Del estrecho al hielo: Punta Arenas y las capas de una ciudad en el fin del mundo

En el extremo sur de Chile, una ciudad se deja leer en capas: de enclave para el comercio marítimo a puerta de entrada a la Antártida.

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Punta Arenas, la ciudad del fin del mundo

Hay muchas ciudades que pueden contarse desde una plaza. Punta Arenas se entiende mejor desde su cementerio. Lleva el nombre de una figura fundamental en la historia, Sara Braun, y tiene algo de raro y de perfecto. La geometría de un parque, la solemnidad clásica que traduce el deseo de trascendencia y un orden que revela, sin necesidad de explicarlo, el espíritu de supervivencia de estas latitudes. Nació cuando la ciudad empezaba a consolidarse, hacia fines del siglo XIX, en paralelo al auge de la producción de lana y al crecimiento de una Punta Arenas que dejaba de ser un lugar de paso para transformarse en una sociedad estable. Es una obra pensada, diseñada como espacio público.

Apenas se cruza el ingreso, aparecen los llamativos cipreses recortados hasta el piso, que se han convertido en un emblema del lugar: son más de 600 y fueron plantados en 1902 por Esteban Navarrete, el segundo administrador del predio. La traza interna es clara, simétrica, caminable. Nada parece dejado al azar. En vez de cruces dispersas o tumbas anónimas, aparecen mausoleos que se suceden como pequeñas casas, reflejo directo de una ciudad construida por familias que llegaron para quedarse.

Los apellidos funcionan como capítulos de una misma historia: croatas, británicos, chilotes; nombres asociados al comercio marítimo, a las estancias, a los frigoríficos, a la administración del territorio. Están enterrados acá pioneros, empresarios, políticos y figuras centrales de la vida magallánica, entre ellas Sara Braun, gran protagonista del período de expansión regional, o José Menéndez, ligado de manera inseparable al desarrollo económico y a las tensiones de la Patagonia austral.

El recorrido urbano empieza en el mirador del Cerro de la Cruz. Desde ahí, Punta Arenas baja hacia el mar. El puerto aparece activo, funcional. Vista desde arriba, se nota que Punta Arenas no nació de un gesto solemne. Tiene una rareza administrativa que explica mucho de su carácter: no fue fundada por decreto presidencial, a diferencia de la mayoría de las ciudades chilenas. Su origen se fija a partir de un oficio administrativo fechado el 18 de diciembre de 1848, enviado por el gobernador José de los Santos Mardones desde el entonces Destacamento Norte hacia la Gobernación de Chiloé. Fue una decisión práctica y burocrática. Instalarse, hacer pie en el estrecho.

Bajando las escaleras, entre cuadras de casas de madera y ventanales amplios, coloridas y cuidadas, se llega al centro: la plaza, la municipalidad, la catedral, el Club de la Unión, el Palacio Sara Braun. La arquitectura ecléctica no responde a un estilo único, sino a una acumulación de épocas y procedencias. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, Punta Arenas vivió su gran boom económico, impulsado por el auge lanar, el comercio marítimo y su condición de paso obligado entre el Atlántico y el Pacífico. Antes de la creación del Canal de Panamá, inaugurado en 1914, el mundo cruzaba por acá.

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Punta Arenas, la ciudad del fin del mundo

En el Mercado Municipal del Puerto se despliegan las llamadas “cocinerías” que fríen pescado fresco del día. Hay mesas ocupadas por tandas de trabajadores que pasan por su ración caliente y un ir y venir constante en horario laboral. En la planta baja, las pescaderías se abastecen directamente de los barcos que amarran a pocos metros. Arriba, en el primer piso, el ambiente cambia apenas entre las mesas. Recalamos ahí para probar empanadas de centolla que condensan bien el carácter local: masa dorada, relleno generoso, sabor limpio, sin especias que distraigan ni artificios de puesta en escena. La centolla, tan codiciada, aparece como lo que es en esta ciudad: un producto cotidiano, parte del repertorio habitual del puerto. El mercado funciona como un espacio de cruce. Conviven pescadores, empleados municipales, vecinos del centro y turistas que llegan sin demasiadas expectativas estéticas. El valor está en esa naturalidad: comida caliente frente al mar frío, consumo inmediato, mesas compartidas.

