Diego Mizrahi: de tocar con todos los cracks a actuar "a la gorra" en las calles de Nueva York

Ha tocado y grabado con figuras clave de la escena argentina como Charly García, León Gieco, Luis Salinas, Pedro Aznar, Alejandro Lerner y Los Enanitos Verdes, y con nombres internacionales como Joe Satriani y Carlos Santana. Desde hace más de 20 años conduce el programa de TV Jam Session.

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Diego Mizrahi “ha pasado por todas” con la música, ya sea como “plomo” (los que cargan y enchufan los equipos), compositor, intérprete, sesionista, docente o productor. Ha tocado y grabado con figuras clave de la escena argentina como Charly García, León Gieco, Luis Salinas, Pedro Aznar, Alejandro Lerner y Los Enanitos Verdes, y con nombres internacionales como Joe Satriani, Carlos Santana y Paul Rodgers. Con raíces en el blues y el rock, puede moverse también con naturalidad por el tango, el jazz y el folklore, algo que pocos guitarristas logran hacer a lo largo de su vida. Hoy conduce tres programas de TV, entre ellos el icónico Jam Session, con más de dos décadas al aire.

Nacido hace 60 años en Buenos Aires, en el seno de una familia judía tradicional, Mizrahi creció entre tensiones previsibles: el mandato de la estabilidad económica y una vocación artística que se impuso desde temprano. “Me tuve que rebelar a una familia modelo de clase media, el hijo músico era una mancha negra”, dice quien comenzó a estudiar música a los 8 años. Esa rebeldía encontró un canal fértil en el Instituto Vocacional de Arte Labardén, al cual iba mientras otros niños de su edad repartían sus tardes entre deportes e inglés.

El contraste con su desempeño escolar fue marcado. “Siempre fui muy mal alumno, muy vago, muy revoltoso”, admite. Pero esa energía halló disciplina en la música. “En el conservatorio era todo lo buen alumno que no fui en la escuela, era un nerd de la guitarra, tocaba 10 horas por día”, señala. Su formación incluyó el Conservatorio Manuel de Falla, el Nacional López Buchardo y la Escuela de Música Popular de Avellaneda, antes de dar el salto a Estados Unidos.

Tirarse al agua

Sin contactos ni respaldo económico pleno, armó su propio camino siendo muy joven. “Vendí todas mis guitarras y me costeé la mitad del pasaje, con la otra mitad me ayudaron mis viejos”, recuerda. Estudió en Los Ángeles y tomó clases con maestros de la guitarra jazz como Scott Henderson y Joe Diorio, en un entorno donde el virtuosismo convivía con la experimentación. Incluso ganó una beca para el Berklee College of Music, que decidió no aprovechar. “Ya estaba de vuelta en Buenos Aires, no me quería ir más”, confiesa.

Su carrera profesional despegó en paralelo a una intensa actividad como sesionista. Hasta el día de hoy es contratado para grabar -tarea que a veces hace en su propio estudio- participaciones para artistas de diversos estilos. Fue telonero de Joe Satriani en el estadio de Obras, compartió escenarios con figuras internacionales y construyó una reputación que lo llevó a convertirse en referente local de la guitarra instrumental. En los 90, mientras el blues vivía un auge, lideró su banda con raíces en ese estilo, aunque luego decidió ir por otro camino. “Tiré por la borda 10 años, me tiré a la pileta”, repasa.

Ese salto dio origen a su etapa solista, con discos como Pampalucha, Music From the Pampas, 18 Kilates y Boomerang, donde combinó virtuosismo con relecturas de clásicos y composiciones propias. Ya con el primero tuvo buena recepción, y lo llevó a girar por países como Perú, Colombia, Costa Rica y Nicaragua. Hoy, acumula más de 20 discos.

Madurar en el camino

Durante años, su música fue exclusivamente instrumental, en sintonía con una tradición de guitarristas formados en la lógica de la fusión. Hasta que apareció otra inquietud: la voz. “Siempre tuve muy fea voz, mis amigos me decían ‘callate y seguí tocando’”, cuenta entre risas. Pero volvió a estudiar, entrenar y probar. “Primero cantaba un tema, después dos. Y ahora los shows son todos cantados”, señala.

Esa transformación -ya con muchos años de conductor de TV a cuestas- también redefinió su identidad escénica.

“Soy el conductor del show, trato de ser divertido, de hacer un espectáculo”, explica.

