contra el suelo y pusieron las manos detrás de la nuca. Uno de los de primera fila pasó a ser la voz cantante, mientras aquel monje nos indicaba la página que debíamos abrir. En ese instante, las voces hicieron vibrar el lugar. Cantaban al unísono, sin titubeos, atrasos ni errores. El poderío de sus gargantas hacía vibrar los objetos. La emoción volvió a apoderarse de mi cuerpo. Pero esta vez eran lágrimas de respeto, asombro y miedo incluso.
Cuando los monjes se fueron, hicimos un recorrido por algunas salas. El joven monje nos contó que el día a día queda dedicado a la filosofía zen, que busca hallar la iluminación -satori- a través de la meditación. Los monjes ponen la frente contra el piso y llevan las manos a la nuca para dejar en claro una cosa: al posicionar la cabeza -la mente- en el suelo, dejan allí el ego y llevan la presencia de Buda -sus manos- por encima de sí mismos.
Poco a poco nos acercamos a la salida. Mientras nos calzábamos, ninguno de los 30 turistas dijo una palabra. En silencio volvimos al hotel y luego al desayuno. Allí, gracias a la extrañeza de los platos, finalmente nos soltamos y comenzamos a hablar de lo vivido, con la certeza de que aquella mañana fría y silenciosa de setiembre quedaría para siempre en nuestra memoria.