Volviendo hacia el casco histórico, una muchedumbre se agrupa en el ingreso del Kiosco Roca, un local pequeño que desde 1932 funciona como refugio cotidiano frente al frío y al apuro. El menú es mínimo y casi innegociable: choripán y licuado de plátano. A no confundirse: el choripán acá no tiene nada que ver con el argentino o el uruguayo. No hay parrilla ni chorizo entero, sino una pasta de carne condimentada, caliente, calórica, pensada más como combustible que como ritual gastronómico. Durante décadas fue parada de trabajadores, estudiantes, empleados públicos; un lugar de paso rápido, sin sobremesa ni formalidades.

En otro extremo de la ciudad, la Zona Franca de Punta Arenas, en cambio, expone una capa diferente del presente. Un predio enorme, organizado en galpones, donde el consumo se reparte entre electrónica, indumentaria, perfumería, automóviles: de todo. Creada en 1977 como régimen especial para compensar el aislamiento geográfico de Magallanes, funciona hoy como una pieza clave de la economía regional y como heredera tardía del antiguo puerto libre.

Punta Arenas también es eso. No hay contradicción con el mercado, el kiosco o el cementerio-jardín. Todo es parte de las capas de una ciudad que pasó del comercio marítimo global al consumo masivo sin perder del todo la conciencia de su aislamiento.

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Punta Arenas, la ciudad del fin del mundo

Ballenas y glaciares.

Las excursiones desde Punta Arenas funcionan como una ampliación natural. La salida de medio día hacia Isla Magdalena e Isla Marta empieza temprano, a las 6 de la mañana, cuando la ciudad todavía está medio cerrada. El traslado hasta el punto de embarque es breve. Cuarenta y cinco minutos sobre el agua alcanzan para llegar a Isla Magdalena. El desembarco es simple. Más de 60.000 pingüinos magallánicos ocupan la isla durante la temporada reproductiva. El recorrido es corto -apenas 1,1 kilómetros-, pero exige atención plena. Los pingüinos cruzan, se detienen, observan con curiosidad. Los albatros, en cambio, parecen más amenazantes: harán cualquier cosa para defender sus crías. Solo es posible estar una hora, lo suficiente para entender que acá la fauna lo es todo.

La navegación continúa hacia Isla Marta. Si Magdalena es suelo vivo, Marta es roca pura. Acá no se desembarca: se circunnavega. Más de 1.500 lobos marinos apilados como un solo cuerpo múltiple: vapor, respiración, movimientos mínimos, una lógica colectiva que recuerda a una ciudad sin arquitectura. En el trayecto, existe la posibilidad de avistar delfines australes, toninas overas o ballenas sei. Esa palabra -posibilidad- es central. No es una promesa. A veces sucede. A veces no. El estrecho decide.

La excursión de día completo hacia el Parque Marino Francisco Coloane es otra cosa. Ya no se trata del estrecho como pasillo, sino como territorio mayor. El día empieza antes del amanecer, a las 4 de la mañana, cuando Punta Arenas todavía duerme. El traslado terrestre hasta el punto de embarque suma una primera capa de distancia. Luego viene lo principal: alrededor de 10 horas de navegación: Punta Carrera, Punta Santa Ana, Fuerte Bulnes, Faro San Isidro, Cabo Froward. Después, los nombres se multiplican: cabos, islas, pasos angostos, canales que obligan a corregir el rumbo.

Cabo Froward funciona como un quiebre mental. Es el punto más austral del continente. El dato importa menos como récord que como sensación: a partir de ahí, todo se vuelve más elemental. Más agua. Más viento. Ninguna referencia humana. Las ballenas jorobadas emergen sin aviso. Delfines australes acompañan tramos del recorrido. Petreles y cormoranes sobrevuelan el barco con una naturalidad absoluta.

Los glaciares Helado y Sarmiento descienden hasta el mar como lenguas antiguas. A veces, el hielo se desprende. El sonido es seco, profundo, imposible de registrar en una foto.

Mirada antártica.

Hay una dimensión de Punta Arenas que organiza buena parte de su presente y de su futuro: su condición antártica. Desde hace décadas, la ciudad opera como plataforma logística, científica y humana hacia el continente blanco. Puerto, depósitos, vuelos, laboratorios, hoteles discretos que alojan investigadores.

Esa relación con la Antártida no es abstracta. Está en el clima, en la luz, en la conversación cotidiana. El viento que atraviesa la ciudad es el mismo que barre los canales fueguinos y sigue hacia el sur.

Franco Spinetta / La Nación, GDA

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