El 8 de marzo, una bola de fuego cruzó los cielos de Europa occidental y terminó incrustada en una vivienda en Koblenz-Güls, Alemania. El 21 de marzo, otra roca espacial perforó una casa de dos plantas en Houston, Texas, Estados Unidos. No hubo catástrofes. Solo daños materiales. Pero la sucesión de eventos en pocos días deja algo claro: la Tierra es un blanco en movimiento. Y juntos obligan a una pregunta: ¿qué probabilidad hay de que un meteorito caiga en una casa? ¡Ha pasado dos veces en 13 días!
Según investigaciones recientes, es más probable que un asteroide de más de 140 metros impacte la Tierra que una persona muera alcanzada por un rayo. Que algo sea estadísticamente raro no significa que sea imposible. “Son muy pocos los eventos que han ocurrido, pero no son imposibles. Y, además, es un tema en revisión”, dice a Domingo el astrónomo Gonzalo Tancredi, miembro del consejo ejecutivo de la Red Internacional de Alerta de Asteroides.
Para entender mejor esa probabilidad, un grupo de investigadores comparó los impactos de asteroides con otros eventos poco frecuentes pero conocidos. Por ejemplo, los ataques de elefantes en Nepal: en 2016 afectaron a menos de 30 personas y causaron 18 muertes en una población de 27 millones. También los rayos: en Estados Unidos, entre 2006 y 2021, unas 277 personas al año resultaron afectadas y 28 murieron en promedio, sobre una población de 320 millones. Incluso eventos como accidentes de paracaidismo, colapsos de pozos en la arena o ataques de coyotes resultan, estadísticamente, menos probables que un impacto de asteroide a lo largo de una vida humana.
En marzo de 2026, dos eventos separados por apenas 13 días reavivaron el interés por la caída de meteoritos en zonas habitadas. El primero ocurrió el 8 de marzo en Alemania. El fenómeno liberó una energía estimada en el orden de los kilotones de TNT -similar a pequeñas explosiones atmosféricas registradas en bólidos previos- antes de fragmentarse y dejar restos recuperados en tierra.
El segundo caso se registró el 21 de marzo en Estados Unidos, en el área de Northgate Crossing (Texas), donde una roca espacial atravesó una vivienda. Su entrada a alta velocidad produjo una liberación súbita de energía en la atmósfera, suficiente para generar el impacto estructural observado, pero sin consecuencias humanas graves.
En ambos casos, los análisis preliminares los ubican dentro de la categoría de bólidos pequeños: objetos de pocos metros que suelen desintegrarse parcialmente al ingresar a la atmósfera, liberando energía comparable a explosiones locales.
La probabilidad no es cero.
Los eventos de marzo entran en la categoría más común -y menos peligrosa- de estos fenómenos. “Estamos hablando de objetos de pocos metros hasta algunas decenas de metros, que en su mayoría se destruyen en la atmósfera”, explica Tancredi. Son los llamados bólidos: meteoros luminosos que cruzan el cielo a toda velocidad y pueden detonar en el aire, generar ondas de choque y romper vidrios, como ocurrió en Chelyabinsk, Rusia, en 2013.
Pero no siempre se desintegran por completo. Aunque la mayoría de los fragmentos -meteoritos- cae en océanos o en zonas despobladas, donde pasan inadvertidos y sin consecuencias, en contadas ocasiones se hacen notar. En 2015, en San Carlos, Maldonado, uno de ellos atravesó una vivienda, golpeó una cama, quebró la parrilla y terminó dañando un televisor. Nadie resultó herido; la familia no estaba en la casa.
Hasta el momento, la estadounidense Ann Hodges sigue siendo la única persona registrada que fue golpeada por un meteorito. Ocurrió en Alabama, en 1954: un fragmento atravesó el techo de su casa, rebotó en una radio y terminó impactándola mientras dormía en su sillón. Sorprendentemente, no sufrió más que un feo moretón en la cadera.
