Del Palacio Salvo al Pietracaprina: las cúpulas con las que Federico Lagomarsino transforma el paisaje urbano

La reciente instalación de una cúpula en el Palacio Pietracaprina confirma una búsqueda que Federico Lagomarsino ya había explorado con el faro del Palacio Salvo: intervenir edificios históricos para transformar la forma en que miramos y recorremos Montevideo.

Palacio Pietracaprina y su nueva cúpula.
Palacio Pietracaprina y su nueva cúpula.
Foto: Marcos Guiponi

El sábado 19 de setiembre, durante un rato, las miradas en la esquina de 25 de Mayo y Juncal apuntaron hacia el cielo. Vecinos y transeúntes observaron cómo una grúa elevaba una estructura metálica hasta colocarla sobre el Palacio Pietracaprina, uno de los edificios históricos de Ciudad Vieja. La escena tenía algo de espectáculo: una pieza suspendida en el aire, el movimiento preciso de la maquinaria y un público fascinado ante un procedimiento constructivo que habitualmente sucede sin testigos.

El gesto devolvía al edificio un remate perdido hacía más de medio siglo. Su cúpula anterior se había deteriorado, fue retirada en 1970 y, desde entonces, la construcción permanecía sin esa pieza que completaba su silueta.

Ese componente ceremonial no resulta ajeno a Federico Lagomarsino, el arquitecto y artista visual que diseñó la nueva cúpula. Hace algunos años presenció el desmontaje del aspa de un molino eólico y pensó que aquella operación merecía una platea.

“Las grúas bajaban con mucho cuidado una estructura enorme, desde unos cien metros de altura. Era una escena de asombro. La arquitectura, la construcción y la ingeniería producen escenas increíbles que muchas veces no tienen público”, sostiene. El izaje de la nueva cúpula del Pietracaprina, convertido en acontecimiento urbano, hizo visible justamente eso: el espectáculo que puede esconderse detrás de una obra en construcción.

La nueva cúpula no pretende reproducir con exactitud la que alguna vez coronó el edificio, construido en 1917. Lagomarsino se ubica, de hecho, en el opuesto a la restauración entendida como reconstrucción de un pasado. Su propuesta parte de una ausencia y utiliza ese vacío para incorporar una pieza contemporánea capaz de dialogar con la arquitectura existente.

Aunque el diseño lleva su firma, el resultado surgió de un proceso colectivo y de sucesivas negociaciones con los vecinos, la Comisión Especial Permanente de Ciudad Vieja y la Intendencia de Montevideo. “Seguramente, a mí me habría gustado llevarla más hacia un lado y a los vecinos, hacia otro. Todos ganamos y todos perdimos algo”, explica. En esa transformación de la idea inicial también encuentra una forma de belleza.

Dentro del edificio fue fundamental el impulso de Adriana Cariaga, presidenta de ICOMOS Uruguay y residente del Pietracaprina. Lagomarsino la define como una de las personas que se puso el proyecto “al hombro”. Ese vínculo con quienes habitan los edificios es una constante en sus intervenciones: para que una idea abandone el papel y consiga instalarse en la ciudad suele necesitar, dice, un actor interno que la acompañe.

Izaje de la cúpula del Palacio Pietracaprina.
Izaje de la cúpula del Palacio Pietracaprina.
Foto: gentileza

La pieza fue realizada en acero corten, un material que se oxida al entrar en contacto con la intemperie, pero cuya propia corrosión genera una capa protectora. “Es como si sangrara. Paradójicamente, ese óxido lo protege. Es una contradicción interesante, similar a lo que sucede con la madera cuando se quema”, resume.

Su color no permanecerá estable: oscilará entre tonos marrones y rojizos, de modo que seguirá cambiando con el paso del tiempo. Esa condición viva fue una de las razones de su elección.

