Durante buena parte del siglo XX, Detroit parecía tener una sola historia para contar: la del automóvil. La ciudad de Michigan fue el corazón de una industria que cambió para siempre la producción mundial y atrajo a cientos de miles de trabajadores. Después llegaron la desindustrialización, la pérdida de población, el abandono de edificios y una crisis fiscal que terminó, en 2013, con la mayor bancarrota municipal de la historia de Estados Unidos.
Pero Detroit nunca dejó de producir cosas. Primero fueron automóviles; después, música, arte, diseño, gastronomía y nuevas formas de ocupar una ciudad que durante décadas había sido presentada como el ejemplo del declive urbano estadounidense. Hoy, antiguos edificios industriales albergan galerías, restaurantes, hoteles y estudios, mientras barrios enteros recuperan actividad. El País de España, en un recorrido publicado junto a Lonely Planet, describe esta transformación como el paso “del abandono industrial al laboratorio creativo”.
La historia ayuda a entender el contraste. A comienzos del siglo XX, Detroit se convirtió en la capital mundial del automóvil. Henry Ford perfeccionó allí la producción en cadena y General Motors y Chrysler levantaron enormes complejos industriales. Los buenos salarios atrajeron a trabajadores de Europa y a miles de afroamericanos llegados desde el sur. La ciudad creció rápidamente y su prosperidad quedó grabada en bancos, teatros, hoteles y rascacielos art déco.
Luego, la industria comenzó a perder empleos y población. Detroit pasó de casi 1,85 millones de habitantes en 1950 a menos de 700.000 en la actualidad. La crisis culminó con la bancarrota municipal de 2013.
Pero la transformación se ve mejor caminando. Campus Martius Park, en pleno centro, funciona hoy como una especie de sala de estar de Detroit, con terrazas, actividades y conciertos.
Alrededor aparecen edificios como el Guardian Building, construido en 1929, una de las grandes obras del art déco estadounidense, con un espectacular vestíbulo de mosaicos, cerámicas y mármoles. El caso más emblemático es Michigan Central Station. La monumental estación ferroviaria de Corktown estuvo abandonada durante décadas y se convirtió en símbolo del deterioro de la ciudad. Ford la adquirió y la transformó en un centro dedicado a tecnología, movilidad e innovación.
Otro lugar imprescindible es el Detroit Institute of Arts. Allí están los célebres murales Detroit Industry, que Diego Rivera pintó en los años 30. Las 27 escenas representan trabajadores, máquinas y procesos industriales de las fábricas de Ford y permiten entender la ciudad cuando la industria todavía parecía sinónimo de futuro.
Para continuar esa historia está The Henry Ford, en la vecina Dearborn, un complejo que reúne el Henry Ford Museum of American Innovation, Greenfield Village y la Ford Rouge Factory Tour.
Detroit también está recuperando su relación con el agua. El Riverwalk acompaña el río Detroit con parques y senderos, frente a Windsor, Canadá. Desde allí se puede conectar con Dequindre Cut, una antigua vía ferroviaria convertida en sendero verde, y llegar hasta Eastern Market. Belle Isle, una isla-parque de casi 400 hectáreas, ofrece otra cara de la ciudad, con bosques, senderos y playas.
Quizá lo más interesante de Detroit sea que su recuperación no ha borrado las cicatrices que la hicieron famosa. Las antiguas fábricas, los enormes edificios y las infraestructuras abandonadas siguen allí. Lo que cambió fue la manera de mirarlos y utilizarlos.
La ciudad que alguna vez fabricó automóviles a una escala inédita ahora experimenta con otra materia prima: sus propios espacios vacíos. Allí donde hubo fábricas aparecen estudios; donde hubo estaciones abandonadas, centros de innovación. Detroit no dejó atrás su pasado industrial. Lo convirtió en parte de su nueva identidad.