También entendió que la técnica guitarrística, por sí sola, no alcanza para sostener un espectáculo: “Al tercer tema ya no querés saber más nada con la guitarra”. Así, su figura se desplazó del virtuoso al showman, sin abandonar el rigor musical.

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Diego Mizrahi.

Entre revistas y programas

En paralelo desarrolló un perfil clave como comunicador. A comienzos de los 2000, creó Music Expert, primero como revista -con CD incluido- que llegó a competir con publicaciones como Rolling Stone en Argentina, y luego como programa televisivo. El ciclo se emitía por la señal Music Country, de Nashville, USA.

La revista que dio nombre al programa incluía clínicas, entrevistas y colaboraciones de figuras internacionales como Satriani o Steve Morse, además de pistas de acompañamiento que se convirtieron en material de estudio para miles de guitarristas en Latinoamérica. “No tenía ninguna idea de nada y les propuse hacer el formato de la revista en televisión”, recuerda sobre su salto a la pantalla.

El contexto de la crisis de 2001, que volvió inviable el papel y la producción de CDs, aceleró la transición. El ciclo televisivo fue un éxito continental y alcanzó millones de hogares. “Vi el primer capítulo al aire y me dio tanta vergüenza que quise dejar”, confiesa hoy. Pero el público respondió de otra manera: “Salía a la calle y la gente me saludaba, fue muy fuerte”.

En 2002 recibió el premio de la Asociación Argentina de Televisión por Cable (ATVC) al mejor programa musical y consolidó un nuevo eje en su carrera. También ha ganado los premios ACE y Gardel.

Luego llegarían Al Mango TV y, sobre todo, Jam Session, el programa que se convirtió en su sello. “Hace 25 años que estoy al aire”, afirma. Por allí pasaron algunos de los mejores músicos del país y del exterior, en un formato que privilegia la improvisación y el encuentro. En 2026, celebra ese recorrido con el disco Jam Session Primera Toma, que reúne actuaciones junto a artistas como Luis Salinas, Baglietto y Patricia Sosa.

A ese universo sumó Mete Púa, dedicado a bandas emergentes, y Puro Heavy, centrado en el metal. “Pasaron más de 1.200 bandas, no creo que haya muchos programas así en el mundo”, sostiene. Su intención, incluso, es expandir ese formato a otros países. “Hace tiempo estamos tratando de poner un pie en Uruguay”, revela.

Docencia y virtuosismo

Durante años publicó en la recordada revista El Musiquero y editó clínicas en video que circularon ampliamente en el ámbito educativo musical. Tras esa etapa, y luego de fundar su propia escuela con un método propio que continuaron otros docentes, hoy prioriza la producción y los escenarios. “Hace más de 15 años que no doy clases, mi actividad laboral es la televisión”, dice, sin dejar de aclarar que la música sigue siendo el núcleo de todo.

En los últimos años, los tributos a Carlos Santana y Eric Clapton se convirtieron en otra faceta de su presente, especialmente tras la pandemia, cuando el público buscó experiencias en vivo más directas. “Entendí que no tiene nada de malo, está buenísimo hacer un tributo”, afirma, resignificando un formato que antes miraba con distancia.

También revisó su relación con la guitarra. Tras décadas de virtuosismo, optó por un enfoque más austero. “Me despojé de todo, ahora toco directo al equipo, sin pedales. Eso hace que elija la nota justa”, dice. La búsqueda de equilibrio -entre técnica y sensibilidad- resume su filosofía actual.

Volver a la calle

A esta lista de experiencias, Mizrahi suma algunas poco convencionales, como tocar en la calle en ciudades como Nueva York o en España, donde pocos lo reconocen. La experiencia le dejó apenas un puñado de dólares o euros, luego de largas jornadas de trabajo, pero satisfizo su espíritu. “Fui plomo, pegué afiches, dormí en carpa, produje discos, hice televisión… Quería llegar a un punto donde pudiera decir: como músico pasé por todas”, destaca.

También ha hecho concursos callejeros en los que invita a tocar a guitarristas, entregándole luego una guitarra como premio al ganador, que es escogido por el mismo público.

Más de 40 años después de aquel adolescente que discutía con su familia por dedicarse a la música, Mizrahi sigue en movimiento. Entre cámaras, escenarios y guitarras, su historia no es la de un camino lineal, sino la de una acumulación de oficios. Una carrera construida, justamente, “pasando por todas”.

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