La fabricación fue desarrollada junto a Ignacio Silva, amigo y colaborador, al que presenta como “socio metalúrgico”. Primero, el arquitecto reconstruyó la volumetría de la antigua cúpula y la atravesó con una retícula digital. De allí surgieron las diferentes placas, que fueron cortadas, ensambladas y soldadas en el taller antes del traslado. El proceso, explica, se parece al armado de un juguete a gran escala.

Palacio Pietracaprina
La nueva cúpula del Pietracaprina iluminada.
Foto: Marcos Guiponi

De los dibujos de infancia a una arquitectura que transforma la ciudad

Nacido en Montevideo en 1985, Lagomarsino dibujaba desde niño y terminó acercándose a la arquitectura. Recuerda que, cuando tenía unos 12 años, visitó con su madre Historias de caballos, la intervención que Diego Masi realizó en la plaza del Entrevero, y comprendió que era posible intervenir el espacio público y convertir la ciudad en un territorio de experimentación.

“Se abría un camino posible para hacer cosas”, recuerda quien luego egresaría de la carrera de arquitectura y haría una maestría en Arte y Cultura Visual.
La posibilidad de ensayo sigue siendo una de las dimensiones de la arquitectura que más lo entusiasman. Le interesa su capacidad para funcionar como laboratorio donde conviven disciplinas, escalas y materiales diferentes. Por eso, su práctica se mueve entre la arquitectura, el arte, la docencia, el paisaje, la tecnología y el espacio público.

Su trabajo ha sido expuesto en Uruguay, Brasil, Argentina, Alemania, Francia, Países Bajos e Italia. Fue curador responsable del envío uruguayo a la 17ª Bienal de Arquitectura de Venecia, integró exposiciones internacionales y fue seleccionado para los premios nacionales y municipales de Artes Visuales. Además, la intervención en el Pietracaprina no es su primer diálogo con un edificio emblemático de Montevideo. En 2017 dirigió Gran Salvo, el proyecto que instaló un nuevo faro sobre la cúpula del Palacio Salvo, vacía durante décadas. La pieza combinó arquitectura, tecnología e iluminación para completar la silueta del edificio desde un lenguaje contemporáneo. Equipada con luces led capaces de cambiar de color, la obra fue concebida como un dispositivo interactivo vinculado con la ciudad. Un año después fue seleccionada para Young Architects in Latin America y expuesta en los eventos paralelos de la 16ª Bienal de Arquitectura de Venecia.

Proyecto Gran Salvo
Proyecto Gran Salvo, dirigido por Federico Lagomarsino.
Foto: gentileza

Muchas formas de mirar la ciudad

Para Lagomarsino, la cúpula del Pietracaprina no termina en los límites del edificio. Al elevarse sobre la esquina, modifica la silueta del barrio y se incorpora a los puntos de referencia que orientarse. Desde determinada distancia puede indicar un rumbo y ayudar a reconocer una zona.

El proyecto se asocia inevitablemente con la recuperación patrimonial, aunque su motivación principal está en otro lugar: observa en las cúpulas desaparecidas la posibilidad de trabajar sobre una ciudad ya construida, sin derribar ni comenzar desde cero.
El arquitecto mantiene conversaciones para realizar otras dos cúpulas en Uruguay y tiene una idea en Buenos Aires. No sabe cuándo podrán concretarse. La arquitectura le enseñó que construir es un hecho menos frecuente de lo que suele imaginarse y que los proyectos exigen tiempo, persistencia y paciencia.

Cúpula Palacio Pietracaprina
La nueva Cúpula del Palacio Pietracaprina iluminada con la Ciudad Vieja de fondo.
Foto: Marcos Guiponi

Mientras esas nuevas piezas esperan su oportunidad, la cúpula del Pietracaprina comienza su propia vida sobre Ciudad Vieja. Cambiará de color, acumulará las marcas de la intemperie y se incorporará lentamente a la memoria visual de Montevideo. Tal vez, dentro de algunos años, quienes caminen por la zona ya no recuerden cómo era esa esquina sin ella. Será entonces cuando una intervención contemporánea se haya convertido, también, en parte de la historia de la ciudad.

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