Lo más extremo: la Antártida ya no es el sueño de un viaje imposible

Excursiones aéreas de un día, cruceros de 10 noches y cifras récord de turistas confirman que el fin del mundo también es territorio para los viajeros.

Antártida.
Recorrida por la Antártida.
Foto: Mateo Vázquez - Delfina Milder.

Durante décadas, llegar a la Antártida fue un privilegio reservado a científicos, militares y expediciones heroicas. Hoy, sin perder su aura de misterio, el continente blanco se abre -cada vez más- al turismo. En ese cruce entre aventura, negocio y geopolítica, nuevas propuestas buscan acercar uno de los territorios más remotos del planeta a los viajeros latinoamericanos, mientras se reactiva el debate sobre quién cuenta su historia.

La plataforma Civitatis anunció recientemente la incorporación de dos experiencias inéditas para visitar la Antártida: una excursión aérea de un día desde Punta Arenas, en Chile, y un crucero de 10 días que parte desde Ushuaia. Dos formas radicalmente distintas de entrar en contacto con un territorio que concentra el 70% del agua dulce del planeta y funciona como un gigantesco laboratorio climático que conserva en sus hielos más de un millón de años de historia de la Tierra.

La primera opción propone un vuelo directo desde el extremo sur de Chile hasta la isla Rey Jorge, en el archipiélago de las Shetland del Sur. En apenas dos horas de travesía aérea sobre el temido pasaje de Drake, los viajeros aterrizan en la base chilena Presidente Frei, un enclave científico multinacional. Allí realizan caminatas por los alrededores y una navegación en botes zodiac para observar pingüinos, glaciares, acantilados helados y una fauna que parece ajena al ritmo del mundo. Toda la experiencia dura unas 12 horas y cuesta -atención- US$ 6.600 por persona.

La segunda alternativa es un clásico del turismo antártico: un crucero de 10 días que zarpa desde Ushuaia, atraviesa el canal Beagle y cruza el Drake rumbo a la península antártica. Durante el viaje se visitan sitios como Neko Harbour, Bahía Paraíso, las islas Cuverville, Pléneau, Petermann, Paulet, Melchior y el Estrecho de Gerlache, con doble desembarco diario en lanchas zodiac, siempre que el clima lo permita. Ballenas jorobadas, elefantes marinos, focas y colonias de pingüinos forman parte del espectáculo. El precio parte de los -atención, de nuevo- US$ 6.730 con pensión completa incluida.

Base Científica Antártica Artigas.
Base Científica Antártica Artigas.
Foto: Mateo Vázquez - Delfina Milder.

Sin embargo, detrás del boom turístico también hay una historia profunda y tensiones abiertas. Según recordó recientemente La Nación, fue un barco argentino -el transporte naval Les Eclaireurs- el que inauguró en 1958 el turismo antártico estatal, llevando a 98 pasajeros desde Ushuaia hasta las bases del continente blanco. “Nos impresionó el primer témpano, la bienvenida en Decepción y la sensación de estar trazando una ruta que sería del futuro”, recordaría uno de sus pasajeros décadas más tarde.

Hoy el escenario es otro. En la temporada 2023/2024 desembarcaron unos 118.000 visitantes en la Antártida, la mayoría en cruceros que parten desde Ushuaia, pero operados por compañías extranjeras. Chile consolidó a Punta Arenas como plataforma logística internacional y el Reino Unido transformó Port Lockroy en un museo vivo que recibe 18.000 turistas cada verano, con postales, sellos británicos y una narrativa propia sobre la epopeya polar.

“La Antártida se mide por la presencia y la capacidad de sostener operaciones. No alcanza con los reclamos: importa quién está y qué hace allí”, advirtió el general retirado Edgar Calandín, ex comandante del Comando Conjunto Antártico, organismo responsable de la logística de las bases argentinas. A su vez, el historiador David Pizarro Romero fue más directo: “Los pasajeros se llevan una historia. En un territorio donde cada palabra pesa, si Argentina no cuenta la propia, es una oportunidad perdida”.

La disputa no es solo logística, también es simbólica. Guías extranjeros relatan la historia del continente desde miradas ajenas, mientras refugios argentinos como el de Bahía Dorian se deterioran frente a instalaciones británicas restauradas. Historias como la del general Jorge Leal, que en 1965 lideró la Operación 90 y plantó la bandera nacional en el Polo Sur tras recorrer casi 3.000 kilómetros sobre hielo, hoy sobreviven apenas en archivos.

Antártida.
Antártida.
Foto: Juan Barretto/AFP.

Para algunos especialistas, el problema es estructural. Calandín sostiene que la Argentina carece de una política educativa sólida sobre la Antártida: “No hay en las universidades una oferta especializada fuerte, y eso es grave”. Desde otro ángulo, Pizarro propone convertir refugios en pequeños museos, capacitar guías y reforzar la señalética para construir soberanía con la palabra.

Mientras tanto, Chile avanza con su “Visión Estratégica 2035”, que incluye infraestructuras en la isla 25 de Mayo, y el Reino Unido moderniza sus bases desde el Atlántico Sur. En paralelo, hacia 2048 se revisará el Protocolo de Madrid, que hoy prohíbe la explotación de recursos. Para muchos, esa fecha será un punto de inflexión.

Entre vuelos express, cruceros de lujo, relatos en disputa y decisiones políticas pendientes, la Antártida ya no es solo un laboratorio científico o una frontera geopolítica lejana. También es, cada vez más, un destino turístico donde se juegan mucho más que paisajes extremos.

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