Con unos metros más, la escala cambia rápido. Objetos de algunos cientos de metros pueden atravesar la atmósfera e impactar el suelo, generando cráteres de cuatro o cinco kilómetros y efectos locales o regionales. “Un evento así podría afectar un área del tamaño de un país como Uruguay”, señala el astrónomo. Pero el impacto no es el mismo en cualquier lugar: no es igual que ocurra en una región remota de Siberia que en el centro de Europa, la costa este de Estados Unidos o en Montevideo. En zonas densamente pobladas, un evento de este tipo podría afectar a millones de personas.
En ese marco, algunos investigadores señalan que el impacto de un asteroide de más de 140 metros entra en un terreno estadístico incómodo: no es cotidiano, pero tampoco tan remoto como solemos imaginarlo. De hecho, en algunos análisis aparece como más probable que morir alcanzado por un rayo a lo largo de una vida humana, y dentro del mismo orden de magnitud que otros eventos extremos de muy baja frecuencia.
El punto clave, subrayan, no es solo la probabilidad anual, sino la acumulación a lo largo del tiempo: aunque la chance en cualquier año sea mínima, no es cero, y se vuelve más significativa al proyectarla sobre décadas. Dicho de otro modo, no se trata de un evento frecuente, sino de uno raro… pero posible.
También existe la llamada chatarra espacial: fragmentos de satélites, cohetes o equipos en desuso que reingresan a la atmósfera. En la mayoría de los casos se desintegran por completo, pero a veces algunos restos logran llegar al suelo. En Uruguay, por ejemplo, se han reportado casos en los que restos de un tanque de un cohete fueron hallados en Artigas.
En el extremo más raro -pero también el más preocupante- están los cuerpos de más de un kilómetro de diámetro, capaces de provocar consecuencias globales: incendios masivos, tsunamis, vientos huracanados y un “invierno” atmosférico, en el que el polvo en suspensión reduciría la luz solar durante meses o incluso años. El resultado sería un colapso a escala planetaria.
La clave está en que estos escenarios no ocurren con la misma frecuencia. “Hay muchísimos más objetos pequeños que grandes”, explica Tancredi. Es una relación inversa: cuanto mayor es el tamaño, menor es la cantidad y más raro el evento. Por eso, los fenómenos que vemos con más frecuencia -los bólidos- son también los menos peligrosos. Y los que podrían cambiar la historia del planeta ocurren, afortunadamente, en escalas de millones de años.
Para afinar las estimaciones, está culminando un trabajo en el que incorpora mediciones en el infrarrojo de la misión NEOWISE, un programa de la NASA diseñado para detectar asteroides y cometas que podrían representar una amenaza para la Tierra. A diferencia del brillo visible, la radiación infrarroja emitida por estos objetos permite inferir su tamaño de forma más directa. Y allí los números cambian.
Spoiler: malas noticias.
Sus resultados preliminares sugieren que podría haber hasta el doble de asteroides grandes de lo que se pensaba: del orden de 1.800. Si esto se confirma, implicaría que estos eventos son más frecuentes de lo estimado hasta ahora y que conocemos una fracción menor de la población total.
“Pensábamos que habíamos detectado el 95% de los objetos de más de un kilómetro y que ninguno de ellos iba a impactar la Tierra en los próximos 100 o pocos cientos de años. Pero con mi estimación ese número se reduce: quizás conocemos el 80%”, señala.
En paralelo, la realidad sigue dando recordatorios puntuales. Los dos episodios de marzo -separados por apenas 13 días- no cambiaron la estadística global, pero sí volvieron visible algo que suele pasar inadvertido: la Tierra sigue recibiendo visitas del espacio, incluso cuando no la estamos mirando.
La vigilancia, en ese sentido, no es teórica. Programas de observación, misiones de defensa planetaria y nuevos relevamientos siguen ampliando el mapa de lo que todavía no vemos. Porque, aunque la probabilidad de un impacto global siga siendo baja, los objetos del sistema solar no dejan de moverse. Y la estadística, como el cielo, también cambia cuando se la mira con más precisión.